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HistoriasReseñasPodcast

Nora Emilia / 20 - Marzo - 08

La Isla

Divorciada y con dos hijas, tan admirada como confundidaen la isla de Cuba, se me van pasando los días sin darme cuenta, y es que en tan sólo dos horas y media de avión, viajé cinco décadas hacia atrás, al mismo tiempo que trataba de descifrar el adelantado, libre y muy divertido mundo propio que cada cubano tiene en su interior.


Llegué pensando que la cordialidad en Cuba se basa en la mirada caliente y seductora con la que los ojitos cubanos quieren descifrarte; con las mezclas de frutas de temporada y los sabores de recetas caribeñas, donde descubro que los ingredientes que llevan, también son el contagio del baile, el amor a la vida, el buen humor que se hace inminente y el sexo que en mi cabeza siempre está presente, pero también en la de todos ellos y en la de cada centímetro cuadrado de ésta isla, llena de vida, color verde sano que es Cuba.


Lo que sucede, es que conforme van pasando los días uno conoce gente con la que puede compartir reflexiones, ideas; hablar de realidades, preguntar y responder. Se dan intercambios de pensamientos, se tocan temas en los que antes no se había pensado y acaba uno por contagiarse de las ganas de inventar nuevas fórmulas para el bienestar general, de articular soluciones a problemas complicados y a dar respuestas a preguntas ingenuas de quienes no están enfermos del consumismo masivo, ni están capturados en el círculo del quiero, compro, debo, pago, otra vez debo, pago, no me alcanza, necesito, no tengo, pago, debo, pago, quiero, debo. No me alcanza.


Veo también una Cuba que ante mis ojos se manifiesta triste, llena de escasez, colmada de insuficiencia, atiborrada de privación, de gente culta que sueña con tener y con que todos tengan, que quiere, que necesita, que simplemente quiere salir y volver a su antojo, que quiere creer en la libertad de allá fuera y está harta de la cadena perpetua, que tiene hambre de interpretar el mundo, que no imagina la hostilidad que existe en otras naciones. Y surgen teorías locas como trasladar a las Naciones Unidas a la isla, para que en medio de todo ese derroche de energía y esa belleza natural, los gobernantes se contagien del amor a la vida y logren tomar decisiones que no incluyan guerras, ni embargos, ni monopolios gigantescos que enriquezcan a uno solo. Que la política globalizada se concentre en proyectos ecológicos en todo el mundo, que cada país comparta esquemas sociales que les funcionen para que otros podamos adaptarlos a nuestras condiciones; innovar recorridos bicicleteros por la Habana, campamentos internacionales para niños que quieran aprender a bailar en serio.


Pensaba en generar ideas y abarcar todas las posibilidades para llevarme un poco de  la energía que tiene ésta isla a mi país y tener algún pretexto para alargar el viaje; recorrer las calles muchas veces, visitar galerías y adentrarme al centro de la Habana en busca de artistas para conocer el arte cubano que no ha logrado expresarse fuera.


Después, nada… su música. Su ritmo alegre hasta en el andar, sus cuerpos sanos, su no tráfico, su no contaminación. Los niños que juegan en la calle y el malecón que se baña por las noches de agua de mar que al salpicarse, me hacen sentir deseos de que me falten al respeto, de perderme en un rincón obscuro de La Habana vieja y de subir a una de esas construcciones grises y viejas, guiada por un cubano que sepa de constelaciones y hacer el amor con vista a ese mar infinito que encierra a la Isla al ritmo del son cubano, que mueve la cadera en todas las direcciones, mientras que, con ese acento que corta palabras y que cambia las erres por eles, se descifran mensajitos nuevos que se dejan de entender cuando el verbo sentir se comienza a conjugar en cada uno de los centímetros de mi piel, cuando hay fuertes acelerones y desacelerones en mi respiración, mientras me seduce la voz de un cubano fuerte, sólido, sensible, de piel tostada y ojos lindos que al sentir mi cuerpo va diciéndome al oído, con una voz pausada y suspiros intercalados, palabras que sólo lo aceptas cuando lo saben decir así: me gusta tu bollo, déjame vehlo bien, déjame ver ese culito rico que tú tienhe, dime que ese culito eh mío, dímelo, puta, dime que eles mi putica, mami, dime que te guhta la pingona, tú sabes que la tengo chiquitica, mami, pero la tengo buena… quiereh que papi te cingue bien rico como a ti te guhta. Quiero chuparte todo el bollito, toda la totica lica ésa, dime de quién es la totica ésa, eh, dime…  ¿ehhmiía? Eh, dime, ehmía… Quieres que papá te cingue y te saque toda la lechita. A mí eso me vuelve loco, tú quiele… quieles que papi te de su lechita, nena, tú quieles, mamá, dime, tú quieles, ¿tú quieles?, tú vah a vehla, hhhira, milechita, mi lechita es tuya, cógela toda, ven, ven…

lachulanga@gmail.com

 

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