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Nora Emilia / 03 - Abril - 08

Tanga en la Isla

Divorciada y con dos hijas me fui contagiando de la calentura de Tanga. Apenas pasamos migración, ella se consagró a captar las caricias oculares con las que cubanos y cubanas rozaban su piel. A pesar de que Laidel, su contacto de confianza, nos estaba esperando con un letrero bastante claro con el nombre de TANGA, ella, caliente y sexual, quedó como zombi, sin articular palabra, cautivada por las miradas de los locales.


No nos dimos oportunidad de descansar del viaje, ni siquiera de desempacar. Llegamos al cuarto y Tanga insistió en salir a las calles, visitar el malecón y el centro de La Habana, así que en bici taxi comenzamos nuestro recorrido.


—Vete con cuidado, hija —le aconsejó Victoria a Tanga quien la veía lanzada y no la conocía ni tan caliente ni tan segura.


—Mira Viki, la promesa de castidad la inicié el primero de enero, pero los últimos días de diciembre me la pasé un tanto sola, así que haciendo cuentas, justo estoy cumpliendo los tres meses de castidad que me prometí. Vine a Cuba en busca del premio que merezco por haber sostenido mi promesa, vengo con condones suficientes para saberme cuidada, así que te pido, nada de cordura, que justamente por eso, no vine con mi madre —contestó tajante. Quise intervenir para calmar las aguas, pero Victoria contestó por mí.


—Prudencia hija, los cubanos son de cuidado, ellos no juegan, van con todo.


—Vengo en busca de maestros de sexo. Escúchenme bien, esto del embargo y la política le ha dado a Cuba muchas desventajas, pero en el sexo, éste país y cada cubano está especializado; así como los ves bailar, así dicen que cogen, por eso te sugiero, Victoria: permite que se te pegue la buena vibra de éste país y deja el juicio guardado en tu maleta.


Victoria me miró como pidiendo explicaciones. Yo no comenté nada. En menos de una hora, Tanga se hizo de un séquito de chavitos, de promedio 25 años que la escoltaban. Victoria y yo, amigas ya de Laidel, lo llenábamos de preguntas sobre la cotidianidad de un sistema como el suyo y recorrimos con él varias veces la calle Obispo, que es donde está concentrado el arte contemporáneo de La Habana.


Tanga parecía ignorar que esos chavos están en la lucha ganándose la vida seduciendo a turistas con la belleza de Cuba, la de sus cuerpos y la de su juventud… no le importaba saber que con un acostón ellos generan recursos de más del triple de lo que ganan en un mes trabajando, sino que hablaba de hacer un intercambio energético, cultural y vibratorio; un dar y recibir lleno de armonía.


—No voy a usar la palabra prostitución porque solamente ensucia. Lo nuestro es más que eso, ya que por lo menos yo me reconozco un ser imperfecto que necesita de otros para completarse —nos explicaba Tanga con un mojito en la mano en la Bodeguita de en Medio.


Su forma de pensar, a Victoria y mí, nos hizo ponernos otros lentes, mirar con otro enfoque y reconocer que en sus teorías, sí cabía la amistad y el intercambio; poco a poco entramos en contexto y pudimos disfrutar de La Habana sin tanto ruido en la cabeza.


Los juegos de Tanga comenzaron a darnos brillo a las tres; nuestros cuerpos imperfectos, que en México se estaban opacando, tenían un ritmo nuevo después de dos días de bailar y de coger. Visitamos los Nardos frente al Capitolio y la heladería Copelia frente al cine Yara. Victoria soltaba la culpa de dejar un hombre casado y a su niña, Azul, en otro presente. Yo, con la rodilla enferulada me movía con lentitud y observaba con detenimiento. Vibrábamos en una dimensión que nos hacía perder años y miedos. Las locuras de Tanga con dos y tres nos dejaban un tanto atónitas, pero envidiosas celebrábamos su libertad y su arrebato hasta que la vimos acaramelada con Nadja, una chica mulata con la que exploraba su lado lésbico. Irreconocible por la ternura, descubrimos una Tanga tierna que por supuesto provocaba, y es que ella siempre se  permite un poco más que todos… y yo sé bien que esta historia la tenía pendiente.


Ay mami… yo te enseñéee cómo se amaaaa —repetía Tanga la cancioncita que aprendió con acento cubano y la veíamos como nunca bailando enculada entre los ojos y los brazos de una mulata que tiernamente se la comía recorriendo despacito toda su piel.


Si fuera yo un artista plástico pintaría un lienzo con el título de: Tanga en la Isla; ahí dibujaría una Tanga hermosa que en la La Habana es todavía más linda, más natural; una Tanga hembra que sin maquillaje ni sombras camina por las calles mientras hombres, sentados en bardas y portales, al medio día y con toda calma, se manosean burdamente su erección al verla andar.


Mis hijas y mi México me recibieron con afecto. Regresé de La Habana con las maletas vacías, tanto de juicios como de prendas, con desapego material, deseos de vivir bailando y ganas de consumirme cada noche antes de dormir. Traje maracas y música de por allá, así que nos hemos pasado la semana con el son de Cuba a flor de piel. Llegué segura de que el paraíso no es terrenal, pero que existe donde uno se lo inventa y que es nuestra sangre latina la que nos puede salvar del tedio, porque mientras los mexicanos vivimos contaminados del stress, la lana y las noticias, allá en La Habana, a pesar de la escasez, la represión y el control, los cubanos cogen y bailan diario.

 

lachulanga@gmail.com

 

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