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Nora Emilia / 06 - Marzo - 08

Mmmiirrodilla

Divorciada y con dos hijas, en cama y con una rodilla inmovilizada constataba que en un instante, le puede a uno cambiar el panorama de su realidad por completo.

Iba yo caminando feliz con una falda bien pegada como tres dedos arriba de las rodillas, tacón mediano y piernas desnudas. Poco bronceada, para el tono maple que me gusta tener en la piel, pero mostrando presumida la firmeza de mis muslos y festejando en cada paso el haber montado un cuadro bellísimo de Claudia Politi en la oficina de un cliente de Andrea, la arquitecta minimalista que terminó de remodelar unas oficinas en Paseo de la Reforma. Nuestra combinación se ha vuelto explosiva por el respeto que le tengo a su toque zen. Nos coordinamos para ponerle color a la habitación o le damos fuerza al cuadro dejando en colores neutros los muebles, las cortinas y el piso.

Mi hermana dice que lo del accidente me pasó porque ando siempre precipitada; mi madre, que porque no me sé organizar bien, y Tanga dice que todo sucedió por seguir desmenuzando la escena que presencié en la cocina de casa de Gloria hace una semana. En cierta forma las tres tienen razón, el hecho es que pisé una de esas coladeras mal tapadas que abundan en el D.F. y me caí horriblemente.

Tenía que recoger a mi hija Marcela en la casa de una amiga y después a Regina en la clase de música. Cambiar de colonia en esta ciudad a las siete cuarenta de la noche es una utopía, por lo que efectivamente estaba de prisas y mal organizada, y sí, por supuesto también, venía pensando en los pechos blancos casi marfil de la mujer que estaba desvestida de azul; en cómo el esposo de Gloria metía las manos por debajo de su falda; cómo la de blusa roja apretaba los dientes y al mismo tiempo, podía seguir escuchando la voz del amigo de Don Nacho narrándome pausadamente al oído, la escena que tanto trabajo me cuesta borrar de la memoria y que me mantiene ardiendo.

Por más que arañé mis muslos, esa noche en la cocina, no conseguí rasgar los pantalones y filtrarme por debajo de la tela para poder sentirme, así que me recordaba toqueteándome sobre la mezclilla justo cuando pisé una coladera y tropecé. En una microdécima de segundo me estaba yo volviendo loca del dolor. Veía cómo se acercaba la gente y mientras un tipo quería levantarme para ver si podía caminar, otro me recostaba para que no me fuera yo a desmayar y me pedía que respirara hondo. Alguien salió con que si la Cruz Roja, y yo, sobándome la rodilla, alucinaba que todos ellos iban a comerme entera. Aturdida comencé a imaginarme sus manos en mis pechos, en mis muslos y hasta creí sentir que uno de ellos me desabrochó el brassier , no sé si me estremecía de sufrimiento o era mi imaginación la que me bloqueaba, pero por suerte, los gestos de dolor se confundían con mis ganas y sin balconear mis pensamientos, entre tanto desorden, apareció por fin ante mis ojos la cara conocida de Leticia, la secretaria de la oficina que acabábamos de decorar, que me sacó del alucine diciendo: “no se preocupe, ya viene la arquitecta, le acabo de llamar”.

—Mi rodilla, mi bolsa, el celular, mirrodilla, mishijas, laclasedemúsica, mimamá. Mirrrodilla, mi celular, Marcela, mamá, mishijas —le decía medio llorando en voz alta para retenerme en esa escena porque el dolor menguaba, pero el pánico de estar convertida en un bulto sin movimiento se hacía cada vez mayor.

Es curiosa la convalecencia. Van dos días que mis hijas me hacen de cenar. El amigo de Don Nacho me mandó el libro morado de las historias urbano-cachondas que le compró al voceador el día que lo conocí junto con un: “te va a encantar”. MiDoctor me llevó con un traumatólogo amigo suyo  Pablo Tarazona,  quien me explicó que sólo era el ligamento lateral, que por fortuna se regenera con el tiempo. El fotógrafo, que me vio llegar en muletas al día siguiente, trajo a casa la colección de Martin Scorsese y media docena de palomitas para microondas.

Pasan las horas. Tengo ganas de dormir aunque no me da sueño, de ordenar mi agenda, de buscar objetos perdidos en cajones y recetas de cocina en folders viejos. También, aprovecho que puedo volver, sin miedo a tropezar, a la cocina de Gloria y le llamo a cada rato al amigo de Don Nacho para que por teléfono me provoque; lo interrogo porque quiero saber cada cuánto va a una fiesta de ésas, y él se ríe, me habla de antifaces, de reuniones en hoteles, me dice que así, con la rodilla enferma también puedo divertirme, que quizás lo que necesito es un masaje de cuerpo entero a más de cuatro manos. Yo me siento confundida: ¿será posible que la semana pasada estaba sana, pero temerosa, y ésta, en cambio, valiente, incómoda y adolorida, esté planeando con el amigo de Don Nacho una aventura de seis manos sobre mi piel?

—¿Y si de pronto me arrepiento? —le pregunté tratando de conocer las reglas.

—Dices “basta”, y entonces, paramos. Pero bonita, no creo que ocurra.

—¿Y no te van a dar celos? —pregunté para incitarlo.

—Voy a verte disfrutar, estremecerme en tu deseo, perderme en tu cuerpo mientras se desvanece y te voy a colmar cuando llores de placer…

—yo lo escuchaba tocándome hasta humedecer, olvidando por ese instante mi rodilla que yace enferma y encapsulada dentro de una férula.

lachulanga@gmail.com

 

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