Nora Emilia
El final de la cacería
Divorciada y con dos hijas sufrimos primero el ventarrón y después la oscuridad que para nosotros duró una eternidad y para otros mucho más que eso. Los apagones siempre asustan, pero esta vez, conforme fue pasando el tiempo nos dimos cuenta que la luz a veces sobra.
El terror que generó el viento gritándonos a todos hasta dejarnos oscuros fue pasando poco a poco. Nos quedó claro que la fuerza de la naturaleza había mandado un mensaje de inconformidad con ese pequeño tornado.
La luz de las velas iluminó primero la cocina, después el baño y por último mi habitación; le dieron a la casa una atmósfera singular. Nuestros sentidos descansaban; no había música, ni televisión, tampoco computadoras encendidas; la energía provenía de nosotras y para hacerla poderosa nos quedamos todo el tiempo juntas.
Las niñas cayeron cansadas poco tiempo después de la tina caliente que les preparé. Hablamos de tantas cosas que al darles el beso de las buenas noches sentí que las conocía un poquito mejor que antes; que compartimos una historia nueva y cuidar de nuestros cuerpos a la luz de la vela engrandeció esa noche nuestro yo femenino.
—No voy a poder cargar mi celular —se quejó angustiada Marcela como si eso fuera lo más grave de todo el asunto—, y ya casi no le queda pila.
—Tengo miedo —dijo Regina—. ¿Qué tal si quiero ir al baño en la noche y todavía no llega la luz? Fui por la linterna azul, que le había regalado MiDoctor, y nos acostamos con ella al lado las tres en mi cama.
El vecino de ojos verdes, ese fotógrafo que se había encelado de MiDoctor la última vez que nos vimos y con el que me divertí planeando las fotos para la iniciativa de Cazadores, comenzó a tocar Mozart en su piano dos pisos arriba. Las notas se mezclaban entre las respiraciones de mis hijas y lograron arrullarlas hasta quedar profundamente dormidas… yo, en cambio, no podía conciliar el sueño. Su soledad le clamaba a la mía con piezas que oímos antes juntos. Me puse un poncho bien calientito, y subí para hacerle una visita con el pretexto de preguntar si ya estaba enterado de cómo nos fue con nuestra secuencia de fotografías en la iniciativa de Tequila Cazadores.
Sabía que era yo porque tenemos un código especial cuando tocamos la puerta; sabía que era yo porque dice que mi perfume invade su entrada; sabía que era yo porque me encanta Mozart… y como siempre, primero me saludó con los ojos y después con sus manos; con las yemas de sus dedos en el cuello, con su índice en mis labios. No tuvimos que decirnos nada para comenzar el rito de caricias… completamente a oscuras nos desvestimos apresurados; reconoció mi cuerpo de poco a poco, pero como yo tenía frío, corrí a su habitación para esconderme entre las sábanas que ya me habían cobijado otras veces.
Después de hacerlo, pensé que iba a tocar de nuevo Mozart; que íbamos a despedirnos esa noche sin decirnos una sola palabra, y como si hubiera adivinado, aprovechó la oscuridad para confesar que había salido el nombre del ganador de la iniciativa de Cazadores en el periódico, que nuestra secuencia de fotografías para lo del viaje a Egipto no resultó ganadora, pero que la entrega del premio de la iniciativa sería el miércoles 30 de enero y que estábamos invitados al cocktail por haber sido participantes.
—Pero si nuestras fotos en el Zócalo estaban preciosas —le dije tratando de animarlo.
—Parece que el ganador metió un rollo de otros mundos muy creativo.
—Me encantó haber participado contigo en la iniciativa de Cazadores —le dije procurando consolar su frustración.
—Fotografiarte fue maravilloso —dijo tierno—; te acuerdas de la foto que sacamos con la guía Roji —hablándonos a oscuras nos remontamos a esos días de sábanas, de juegos tontos y de lluvias de ideas. ¿Posarías para mí otra vez? —preguntó.
—Posaría para ti siempre —contesté feliz y me subí a su cuerpo.
Me sentía un poco decepcionada; me hubiera encantado hacer a su lado ese viaje a Egipto, pero me fascina la confianza que tiene en él mismo; es un hombre que sueña con libertad, que se atreve a jugársela en lugar de vivir en la derrota anticipada. Le dije toda cursi que adoro que no se dé por vencido; que el viaje era lo de menos; que yo había disfrutado mucho la aventura de posar para él, que su ilusión me había contagiado todo ese tiempo.
—Claro que vamos —dije todavía sobre de él a oscuras pero bien clara.
El cocktail fue en la Condesa y estuvo maravilloso. Estar rodeada de artistas es para mí siempre un privilegio. Conocimos un director creativo de una agencia de publicidad, un escritor de novelas policíacas y dos diseñadoras gráficas que participaron con fotografías de muñecos que habían creado con plastilina. Vimos la emoción del ganador al recibir su premio y conocimos a los organizadores.
Enero estaba por terminar; Victoria buscando un pretexto para ahora sí dejar el cigarro, Tanga con eso de que ya casi concluye el primer mes y ha cumplido sin problema con su promesa de celibato; que todavía le faltan dos, pero que no le pesan y yo, divertida celebrando con el fotógrafo el atrevernos a participar en retos locos y divertidos llenos de fantasía y de creatividad como la iniciativa de Cazadores que igual ganamos este año.
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