Nora Emilia / 16 - Abril - 08
De manera natural
Divorciada y con dos hijas estaba yo tan bipolar como el clima. Cuando mi cumpleaños se acerca me dan ganas de un fogoso y ardiente reventón en casa con mucha música, desmadre y alcohol, pero a la vez, se me antoja huir, dejar que la fecha pase desapercibida y celebrarme sola y fría martirizada con la idea de que ése día hay que ser feliz.
MiDoctor me sacó de la dualidad invitándome a pasar con él quince horas en un lugar que describió como un sitio encantado en medio del bosque donde me tenía una sorpresa.
—Vente ligera, no te preocupes de nada —me dijo misterioso en la última llamada en que le pregunté si necesitaba llevar algo en especial—. Estoy por ti a las seis de la tarde —con esas palabras terminó mi dilema entre la fogosidad ardiente y el frío solitario. Morbosa, visualicé una cabaña silenciosa con muchos cuartos. Imaginé que MiDoctor me llevaría de una habitación a otra y que en cada una nos íbamos a deleitar con un rico manjar de frutas y de nueces garapiñadas con chocolate.
Me dio tiempo para celebrarme con un desayuno de amigas, compartir a la hora de comer con mis hijas y plancharme el vestido negro que estaba tan ansioso como yo de conocer el sitio del que me hablaba MiDoctor.
A veces me dan ganas de ponerle un disfraz de super héroe a ése hombre que parece haber nacido con una misión; ése que aparentemente no necesita a nadie y que se esconde en algún sitio misterioso fuera del planeta.
Su voz me llena de paz desde aquel día en que, después de un orgasmo que a los dos nos dejó un tanto atarantados, me despertó traduciéndome al oído un poema en francés de George Moustaki; una declaración decretando el estado de felicidad permanente: “que nuestros hijos se vuelvan hombres, pero no adultos; que en lugar de insultarse se tomen el tiempo de acariciar a sus mujeres y que transformen el azar en destino”.
El viaje inició en silencio por la carretera a Toluca, nos llenamos de la música tecno que tanto le gusta y con caricias, nos comunicamos el gusto de estar de nuevo juntos. Nunca me di cuenta de si pasamos o no la caseta. Se estacionó después de casi tres kilómetros de terracería, me quitó el reloj y el celular.
Llegamos a un salón enorme donde dijo que estaba mi sorpresa. Había una canasta de fruta seca, una jarra llena de agua de sandía y una botella de vino ya empezada. En la esquina del cuarto, recargado en un atril, había un lienzo grande esperando los brochazos, una chimenea encendida y un hombre de barba y bigote de candado que estaba preparando una paleta de pinturas.
El pintor se presentó conmigo y saludó después a MiDoctor.
Por la conversación pude saber que el artista vivió un tiempo en Oaxaca; que adora pintar mujeres y que son amigos desde hace mucho tiempo. Nos servimos vino, ciruelas y rodajas de manzana seca. No sé de dónde supo MiDoctor que la idea de posar me prende tanto. Con ésta sería la segunda vez que me pintan. Encantada me abstraje de la conversación hasta que MiDoctor se salió del cuarto para dejarnos solos.
La combinación de fruta y vino, acuarelas y pinceles me invitó a sentarme frente a ese hombre que comenzó a observarme con detenimiento. Me advirtió que necesitaba sentirme; sin morbo cerró sus ojos y comenzó a reconocer con sus manos la textura de mi piel, la forma de mi cabeza y el peso de mi cabello. Respiró.
—Necesito hacerte una exploración sensitiva de tacto —me dijo el pintor.
—¿Eres feliz pintando? —le pregunté para romper el silencio.
—La felicidad es lo suficientemente abstracta e idealista como para ser alcanzable, simplemente, trato de no ser infeliz. Con eso me basta. Vivo mucho mejor así. Levanta un poco más el rostro, déjame conocer tu cuello.
Yo obedecí con lo del cuello y entendí que era el momento de mostrarme toda. De manera natural, comencé a despojarme de mis prendas.
—Con no SER infeliz es bastante —sacó sus acuarelas. Se acercó de nuevo a mí—. Necesito conocer, tocar lo que voy a retratar para comprender los volúmenes, las texturas, las formas y hasta la temperatura del color. Vamos a explorar varias posiciones para hacer bocetos y elegir el mejor. Las pecas serán galaxias, los lunares, estrellas —mi desnudez no se interponía como algo importante—.
Hay que ser un poco astronauta, científico y explorador. Un cuerpo y otro pueden ser tan distintos como Saturno y Júpiter —su voz me requebraba—. Hay cuerpos rosas, obscuros, cálidos, fríos; celestes y terráqueos. Hay que verlos y sentirlos. El cuerpo es un universo completo; en el espacio habitan sentimientos y emociones —el navegaba por las galaxias y yo, irremediablemente, me acordaba de Escudero, el pintor que vendió en una subasta mi torso abierto. Me hubiera gustado retratar la imagen de ese hombre que se rehusaba a ser infeliz mientras me pintaba, tan concentrado, tan serio.
MiDoctor nos interrumpió horas después. Se acercó al lienzo y con una sonrisa aprobó el trabajo de su amigo. Al verme desnuda e inmóvil, me tapó con una sábana blanca y mientras el pintor se quejaba de que no había terminado aún, MiDoctor me llevó al extremo obscuro de la habitación desde donde el artista podía terminar el cuadro inspirado en el sonido de nuestras voces mientras nos dábamos amor.
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