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Nora Emilia / 1 - Mayo - 08

Exhausta y desmejorada

Divorciada y con dos hijas percibí que algo andaba raro en mí desde que me quité los zapatos. A pesar de que presumo de ser una mujer que se conoce, no supe diagnosticarme y me conformé pensando que el dolor de cabeza y el cansancio eran producto del agobio y el calor.


Ignoré un globo inflado de llanto que sentía en el pecho, porque no tenía razón de existir. Elegí el camisón de satín blanco con escote en la espalda para que me acompañara en mis sueños, y frente al espejo, despinté rímel y delineador con mucha más calma que otros días. Acaricié mis pómulos con la yema de los dedos hasta la parte posterior de mis orejas y con una toalla blanca fui secando mi rostro reconociendo en mí, facciones de mi abuela materna, especialmente los labios. Comencé a jugar a hacer sus gestos y la recordé decir que no son pinturas ni sombreros lo que hacen a una mujer hermosa, que es la sonrisa la esencia de una mujer bella, refiriéndose de inmediato a una de sus primas que siempre tenía cara de inconformidad. Luego supe que al sonreír se relajan todos los músculos de la cara, que como un efecto causal, la sonrisa mejora cualquier situación de malestar o tensión. Sonreí, pero ese globo inflado de llanto en el pecho todavía estaba ahí.


Reconocí en mi cuerpo el micro bochorno que antecede a los cólicos menstruales, ése que mes con mes me visita para recordarme que soy mujer. Mujer fértil.


Decidí consentirme los ojos con fomentos de té de manzanilla helado. Apoyé mis índices en los surcos de mi cara y gotas frescas de las gasas comenzaron a rodar simulando lágrimas, lluvia. Sentí sed.


Me remonté a mis partos. Mezclé entre sueños el nacimiento de mis dos hijas. Recordé los nervios de cuando se rompe la fuente, las contracciones que te atrapan desde las rodillas al estómago, el dolor que acalambra hasta hacerte enloquecer como una loba atrapada. Los espasmos que desaparecen por minutos, como treguas sin rastro, hasta que de poquito a poco anuncian que ahí viene el dolor y el cuerpo se alerta consciente de que el ser que uno acuna está librando la batalla de su vida. Pude verme arañando sábanas, paredes y los brazos de quienes me auxiliaban, recordé la sensación de querer expulsar un melón gigantesco de mi cuerpo, oí al doctor diciendo que ya venía la cabecita, un último grito desde mi yo más profundo y la impresión conmovedora en cada uno de los centímetros de mi piel al escuchar ese primer llanto; olvidarme por completo del dolor de unos segundos antes y sentir instintos animales de proteger a mi criatura, de abrazarla, y después, la maravillosa sensación de no necesitar más que de mi cuerpo para nutrir de leche a mi capullo, agradecer que di a luz una nenita y reconocerme hija omnipotente de nuestra madre naturaleza.


Insomnio. El celular sonó, pero no alcancé a tomar la llamada. Imaginé que era Victoria, trae el rollo que desde que dejó de fumar se le alargan los días, tiene más energía y le da por llamar muy tarde. Me cambié las gasas de té helado. Decidí que mañana le llamaría de vuelta. Anda en un romance ciber-porno-erótico con uno de los cubanos que conocimos allá. A pesar de que en La Habana no tuvieron contacto físico ellos dos, la cercanía se ha hecho muy estrecha a través de los cables… la invita a volver para pasearla en bicicleta y rozarle con las rodillas las nalgas; para mostrarle las playas y las palmeras despeinadas; para hacer las travesuras que no hicieron y presentarle un amigo suyo con el que suele compartir chicas…


Pude imaginar a Victoria leyendo su correo, abriendo con morbo las imágenes de su amigo, pude verlo a él tomarse fotos obscenas para mostrarle a mi vecina cómo va creciendo su miembro… Me levanté a poner música y me puse en los ojos otra gasa de té helado. Los párpados, por fin, dejaron de pesar.


Soñé que la noche estaba espesa y negra, que llegué al cuarto del artista que me había pintado. Encontré la misma canasta de fruta y esa jarra llena de agua de sandía que aquella vez no toqué. Estaba completamente sola, esperando nada. Tediosa, comencé a exprimir los tubos de pintura amarilla y a jugar con mis manos fosforescentes. Me di cuenta que estaba encerrada. Me invadió la claustrofobia y recordé haber sido antes una loba. Mi olfato se avispó y corrí  transformada, acechando inútilmente la forma de escapar. Cuando me detenía a pensar por donde mi mano amarilla acariciaba mi vientre pintándolo del mismo color. Sentía temor de que me abrieran y me extirparan mi esencia. Me concentré en escuchar. Exhausta y desmejorada, recobraba el ritmo de mi respiración. Vi esa deliciosa agua roja; sí, yo lo que tenía era sed; quería sentir la fruta y el color correr por mi garganta. Tomé el cántaro y lo acerqué a mi boca, pero el agua de sandía se me vino toda encima. Sentí en ese instante un cólico aniquilador y después otro, me acordé de la cita con el ginecólogo que he estado postergando desde hace casi dos años, me acordé del fibroma que crece dentro de mí; sentí otro espasmo todavía más fuerte y me levanté en mi cama bañada de sangre.

Le llamé a MiDoctor llorando para decirle que me tengo que operar, que ya no aguanto esos sangrados menstruales, que mi matriz está enferma, que le tengo pánico al quirófano.

lachulanga@gmail.com

 

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