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Nora Emilia

Soledad compartida

Divorciada y con dos hijas aprovechabas el pretexto de la tarea de geografía que le dejaron a Marcela para llamarle a TuDoctor, pedirle que trajera a casa su enorme telescopio y las acercara a la luna.

Guapo y elegante como es él, llegó con una maleta negra y grande; comenzó a armar el telescopio mientras emocionado contaba que la luna es el satélite natural de la Tierra y que hay muchas lunas de otros planetas en nuestro sistema solar. Regina, curiosa se asomaba y él le decía que las marcas que se pueden ver son cráteres que se han ido creando desde hace millones de años gracias a los trancazos de los meteoritos; que lo que llamamos mares no son sino planicies enormes que se formaron con lava de erupciones volcánicas; que cuando la luna está exactamente arriba de tu cabeza pesas un poquito menos y otros datos más que Marcela escribía en su cuaderno a toda velocidad en lugar de buscar la información por internet como se lo había solicitado su profesora.

Cuando regresaste con un par de copas de vino y una tablita de quesos, escuchaste a TuDoctor darle a Regina una tierna cátedra sobre el término “luna de miel”.

—…proviene de los babilonios quienes crearon un vino con almíbar y ésa era la bebida oficial de aquellas épocas en todas las bodas— verlo instruir a tus hijas con paciencia y cariño te hacía quererlo todavía más.

Como a eso de las once, las niñas por fin se fueron a dormir y te quedaste con él observando la esfera llena de luz; te contó que entre los incas la luna tiene cuatro acepciones simbólicas: primero, como divinidad femenina, sin relación con el sol; después, como dios de las mujeres frente al sol de los hombres; también como esposa del sol, engendrando con él a las estrellas y luego como mujer incestuosa del sol, su hermano, ambas divinidades hijas del dios supremo Viracocha. Entonces se acercaba cauteloso a besarte y tú entendías que para él la luna era la reina de los cielos, los vientos y el mar; que es la patrona de los alumbramientos… y cuando su mano ya estaba conociendo por fin la temperatura de tus senos, y sus labios, te besaban tu cuello, comenzaron a bajar buscando el latido de tu corazón, interrumpió una llamada de su celular. Se desconectó de ti y le escuchaste serio y formal como suele ser con sus pacientes. Poco después, sin mucha explicación, se fue volando. Te quedaste entonces a medias, acompañada de un sólido telescopio, media botella de vino y mucho insomnio.

Tentada de hacer una travesura tomaste el telescopio y apuntaste al edificio que está frente al tuyo. Sin mucha dificultad, comenzaste a espiar los cuadritos iluminados de tus vecinos no tan cercanos. Los dos primeros departamentos tenían la luz prendida, pero las cortinas cerradas. En otro se podía ver un escritorio vacío y mal ordenado. Fue tu cuarta visita la que te dejó helada: una mesa llena de frascos que parecía un laboratorio de química con sustancias de colores; un sofá con ropa de cama y una pelirroja vestida con mascada al cuello, inmóvil; un hombre barbón y sucio escribía en una computadora gritándole a esa mujer que seguía quieta.

 Le gritaba, estás segura, y después tecleaba con ansiedad, levantaba una mano con dinamismo, tecleaba, la señalaba y tecleaba otra vez. Lo viste levantarse y tuviste miedo de que le pegara, pero caminó hasta posarse tras sus hombros y sujetarlos mientras veía el techo. No dejaba de mover sus labios. Un letrero enorme tras de él con letras negras decía: “La luna aclara el camino siempre peligroso, de la imaginación y la magia”. Volteaste a buscar la luna, otra vez la luna… la miraste escondida bajo las nubes.

Te apartaste del telescopio; no sabías si llamar a la policía o no meterte en asuntos de otros. Entraste a tu casa, sentiste el calor, revisaste a tus hijas y te acercaste a cobijarlas con un beso. Estabas entre lavarte los dientes y tratar de dormir o terminar el vino que todavía quedaba en la copa de TuDoctor en compañía de tu vecino-lejano del edificio de enfrente y llegar a fondo.

El morbo y el insomnio ganaron; te arropaste con un poncho y volviste a la terraza acompañada del vino y de tu labrador chocolate; querías encontrar respuestas a preguntas que no habías tenido el tiempo de formular. La mujer seguía sentada, completamente inanimada. Él ya no estaba, pero la luz seguía encendida; buscaste en su mirada, pero no llegabas tan lejos. No podías despegar tu ojo del ocular. Entró el tipo y le puso un tapaboca. Al jalarla del cabello caíste en cuenta de que era un maniquí. Sentiste alivio, sí, pero también sentías que ella lloraba, que no quería estar en esa casa con ese loco. Tu vecino lejano abrió un cajón y sacó unos binoculares y como si se hubiera dado cuenta de que alguien lo estaba espiando te comenzó a buscar. Apagaste la luz con miedo de ser una de ésas que disfruta el voyeurismo. Te quedaste pensando que por lo menos el tipo descarga su furia con una muñeca y no con una mujer real.

Te quedaste despierta sin saber  si te gusta esa parte tuya que estabas descubriendo, hasta que sonó el despertador y por fin comenzó otro día.

lachulanga@gmail.com

 

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