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Nora Emilia / 15 - Mayo - 08

Con matriz o sin ella

Divorciada y con dos hijas vi mi casa vestirse de fiesta mientras atarantada me movía con dificultad. Escuché en automático los consejos de las tías histerectomizadas y las ventajas de no menstruar. Los niños iban de la cocina a la televisión y de la televisión a la cocina conectados a un juego de video que trajeron los primos, al tiempo que mi hermana desmoldaba el flan que hace todos los años. Yo me preocupaba; si había tenido el pretexto perfecto de saltarme la fiestecita, ¿cómo fue que terminé haciéndola en la casa?
—¿Por qué fumas, tía? —me quedé quieta escuchando la conversación de mi Regina con la tía Adela mientras le buscaba un cenicero.
—Por tonta, mi hijita, en mis tiempos se decía que fumar era cosa de mujeres sofisticadas y de carácter. A mí, ni me gustaba el olor del tabaco, pero como tu tío, que en paz descanse, fumaba, me acostumbré. Ahora, aunque llevo cuarenta años fumando, no soy adicta porque no le doy el golpe.
—¿Qué es eso del golpe? —volvió a preguntar mi hija.
—No meto el humo al pulmón, no me lo trago —afirmó sacando una nube por la boca.
—Lo estás respirando tía, es más, lo estamos respirando todos —dijo mi hija al taparse la nariz con un ataque de risa, y dándole el cenicero, salió huyendo.
Yo estaba a punto de lanzármele a la tía a la yugular afirmando que por supuesto que es adicta, pero la interrupción de Victoria me indujo a quedarme callada.
         —Yo dejé de fumar gracias a las pastillas Champix —comentó Victoria y yo aproveché para huir al otro lado del salón.
—La opinión pública está esperando un debate de altura —le decía el esposo de Victoria a mi papá—. Los precios del crudo de los últimos meses nos deberían de llevar a otra expectativa.
—Por favor, eso es pura pendejada, el petróleo no ha sido para los mexicanos. Ha servido para que se hagan ricos los políticos rateros. Ahora se está debatiendo si hacer ricas a las corporaciones, la realidad, es que el petróleo se va a acabar sin haber servido nunca para impulsar el desarrollo del país —le contestó mi papá. Yo pasé también de ellos; no estaba como para hacer política.
Llegó Roberto por Marcela, acompañado con dos amiguitos con una vibra densa. Les urgía hablar por teléfono, andaban misteriosos y con el celular sin pila. Hicieron la llamada, estaban pensando en ir a un lugar a recoger algo, luego a casa de un amigo a dejarlo.
Me metí al cuarto de Marcela con la convicción de que ése algo era droga y le dije que no quería que se fuera, que no me latían esos amigos, que ni ella sabía exactamente a dónde iban.
—Ya, má  —me dijo pensando que bromeaba.
—No vayas. Está aquí toda la familia y además no me gustan los amigos de Roberto.
—Mamá, es su primo. Dame chance; vinieron por mí, me están esperando. Vamos y venimos.
—No me late. Que vayan y que regresen si quieren estar contigo. Tú no vas.
—Odio cuando me haces esto. Estás mega paranoica, ¿sabes? —me gritó frenética, alucinándome y sin ganas de oír mi mega respuesta. Despidió a sus amigos y se encerró en su cuarto.
         Vera repartía su delicioso flan a todos menos a su hija que estaba sentada  junto a ella con una enorme ensalada de pepino; desde que Julieta se volvió anoréxica come pepino en todas sus modalidades: sopa de pepino, ensalada de pepino, pepinos entre comidas y pepino también para cenar.
—Un martes se levantó con la idea de que tenía que cambiar su forma de comer —me contó Vera en la cocina—. Nada de lácteos, huevos, panes, ni carnes frías. El arroz a la mexicana pasó a ser una pasta integral insípida, la mayonesa ahora es mostaza, y de proteínas, sólo atún; argumenta que nos están matando las hormonas que le dan a los pollos y a las vacas.
Abracé a mi mamá con ganas de decirle que reconozco lo difícil que es ser madre, mientras oíamos de fondo la conversación de mi papá con Emilio que ya estaban neceando en los reproches generacionales. Victoria continuaba con la tía Adela, en un flash back olfativo de tabaco, convenciéndola que tiene que aprovechar que el galán que conoció en el HSBC NO fuma, para dejar el cigarro ella también, mientras yo, pensando en Marcela, me desconocía entre mi gente.
—Y sí, mi Julieta, de ser una niña rellenita y feliz se ha convertido en una adolescente color pálido, desganada, unitemática y poco divertida; se encierra en su mundo y se la pasa hablándole al espejo que la refleja cada vez más flaca —seguía mi hermana.

         MiDoctor llegó en la noche. Vino a la ciudad a pasarla con su mamá para volver a Jalapa a la mañana siguiente. Escuchó mis miedos, me oyó hablar sola, se sirvió dos veces flan, tomamos un té, metimos las sobras al refri, lavamos platos, me metió a la cama y fue bajando mi neurosis con caricias sutiles. Estoy convencida que él me cura combinando su energía en las huellas digitales; comenzó tan lento, y yo, disfrutaba de su delicada auscultación; quién mejor que él para decirme hasta dónde se puede uno soltar el chongo en la cuarentena; para advertirme que la parte interna de mi cuerpo es la que más necesita reposo, que la sensibilidad y la calentura están en mí, que con matriz o sin ella puedo terminar igual de rico. En efecto, sus dedos, su aliento, su presencia en mi vida me relajaron y después de estallar con todas mis fuerzas, acabé el día delicioso y en paz.

lachulanga@gmail.com

 

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