Nora Emilia / 21 - Feb - 08
Más del amor que de los hombres
Divorciado y con un hijo, el hombre con entradas que ya van de salida que me presentó Don Nacho la semana pasada, me llamópara invitarme a salir. La llamada telefónica duró casi una hora. Platicamos sobre Cuba y la renuncia de Fidel, de la urgencia de basureros públicos en nuestras calles y del libro morado de historias urbano-cachondas que le compró a mi voceador.
—Es un hombre con el que puedes hablar de todo, te escucha, te cuenta, sabe de lo que está pasando y aparte te tiene atacada de la risa, ¿qué más se puede pedir? —le preguntaba yo a mi amiga Tanga.
—Pues, nada más, que te atraiga tanto como para cogértelo.
—Sí caray, pero eso no está pasando —reconocí y argumenté después, que ese no tiene que ser a fuerzas el resultado final de una relación entre un hombre y una mujer, que ella siempre está clavada en eso y ahora más porque le falta mes y medio para cumplir su promesa de tres meses de celibato. Pero me estaba mintiendo, el ingrediente del deseo faltaba y yo tenía dudas de que se diera una atracción si no se había ya dado.
—Te estás volviendo bien fresa amiga, antes eras más divertida —me dijo Tanga. Yo cambié nuestra plática para no quedarme con la sensación de que soy aburrida.
—No sabes el susto que me llevé el otro día, me quedé sentada al volante aún cuando ya me había estacionado —le contaba yo a ella—; el corazón se me salía. Fue casi llegando a Barranca del muerto, a la altura de Revolución que se me cerró un chavito agresivo y caprichoso que por supuesto no dejé pasar, así que defensiva y mamona, le aventé el coche defendiendo mi espacio como si con eso me fuera la vida. No me di cuenta que el tipo estaba acompañado de un par de guaruras que venían atrás y prepotentes, comenzaron a intimidarme. Cuando por fin los perdí, iba tan nerviosa que las manos me temblaban.
—Qué suerte que no iba yo contigo porque les hubiera mentado la madre a los guarros también y es que el tráfico de nuestra ciudad está intolerable; todos vamos agresivos y hasta la madre, somos muchos tratando de llegar a todas partes. Vas a ver que un día se van armar los madrazos en serio —colgamos.
Al día siguiente llegó el amigo de Don Nacho por mí. No lo invité a pasar; me parecía prematuro que mis hijas lo conocieran, así que de bajada le toqué a Victoria para avisarle que las niñas se quedarían solas en casa en lo que yo salía a conocer un hombre, que si bien no era mi tipo, me hacía reír mucho y podía quedarme escuchándolo por horas.
—No te apures mujer, yo por aquí voy a estar.
—¿Cómo vas con la no-fumada? —le pregunté notando que su casa ya no olía a cenicero y que su cabello y su piel tenían un matiz, ¿cómo decirlo?, mucho más sano.
—Lo que me ha ayudado es eso de cambiar la rutina de “los momentos que comparte uno con su cigarro”; ¿por qué crees que ya no me has visto sentada en la escalera a las seis de la tarde? Ya ni tomo cafecito después de la comida. Romper con las costumbres que tanto se disfrutan con tabaco es uno de los tips que me dieron en www.libredecigarro.com
—¿Consejos para dejar de fumar por internet?
—No te burles… hasta me llegan mensajitos durante el día a mi celular que te juro me motivan. Créeme, no está tan sencillo; se necesita de todo para dejar de fumar.
—¿Lo quieres conocer? —me acordé que el tipo con entradas me estaba esperando abajo.
Descendimos. Victoria, obsesionada con el tema del tabaco le contó que estaba tomando Champix, que había decidido dejar de fumar y que lo estaba logrando. Él se burlaba con eso de que el gobierno quiere cuidar de nuestra salud con prohibiciones en torno al cigarro. A pesar de no ser fumador, él defiende la idea de que deben abrir lugares sólo para fumadores, que los estamos discriminando; se va tanto a los extremos que sus comentarios se vuelven chistes.
—Al rato van a poner básculas en las heladerías para no venderle helados a los que estén subidos de peso; van a multar a los que no hagan ejercicio y a los que no coman frutas ni verduras.
Victoria nos invitó a pasar a su casa, pero él se las ingenió para defender nuestra intimidad.
Llegamos a la Condesa y comenzamos a caminar.
Él sugirió unos tequilitas y yo pensaba en que los besos a la mitad de la calle recargada tras un portón eran los más románticos. Mientras caminábamos iba buscando un rinconcito para provocarlo, pero él, clavado en lo suyo, hablaba hasta con las manos mientras me acordaba del faje que nos metimos en el callejón el escritor de Coyoacan que fumaba y yo; de la tarde que sin saber que podíamos resguardarnos en las paredes de un cuarto de hotel nos quedamos en la banqueta por horas deseando con toda el alma que la tarde no terminara porque las caricias no nos saciaban las ganas. Sin escuchar los rollos que me tiraba, ya con el tequila encima, comencé con mi manía de acariciarme las piernas y a observar con deseo los dedos que quizás algún día me iban a acariciar por dentro. Descubrí que esas manos podían ser las del escritor o las del fotógrafo, las del actor feo que secretamente deseaba con el alma que un día por fin me manoseara toda, o hasta las de MiDoctor, que sabía hacerme venir nada más con mirarme y entonces me di cuenta que definitivamente me enamoro más del amor que de los hombres que me despiertan las ganas de amar.
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