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Nora Emilia / 10 - Abril - 08

Miradas de complicidad

Divorciada y con dos hijas regresé de La Habana unos días antes de que la ciudad más grande del mundo volviera a atascarse de habitantes, cuando los vientos descontaminados de las vacaciones de semana santa todavía estaban limpiando el aire de nuestra capital.


En cuanto noté que me traje de allá un ritmo de caminar distinto, le llamé a MiDoctor, aparentemente sin pretexto. Mientras le platicaba del viaje, me dio a entender su necesidad de no escuchar detalles, prefería que le dejara sentir las ganas de cada una de las huellas digitales que Cuba dejó marcadas en mi piel. Lo sentí deseoso desde el teléfono. Yo le había escrito en un correo que me iba a La Habana y él me insistió que le llamara a mi regreso. Podría jurar que le excitaba la idea de absorber la energía cubana que atesoraba yo en mi piel, sin importarle ése otro al que no iba a conocer jamás.


Victoria volvió también toda fogosa. Desde nuestro regreso, baja a modelarme faldas y pareos con una sonrisa de ángel travieso, en sintonía zen. Dejamos de hablar como merolicas para comunicarnos con miradas de complicidad. Dice que con Emilio es lo mismo, le platica de Cuba con el cuerpo, no con la voz.


Gracias a sus adoradas pastillitas Champix, ya no se sienta fuera de su casa en el cubo de la escalera con su taza de café rodeada de humo; ahora, aprovecha para acompañarnos a mí y al Astro a dar una caminadita cuando cae la tarde, el calor desaparece y el airecito nos enfría un poco el cuerpo.


—Hace un año que aborté —me llamó Tanga al celular mientras estábamos dando el paseo—, no recuerdo que estuviera haciendo tanto calor en esos días —trató de sonar natural, pero el inicio de su conversación a mí me dejó muda; me regresó a tierra, quise abrazarla. Vino a mi mente la clinicucha a la que llegamos entonces, sentí el miedo y la cautela.


—Lo único que sé, es que ningún hombre me ha hecho mojar los calzones tanto como esa chava —giró el tema bruscamente—. Jamás me pensé una lencha, pero me encantó la Nadja. Creo que nunca me había masturbado tantas veces en un día; hay muchas cosas que no me he dejado de preguntar.


Pude ver en Victoria, quien me esperaba a un lado, el mono y la impaciencia de la falta de tabaco, así que me despedí de Tanga escapando del remolino en el que me meten sus rollos y su voz. Volví a mi paseo con Astro y Victoria y decidimos hacer el domingo una comidita vecinal cocinando entre las dos.


Con eso de que los días están tan ricos, en su terraza se sirvieron los platillos salados y en la mía los postres y el café. Aproveché para invitar a la arquitecta Andrea, a Tanga y al ortopedista que me revisó la rodilla; Victoria le dijo a sus hermanas y yo a MiDoctor. Azul  y mis hijas invitaron a algunas amigas.


Preparé una sopa fría de poro y papa que adorné con cebollín, Victoria hizo el salpicón de falda de res con tostadas, sin frijoles; hubo guacamole y jitomates rellenos de atún. De postre, nieves de mango, limón y guanábana, también rectángulos de amaranto con chocolate amargo, que preparé con las niñas en casa.


El tema del aborto salió irremediablemente a la conversación cuando Tanga notó que había doctores en la fiesta. Le da morbo hablar de legrados con médicos, no tanto para retar la forma en que tratan la no-vida, ni para provocar discordia, sino porque le agarra la verborrea cuando trata de explicar que todas las mujeres tenemos un poco de paganas y de brujas, que a nosotras nos gustan los rituales porque la mujer al procrear se siente Diosa y al no procrear, también. Por eso, al proceso de aborto le debe concluir un acto de espiritualidad. Espiritualidad femenina, no institucional.


—Ayudaría algo así como una receta médica para un ritual de temascal, una semana después del aborto. Qué más chido que un útero natural, obscuro y bien caliente, donde pueda uno a trabajar ese proceso de lleno y vacío. Finalmente, uno siempre tiene algo que soltar, ¿no creen? —nos preguntaba Tanga.


Los colegas se clavaron hablando sobre las instituciones mexicanas de salud. Según MiDoctor, Francia es el país que tiene el mejor sistema de sanidad en el mundo, incluso, aseguraba él, que la medicina francesa contempla baños en aguas termales desde hace años; que lo del temascal es un ritual igualmente sano.


Erika y Rocío llegaron tan frescas como espectaculares. Una combinaba el verde y el blanco, la otra el blanco y el mamey.


Tanga las miraba y yo miraba a Tanga mirarlas.


Me acordé de cuando dijo que jamás se metería con una vieja y de ése beso que nos dimos frente a Ojos Lindos nosotras dos.


Me divertí atendiendo a las sobrinas de MiDoctor. Les presenté a mi amiga Tanga de quien ya les había yo hablado. Atrevidamente tímida, como nunca la había visto, saludó y se quedó entre ellas estacionada un rato.
Victoria y yo que la conocemos bien, disfrutábamos de verla sobrada y femenina con La Habana entera a flor de piel.

Los días se empiezan a vivir más largos con eso del cambio de horario. Uno siente que son las seis y ya son las siete. Cuando los invitados se fueron yo quedé exhausta y feliz. Salí con MiDoctor a darle un paseo nocturno al Astro y mientras mi perro se puso a explorar en el parque vecino, MiDoctor me acarició con sus dedos por debajo del vestido para descubrir que yo lo portaba sin calzones.

lachulanga@gmail.com

 

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