Nora Emilia / 27 - Marzo - 08
Victoria
Casada y con una hija, se levantó decidida a hacer el viaje. Los acuerdos en un matrimonio son muy de cada pareja; así también el suyo. El hecho es que me aseguró que fue el Cuaderno Verde de José Gordon, el que puso la pauta.
—Azaroso o no —me dijo Victoria—, la tarde en que en tu casa leí en voz alta las palabras de Sartre: “Ser libre no es hacer lo que uno desea, sino desear lo que uno puede hacer”, me vino una chispa de claridad a la mente.
Tenía unos dolaritos ahorrados con los que le alcanzó perfecto para el avión, así que por ahí, no había problema. La idea se la comentó a Emilio en completa obscuridad porque dice que cuando apagan la luz, es cuando lamentan tener una vida sexual un tanto agotada; cuando más extrañan esos acostones duraderos y llenos de euforia.
—¡Vente con nosotras! —me dijo que le propuso en quedito—. Vamos a contagiarnos de aires nuevos. Mi boleto ya lo tengo solucionado. Es buen momento para ir a La Habana —cuando le dijo que era Cuba, Emilio prendió la luz y desnudo, así como le gusta dormir, caminó nervioso con el índice levantado diciendo que es un viaje que tenía que hacer ella sola, que los cubanos eran de cuidado, pero que ella sabría defenderse bien. Victoria no daba crédito a lo que escuchaba, se oyó decir que sentía miedo, que durante quince años no había viajado nunca sola —pero deseaba hacer el viaje, realmente se le antojaba ir sola, así que cuando logró oírse poner pretextos, mejor se calló y lo dejó hablar a él.
—Ésta va a ser una experiencia nueva para los dos; vamos a extrañarnos, a reconocernos a tu regreso. Pásatela de poca madre —le dijo Emilio y la abrazó. Esa noche no cogieron, pero a la mañana siguiente, sí.
Lo bueno de los viajes relámpago es que uno no tiene tiempo para arrepentirse. Cuando nos dijo que ella sí iba, ya ninguna de las dos pudo rajarse.
Yo conseguí el teléfono de una casa de huéspedes que incluye desayunos, Victoria recolectó ropa de niños y llevó dos maletas llenas para regalar, dulces mexicanos y tres copias del último disco de Alejandro Fernández. Tanga llegó con los datos de un chavo de confianza que se llama Laidel, que nos ayudaría a solucionar cualquier problema, porque según ella, es bien sabido que aunque en Cuba se habla español, los códigos son otros.
—Escúchame, te adoro, ¿me oyes? Cuídate mucho —le dijo Emilio a Victoria y sus ojos se despidieron. Me platicó que en ese instante sintió que un paréntesis cristalino se abrió entre ellos dos.
Emilio nos llevó al aeropuerto, nos ayudó con las maletas y se preguntó entre abrazos y besos de despedida cómo le iba a hacer Cuba con nosotras tres juntas.
Victoria comenzó con que le dan miedo los aviones, pero Tanga, ansiosa, dividía en tres montones los condones que llevaba para el viaje; según averiguó, uno de los inconvenientes actuales en la isla es que los condones que utilizan vienen de China y aseveraba con certeza que entre los chinos y los cubanos los tamaños varían demasiado, que no podíamos arriesgarnos a que se rompieran.
—Pongan un SICO en diferentes lados porque en Cuba es importante tener un condón cerca y a la mano —entusiasmada nos aconsejó Tanga.
Bailamos sabrosísimo en el Macumba y en Rosalía de Castro; salimos de la Habana a conocer la cascada de Soroa y paramos en Viñales en donde presenciamos una vista majestuosa.
Victoria no podía romper paradigmas, se tomaba sus mojitos y en teoría iba a perseguir por toda la Habana la fantasía de hacerlo con dos, pero cuando llegaba el momento no se veía con ganas de dejarse tocar por dentro ni por fuera. Ni Tanga ni yo le insistimos, sólo la veíamos hacerse tonta porque en buen español, las tres nos dimos cuenta que desde que uno llega la están cazando, que ven en el turista la oportunidad de salir algún día o simplemente de conocer a través de una el mundo de afuera al que hoy por hoy muchos no tienen acceso.
Quizás es que Tanga y yo somos de sangre más liviana, o que estamos acostumbradas a que nos digan cosas lindas sin tomarlas de forma literal, pero Victoria hablaba con la gente, compraba artesanías y despertaba con su café con leche extrañando como loca un cigarro. Le llamó la atención eso de que perder la virginidad allá se diga “perjudicar” y que a hacer el amor se le dijera “templar”.
—¿Se dan cuenta? —nos dijo la noche en que por fin agarró una buena jarra—, yo no sé mucho de etimología, pero me suena que templar viene de templo, ¿a ustedes no?
—Templar viene de aquí dentro, chica —dijo un cubano que le presentó Laidel señalando su corazón—, de la sangre de esta tierra a la que llegaron los españoles huyendo de las pesadillas de la inquisición… si la Isla toda tiene forma de tremenda pinga, ¿qué, no te ha dado cuenta, tú?
Fue ése cubano alto y bailarín que por medio de la música, de tocarle rico la cadera y hacerla bailar le fue explicando que en Cuba, el intercambio es cosa de todos los días; que a través de ella él conocía un pedacito del mundo y que él a su vez podía mostrarle la vida en La Habana, llevarla por las calles y manosearla hasta que le gritara basta. Que todos somos maestros, que en el intercambio positivo todos ganan.
Tanga y yo la vimos perderse entre la gente, seguras de que por la mañana no extrañaría tanto el tabaco.
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