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Nora Emilia

Otra calada más

Divorciada y con dos hijas me encontré a Victoria en la escalera del edificio totalmente sofocada tratando de subir con cuatro o seis bolsas del súper.

—Mira, que no funciona el elevador y yo ya no estoy para estas andanzas… y es que este maldito vicio me tiene jodida.

—¿Cuánto tiempo crees que lleva descompuesto? —pregunté sentándome a su lado en los peldaños.

—El elevador hace dos horas, y yo, creo que llevo descompuesta desde que comencé a fumar.

—Se necesita de mucha voluntad para dejar el vicio de la nicotina, ¿verdad?

—Pienso que la vida hoy en día es tan agobiante que si me quito el vicio del tabaco voy a necesitar de otra cosa para tranquilizar la ansiedad y no quiero subir de peso por ningún motivo. Ahora, que el otro día acompañé a mi prima Pilar al pediatra, porque su hijo tiene principios de asma, el doctor se la ha puesto que no sabes: “Hágale un favor al niño y deje de fumar señora, ¿no se da cuenta del daño que le hace ser fumador pasivo a esta criatura?” Nos dijo de las pastillas Champix de Pfizer, parece que son moléculas que actúan en el cerebro sin un solo gramo de nicotina.

—¿Moléculas en el cerebro?

—Como que mandan el mensaje de que ya fumaste y al prender un cigarro te da la sensación de cruda de tabaco; hasta el olor molesta.

—Te quitan en serio las ganas de fumar.

—Exacto. Nos dijo tantas maravillas del medicamento que de regreso nos paramos en la farmacia y nos compramos un paquete de inicio de tratamiento cada una… me crees que desde hace quince días las tengo guardadas en el cajón y no me atrevo a comenzar.

—¿Qué esperas?

—Es que para mí el cigarro es como un novio, un amante travieso con el que me autodestruyo. Te vas a burlar, pero hasta te diría que es mi confidente. Me siento acompañada siempre que enciendo uno; es la culminación de una tarde de café, del juego de canasta; me creerás que prendo el cigarro hasta para pensar en ciertas cosas.

—¿Ahora me vas a decir que es una especie de meditación?

—Anda búrlate si quieres, pero es un acompañante incondicional aunque me esté matando —Victoria me seguía platicando de su novio de nicotina y yo me preguntaba por el vecino que cuando está conmigo se esconde tras el lente de su cámara fotográfica y cuando no, desaparece por completo. No le quise contar que odiaba sus ausencias y que antes detestaba que jugara conmigo al desaparecido, pero en nuestra relación no hay lugar para reclamos, me evaporo también yo cuando me da la gana y disfruto ser la que desaparece sin aviso alguno.

Del cigarro brincamos al descuido del edificio, a la necesidad de una manita de pintura y al departamento que estaba por desocuparse.

—¿Aquí es el pic-nic? —Nos preguntó de pronto el fotógrafo que venía llegando. Lo saludé emocionada con caricias y miradas. Nos contó de lo maravillosa y bien puesta que está la exposición de “Cenizas y Nieve” de Stephen Colbert en el Zócalo de la ciudad, y cargando entre los tres las bolsas de Victoria, entramos a su departamento.

En el sillón de la sala encontramos a su hija Azul medio desnuda con un galán. Me vino a la cabeza la escena de cuando fajando en cueros por primera vez en mi vida nos cachó la mamá de mi novio. Estábamos en su cuarto. Él inventó que se tenía que bañar, que le diera dos minutos. Sin mal pensarlo le dije que sí, que estaba ciertamente en su casa y resolví en silencio las ganas que me mataban por husmear entre sus cosas. Él, en efecto, dos minutos después, mojado y con la toalla a la cadera, salió del baño oliendo a limpio. Ahora, ya de adulta, estoy segura que ese truco de estar de pronto casi totalmente desnudo lo ha de haber visto en alguna película o fue un consejo de su primo Gustavo. Su madre llegó antes de lo previsto y metidos en lo nuestro jamás la oímos entrar. Justo cuando temblando de placer   acepté quitarme el brassier para ceder al capricho de mi Toño y dejarle conocer mis senos, comenzó a gritarnos su mamá: ¡Abran la puerta ahorita mismo! ¿Qué están haciendo ahí? Fue una escena horrible. Todavía puedo oír los gritos de la señora.
En cambio, Victoria, no sé cómo le hizo, pero con una calma extraordinaria, que yo en verdad le admiro, saludó a los muchachos con naturalidad.

Azul alcanzó a vestirse, pero el novio sólo con la camisa puesta se quedó hincado y totalmente en pelotas. Victoria lo congeló con el saludo y el pobre optó por taparse con la mesa de centro, que para su desgracia era de cristal.

—¿Quieren que les prepare un sándwich? —preguntó Victoria tratando de ser habitual.

—Sí, muchas gracias, señora —aceptó el chavo para no alargar el momento.

—Te presento, son los vecinos —continuaba Victoria casi a propósito. El fotógrafo y yo nos aguantamos la risa, entramos a la cocina como si no hubiéramos notado la velocidad con que se vistieron y el color rojo, casi morado de la cara del chavito. Victoria, encendió un cigarrillo y mientras guardaba en la alacena las cosas que compró, comenzó a hablar más con el cigarro que con nosotros dos.

—Es una situación natural; son jóvenes llenos de salud —daba una calada—, están en plena adolescencia y claro, lo importante es que saben lo que están haciendo y que en casa hay condones SICO para cuidarse siempre —dio otra calada más.

lachulanga@gmail.com

 

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