Nora Emilia / 8 - Mayo - 08
Encapsulada y aguerrida
Divorciada y con dos hijas, sentía cómo el dolor de vacío en el vientre se iba haciendo cada vez más real y se manifestaba como un cóctel frío de cólico con retuerto bien servido, tangible y constante. Me habían quitado un órgano. Mi interior se reacomodaba, todo estaba en movimiento a partir de mi quietud. Sondas, sueros, drenajes. Vendas, enfermeras, luces.
La voz de MiDoctor se hizo presente: “Todo salió bien, bonita. Te van a poner un poco de morfina, vas a descansar de verás rico”. Ni yo supe cómo lo escuchaba porque mi cuerpo yacía totalmente muerto, drogado. Al poco rato, todo dejó de doler y mi yo se extrajo por completo del planeta, entendí por qué cuando la descubrieron le llamaban a la morfina, la medicina de Dios.
Dentro de un hospital uno se siente encapsulado en el micromundo de la enfermedad; la fragilidad de entre los pacientes, se impone. El movimiento de la gente es recatado y metódico. Te enteras de si llueve porque los que vienen de afuera llegan mojados. Por sus caras sabes si el tráfico está pesado y fácilmente se distinguen los que están enamorados de los que no.
La dependencia. La lentitud. La familia. El teléfono adquiere un valor potencial. Vera, mi mamá y mi papá me cuidaron. Fernando habló desde lejos.
Encapsulada y protegida en casa, me apego a las historias que la gente cuenta cuando me viene a visitar. Salgo de mi interior para escuchar la realidad de otros. Soy un animal social sin lugar a dudas.
—Ya sabes —comenzó mi tía Adela a describir con detalle una de sus historias—, un solo cajero en el banco a las diez de la mañana y un jovencito de unos cuarenta, sale con el cuento de que es preferencial por las cantidades que maneja. Se paró cerca de la señora a la que le tocaba su turno y nos mostró una tarjeta que efectivamente decía “preferencial”. Mi amiga Sara y dos señoras más, que esperábamos desde hacía media hora en la cola, le advertimos que cuando hay solamente un cajero, no se aplica la norma “preferencial”; que estábamos seguras que si la empresa quiere dar esa prestación a sus “clientes preferenciales”, está obligada a poner, por educación y por respeto a sus clientes “no preferenciales”, dos cajeros en el mismo turno; que se informara con el gerente. Y nada —continuaba mi tía—, el tipo no se movió y la discusión sobre las normas del banco comenzó a ponerse un tanto acalorada. Para ese momento, la sucursal ya parecía carnicería. Cuando el muchacho se abalanzó a la caja argumentando que tenía mucha prisa y que necesitaba hacer sólo un trámite, la señora que por lenta perdió su turno, y que había estado bien calladita, se lo agarró a bolsazos. Mi amiga y yo también le dimos —nos botábamos todos de la risa, y mi vientre comenzó a dolerme de veras.
—Como piñata, mi hijita —seguía mi tía—, el gendarme, como era de esperarse, nos sacó a los cuatro del banco y amenazó con tener que llamar a una patrulla. Aunque perdí mi turno, me sentía feliz. ¿Saben? Es la primera vez que le grito peladeces a un fulano —total, terminó su historia con que un señor, que vio toda la escena, salió a la calle cuando el gendarme las corrió, e invitó a la tía Adela a tomar un cafecito para conocer de cerca a una mujer aguerrida y “preferencial”.
Todos me hablan de la cuarentena; me doy cuenta que es enorme el porcentaje de mujeres con problemas en la matriz. Me preguntan que si me dejaron los ovarios; que si el cuello de la matriz; que si la menopausia. “¿Habrá cambiado tu centro?” Yo no me preocupo porque sé, que energéticamente estoy equilibrada. Me siento contenta porque tomé la decisión; lo que sigue es la tregua, la paciencia de estar convaleciente. Lentitud, calma, reposo.
—Se necesitan güevos —me dijo mi ginecólogo al día siguiente—. Me caes bien por aguerrida —es de familia, pensé—. Descansa. Escucha a tu cuerpo y no te esfuerces, no cargues. Duerme.
Mis hijas me recibieron con flores, cartitas de recuperación y un pastel. Conectaron las bocinas de la computadora en mi cuarto y yo me la paso apagando los ojos y escuchando música de distintas épocas. Vi a amigos aparecer y desaparecer en pasajes conocidos. Tantas responsabilidades impuestas, tantos prejuicios que ya no son míos.
Se dejó venir el puente de los primeros días de mayo. Las niñas se fueron con su papá, el fotógrafo a Jalapa y Tanga con una amiga a Cuernavaca. Lamento no poder recorrer la ciudad en días de puente, adoro pasear sin tráfico, comer con amigos, pero apapachar mi cuerpo en soledad, leer un buen libro y ver una que otra película, es vivir hacia dentro; estar con uno mismo.
Cuando caí en cuenta que el sábado es día de madres me sucedió algo absurdo. Todavía no sé si fue mi estado nuevo de infertilidad, el sentirme vulnerable o un signo claro de que ya estoy ruca: propuse mi casa para que vengan las primas, las tías y toda la familia a festejar el glorioso día de madres que tantos años me he pasado aborreciendo. Les pedí a mis hijas que me hagan cartitas, que me despierten con Pedro Infante y que a partir de este año, me celebren cada diez de mayo.
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