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Nora Emilia

HISTORIAS URBANO CACHONDAS

Divorciada y con dos hijas llegué con Don Nacho, mi voceador de muchos años, a comprar el tiempo libre.

Caminar jalando la correa del Astro fortalece mis brazos, apresura mi paso y mueve desde muy adentro mi ritmo animal que a veces no es tan libre. Recorrer las calles a su lado es la recompensa que me llevo por aguantar todos los días a un perro alegre, juguetón y lleno de energía como el mío. Astro disfruta cuando los vecinos de la cuadra lo saludan antes que a mí. Los mimos lo vuelven loco. Cuando alguien le da un bocadito de galleta o un pedazo de carne fría, me mira victorioso moviendo la cola y me presume la velocidad con que se gana el cariño de la gente.

—Buenos días —nos recibe Don Nacho. Me da la revista que me aparta cada semana y platicamos de una cosa o de otra mientras juguetea con el Astro. El hombre es tan dulce como canoso y tan amable conmigo como con mi perro. Comenzamos a romper el hielo el día que me ayudó a separar al Astro de un enorme pastor alemán, y lo rompimos por completo aquella mañana en que me levanté llena de melancolía, viendo mi vida caerse en pedazos; acabé por confesarle lo temerosa que me sentía ese día de vivir por siempre sola; él, todo tierno, como si no se diera cuenta que estaba a punto de llorar, comenzó a hablarme de la fuerza que acompañaba a la juventud de aquellos tiempos, “porque los buenos tiempos eran ésos, en los que se vestían faldas entalladas que llegaban a la media pantorrilla”.

—Esa moda sí resaltaba la elegancia de la figura femenina, no como la de ahora —yo, con el llanto atorado todavía en la garganta, no podía más que asentir tragándome el sollozo de poquito en poquito, lo dejaba platicarme de lo señoronas que fueron Sara García y Magda López y me presumió que conoció personalmente a Pedro Infante cuando de niño lo eligieron como extra para la filmación de la película “A toda máquina”—. Sí, eso de morirse joven es garantía, uno ya no tiene tanto tiempo pa regarla, ni pa convertirse en un hombre necio y arrugado como yo; ya ve que sus admiradoras todavía suspiran con la imagen del galán que fue.

—Ahí viene, seño, ése es el don del que le he hablado —me dijo a mí y el Astro volteó a verlo.

—Ay, Don Nacho, no me diga que justo hoy ahí viene —le dije haciéndome la nerviosa—, lo voy a hacer quedar mal, casi ni me peiné —traté de arreglar un poco mi cabello—, mejor me voy y otro día me lo presenta.

—Nada que otro día, ahora se aguanta y saca usté su mejor sonrisa, verá que sólo es cosa de que lo conozca, es un tipo estudiado, yo sé que este arroz se va a cocer.

—Buenos días, Don Nacho —dijo él—. ¿Y este ejemplar tan hermoso?
—Se llama Astro —contesté mirando orgullosa a mi perro, levanté la mirada con una sonrisa y me topé con un hombre de mediana estatura con unas entradas que ya iban de salida, que no me estaba hablando a mí.

—Mire, son historias que llaman urbano-cachondas —le dijo Don Nacho mostrándole un ejemplar morado—, imagínese, me los dejaron por tiempo limitado. Es una edición pequeña y especial para que los lectores de tiempo libre no tengan que ir a otro lado a comprarlo, ya ve que en estos días siempre le falta a uno el tiempo.

—Démelo, siempre cae bien un poco de cachondería —dijo él.
—…y dígame ¿está usté conforme con eso de que quieren vender PEMEX? —le preguntó Don Nacho haciendo referencia a la primera plana del periódico.

—¿PEMEX?; lo que es una tragedia es que en pleno 2008 no se haya desarrollado tecnología nacional para aprovechar nuestro petróleo. ¿De qué sirve que el petróleo sea nuestro si tenemos que traer la gasolina de Texas y de la India?, y lo peor, Don Nacho, es que en veinte años la energía se va a obtener de otros medios y el petróleo no va a ser necesario, es cuestión de tiempo, ¿o no? —me preguntó a mí y nuestros ojos hicieron contacto por primera vez. Vi en su mirada la dulzura tímida de un hombre formal y a la vez la determinación con que explicaba su punto. No contesté, pero Astro se acercó a conquistarlo.

Me puse a observar el apapacho con que lo acariciaba y será que me levanté con hambre de calor, pero me dieron ganas de sentir sus palmas, de que las cosas entre los humanos fueran así de simples, ¿cuánto iba a tener que esperar para que llegara él a mimarme así de rico con caricias alrededor del cuello?, para que me sonriera con esa frescura, me jalara un poco el cabello y que, con la misma gracia con que dominaba a mi perro, me dominara a mí también.

—¿Se te antoja un jugo? —me preguntó mi nuevo amigo quien se compró el periódico y el libro morado que prometía sesenta Historias Urbano-cachondas. Nos despedimos de Don Nacho; yo le guiñé el ojo a mi voceador y él se despidió levantando su dedo pulgar. Comenzamos a caminar los tres rumbo al puesto de jugos. Me tenía muerta de risa hablándome con soltura de su divorcio, de lo ridículo que es explicarle a los abogados los rechazos escondidos debajo de las sábanas, las traiciones en comidas familiares y los bandos que se crean cuando las cosas ya no tienen el tono de felicidad.

Al final, citó a Tolstoi con la frase inicial de la novela Ana Karenina: “Las familias dichosas se parecen; las desgraciadas lo son cada una a su manera.” Me repetía esa frase en la cabeza mientras Astro y yo nos quedamos casi dos horas en calma escuchando a ese hombre.

lachulanga@gmail.com

 

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