Nora Emilia / 13 - Marzo - 08
¿Y por qué no?
Divorciada y con dos hijas, todavía con la rodilla inmovilizada, recibí feliz a las seis de la tarde, de un sábado triste, la visita de Victoria que vino a consentirme con una caja surtida de tés. Había Chai, hierbabuena con menta, vainilla, canela con toronjil y un té blanco que nunca en la vida había probado. Desde que dejó el cigarro, abandonó también el vicio del café y se ha vuelto fanática de los tés y las tisanas.
—¿Te conté que mi médico me aconsejó cambiar los hábitos con los que me hacía acompañar de mi cigarrito? No te digo que no lo extraño, pero por ejemplo, estos tés no los había probado antes y no los relaciono con el sabor a tabaco.
—¿Sigues con las pastillitas Champix?
—El programa recomienda tres meses, creo que poco a poco le van bajando la dosis. Si me preguntas, yo siento que ya no las necesito, se me han limpiado hasta los dientes, me siento más oxigenada, pero por ejemplo, cuando voy al baño todavía le tengo una nostalgia impresionante.
—¿Y ése hábito, si no es indiscreción, cómo te aconsejaron cambiarlo en www.libredecigarro.com ? —me cagué de la risa.
—¿Has oído lo efectivas que son las ciruelas pasas? Entro y salgo en tres minutos, pero, mejor te cuento que te traje un libro que se llama “El Cuaderno Verde”. Es una recopilación de artículos que han salido publicados en el Reforma, habla de los azares y de la casualidad. Cita a grandes autores y propone parar las antenas, ponerte en contacto con lo que sucede en tu entorno. Dice que eso que tontamente llamamos eventualidad, no existe, que todo pasa por algo, que la casualidad es caUsal y da ejemplos cotidianos que suceden cuando vas por la vida alerta —el timbrazo de Tanga nos interrumpió, Victoria fue a abrir, oí como se saludaron y me quedé atenta ahora que el azar nos iba a poner a las tres en la misma habitación.
Noté a Tanga ansiosa desde que llegó. A la primera oportunidad comenzó con que se siente vieja; que no termina por creer que cumple como mamá ni como mujer; que está cansada de todo; que necesita un respiro del mundo; que ya está hasta la madre de la rutina; que requiere darle vuelo a la hilacha; de cuánto vive, de cuánto tiene y de cuánto le va a faltar cuando le falte. Comenzó a hablar como para ella misma; decía que muere por bailar hasta extasiarse, de oír música de tambores y traer pegado un son.
—Extraño destilar amor por todos mis poros. Ya no aguanto esa promesa de enero, de tres meses sin nada de nada, me está secando por dentro… necesito, por salud, renunciar a ella, no sé cuándo fue, pero hasta dejé de masturbarme, me desconozco por completo. La neta es que para mí, el sexo siempre ha sido importante.
Yo, inerte, la escuchaba viéndola caminar de un lado a otro de la habitación imaginando que había adquirido algo así como virginidad en el cuerpo.
—Una amiga acaba de regresar de La Habana —interrumpió Victoria mi monólogo interno y las quejas de mi amiga Tanga.
—¿La Habana??? —preguntamos las dos.
—Dijiste cambiar de aires, bailar con tambores y traer pegado un son. Se me ocurre Cuba. Dicen que allá es donde se saca la energía atorada —abrió el libro que me trajo en cualquier página y leyó la cita de Sartre en el “Cuaderno Verde” de José Gordon— “Ser libre no es hacer lo que uno desea, sino desear lo que uno puede hacer”, ¿puedes hacerlo? —le preguntó a Tanga viéndola directamente a los ojos.
¿Para qué la retó?… casualidad o no, esa era la fórmula perfecta para que los ojos de Tanga comenzaran a brillar. En lo que Victoria nos contaba del viaje de su amiga, de los artistas que conoció y de las fiestas que ahí se arman, Tanga se metió a internet y comenzó a buscar precios de boletos y lugares dónde hospedarse.
—¡Vamos! —nos invitó animada—. Sé que es una locura, pero bien vale hacer una travesura grande; un viaje relámpago e inesperado; ¿desaparecemos este fin de semana?
—Imposible para mí —pensé en mis dos hijas—. Con la rodilla así no voy a poder bailar, ni caminar por los mercados, simplemente, no es mi momento —desanimada dejé que me ganara el miedo, la precaución, y aburrida sentí cómo se esfumaba el calor que Tanga había puesto en mi piel.
—Bien sabes que puedes pedirles a tus papás que te echen la mano con las niñas; siempre les cae bien convivir un poco con los abuelos. Vamos a la Habana... a cambiar de aire, saldríamos el jueves 13. No te apures por la rodilla, el aire se respira con la nariz y lo demás… lo harás con el resto del cuerpo —Victoria me miró emocionada, Tanga, decidida—.
Despegamos un jueves, regresamos martes o miércoles bien tempranito, vamos a llegar cargadas de buena vibra. Lo caro es el boleto y ahorita yo lo firmo.
—Y sí —aseguró Victoria—, el momento histórico en Cuba es toda una tentación; me va a encantar hablar con locales, conocer a viva voz lo que está pasando allá. La gente que creció en regímenes socialistas tiene un mundo interno mucho más profundo que el nuestro.
—Mucho más profundo tienen otras cosas —se rió Tanga—. Entonces, qué, ¿nos vamos?
—“Ser libre no es hacer lo que uno desea, sino desear lo que uno puede hacer” —me repetí yo las palabras de Sartre… ¿deseo escaparme unos días a la isla de Cuba? ¿Y por qué no?
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