Nora Emilia / 21 - Agosto - 08
Trinchera de salud mental
Divorciada y con dos hijas me estaba quedando profundamente dormida cuando sonó el teléfono. Esas llamadas en medio de la nada cuando todo parece estar sumergido en un sueño fantasmal me hacen dar un enorme brinco; pensar lo peor. Con el corazón a 1000 pulsaciones por minuto escuché por el auricular la voz triste de mi vecino. Nunca antes lo había oído tan triste. Me contó de Julián, su primo, acababa de morir en un accidente. Estaba en el hospital.
—¿Te das cuenta que todo vale madres? El saberlo muerto me está matando a mi también —rompió a llorar. Al principio, de manera natural y sin saber qué decir, traté de llenar sus pausas con frases hechas, pero al oírlo tan triste y desconsolado, se me hizo un nudo en la garganta, se me llenaron los ojos de lágrimas y sus sollozos se confundieron con los míos—. Lo bueno de que se haya ido así, es que ni cuenta se dio, el cabrón —me decía desahogando su dolor.
En la mañana acompañé a Regina a su primer día de clases. Los pasillos estaban atiborrados de papás y niños que entraban y salían de los salones. La sensación de inicio nos contagiaba a todos y el reencontrarnos unos con otros llenaba el vacío de tristeza que mi vecino había sembrado en mí la noche anterior.
Adoro ver a mi pequeña reencontrando a sus amigas; observar cómo vence su timidez y escucharla hacer planes para el primer viernes. Me tranquiliza cuando me voltea a ver de reojo diciéndome con la mirada que está bien, que no me preocupe.
Preguntas continuas y sordas de: “¿Cómo estás? ¿Todo bien?” Se repetían por los corredores entre los padres de familia que llevamos conociéndonos desde hace varios años, sin esperar respuestas, sin querer contar detalles, ni deseos de intimar. Vibré a su nueva profesora y me encantó leer en el pizarrón los títulos de más de treinta libros; ojalá esta mujer logre inculcarle el amor a la lectura que tanta falta le hace a mi chiquita.
—Todo bien —me despedía de algunos conocidos y mi cabeza regresó a las muertes repentinas que nos pueden sorprender a todos, y al vacío que dejan los seres que se van. Veía en cada rostro la posibilidad de que fuera la última vez que nos viéramos y hasta la posibilidad de que fuera yo la próxima en morir.
Salí de la escuela, como muchas otras madres, sintiendo que recobraba la libertad de tener la mañana otra vez para mí, la posibilidad de disponer de varias horas a mi ritmo.
Marcela llegó a casa mentando de la nueva prepa.
—No se pueden usar pantalones rotos, faldas arriba de la rodilla, ni blusas de tirantitos. Le quitaron los aretes de la ceja a un chavo y a otro que trae un tatuaje en el brazo, lo obligan a llevar manga larga permanentemente. ¿Qué les pasa? Parece cárcel —se quejó.
Mi vecino bajó a saludar; no sabe estar solo. Las tres notamos la tristeza en su estado de ánimo. La alegría y la buena vibra a la que nos había acostumbrado no se le veía por ningún lado. Las niñas se fueron a la cama temprano, me ayudó a levantar la cocina, preparamos el lunch y lo acompañé a su casa un rato.
En completa obscuridad, acostados en su cama me habló de su primo, de lo afectada que está la madre. Después me contó que Julián y él viajaron casi dos meses acampando por las playas de Huatulco cuando todavía estaban desiertas, que de chavos se fueron en aventón hasta Catemaco a nadar en manantiales de aguas frisantes y se reía un poco recordando cómo fue que ahí conocieron a unas canadienses mayores que ellos con las que viajaron un rato. Se quedó callado; reinó el silencio. Cuando ya estaba yo conciliando el sueño, se acercó de una forma distinta; casi con desespero. Se acomodó sobre mi espalda y me penetró con una frustración llena de coraje.
Por un segundo pensé que estaba yo soñando, pero la fuerza de sus uñas clavadas en mis hombros como queriéndome comer viva, no podía ser onírica. Era imposible creer que en medio del sufrimiento éste hombre aliviara así la furia. Descargaba en mi cuerpo la frustración que sentía empujando su dolor hasta lo más profundo de mi ser. Me la metía con ganas de romperme. Puedo jurar que intercalaba sollozos y gemidos. Cogiéndome así, parecía estar sanando su pérdida, su dolor y su tristeza. No pude moverme en esa casi violación. Fui recipiente de su ira; un canal para sacar la sensación de naufragio que lo estaba consumiendo.
Cuando terminó se echó a llorar con rabia y sentí mi nuca llena de lágrimas y dolor, de impotencia y de más rabia.
No me moví hasta estar segura de que había caído profundamente rendido. Por fin pudo dormir. Sorprendida, me aparté de su lado. ¿Será que nos estamos volviendo todos locos? La realidad nos está azotando tanto y tan fuerte últimamente.
Regresé a mi casa desconcertada. No se me ocurrió más que meterme a la regadera y limpiar de mi cuerpo su dolor. Me dio miedo imaginar los goces perversos de la gente que hace daño, en lo solos que estamos todos y me consolé pensando que finalmente él y yo pudiéramos conservar, hasta en estos momentos, nuestro goce sexual como un reducto; una trinchera de salud mental.
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