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Nora Emilia / 22 - Mayo - 08

Histeria Colectiva

Divorciada y con dos hijas me sentía lista para salir de la cuarentena a pesar de que sólo había pasado un mes. Varias veces me oí decir por teléfono lo maravilloso y rápido que se regenera el cuerpo conjuntando los avances de la medicina moderna y la sabiduría de la madre naturaleza. Consentida por todos los míos, había conseguido, de verás, descansar. Cuidé de mis alimentos, mis horas de sueño y de descanso. Probé nuevas recetas. Dormí a deshoras, leí libros pendientes. Olvidé por completo lo que es tener prisa y hasta las compras del supermercado las aprendí a hacer por teléfono. El viaje al mundo interno estaba por terminar.

El lujo de consentirse toda una cuarentena implica ir recobrando las fuerzas de poco a poco. La trampa es que uno se siente fuerte, pero se cansa rápido, por eso, me propuse  hacer planes cortos, que no requirieran de gran esfuerzo; pero no es nada más fuerza física lo que le hace a uno falta, se necesita mucho para lidiar con el montonón de gente que somos en el De Efe. ¡PUTA MADRE.! Cuando salí de la casa y volví a encapsularme en el tráfico, comprendí que los defeños estamos verdaderamente locos cuando creemos que nuestro día a día es normal; nos estamos desquiciando. YA NO PODEMOS SER MÁS.


Iba yo en la esquina de Félix Cuevas pasando por Gabriel Mancera cuando me tocó ver a un motociclista que se le cerró a un pesero. El de la moto se cayó y encabronado comenzó a gritarle al conductor de qué se iba a morir; en lugar de levantar la moto que estorbaba, le comenzó a gritar al chofer que no fuera culero, que si era muy machito se bajara en ese mismo instante. Yo le toqué el claxon para que se moviera y me gané un “cállate, pinche vieja”, que por un rato, efectivamente, me dejó muda. El conductor, bien machito y fortachón se bajó y empezaron a golpearse. Dos señoras y yo salimos a gritar que los separaran, porque el de la moto era mucho más flaquito y de por sí estaba sangrando del raspón que se dio en el brazo.


Pa’ pronto, se dejó sentir la histeria colectiva y con miedo, me volví a meter al coche, pero el camionero lo aventó a mi cofre y después reventó mi espejo lateral con un segundo empujón que le dio al tipo. Sentí miedo, agresividad y enojo, pero más que nada una gran impotencia.
La gente está inconforme, descontenta y con ganas de agredir. Hay una paranoia colectiva. El tema de “NO TE DEJO PASAR…” es mucho más profundo que eso, casi un rollo personal de “no vaya a ser que sea yo el más pendejo”. ¡Qué molesto! Es como un miedo que se traduce en la falta de cooperación y de civismo. Sentí en todos los presentes esa falacia de “para ser chingón, te tengo que chingar”, y entonces somos un pueblo dividido entre los chingones y los chingados, y “te saco un peso aquí, y otro de estacionamiento, otro porque te lo cuidé, otro por abrirte la puerta y soy amable, pero sé tú amable también y dame un peso”, o “como a mí no me das nada, no te cedo el paso, aunque estorbes y te encabrones.”


Se lo conté a Tanga y riéndose me contestó que no manchara, que ya debería estar acostumbrada, el fotógrafo y Victoria se burlaron de mi preocupación y poco después cambiaron el tema. Las niñas, asombradas, querían saber detalles de la madriza y mi papá dice que él va con tiempo, hace menos cosas en un día y se organiza para que no le afecte el tráfico; que no sabe por qué me sorprendo… que las cosas desde siempre son así.


Yo lo que digo es que ya nos acostumbramos a la hostilidad, perdimos la esperanza de una posible calidad de vida diaria… y sé que en cuanto te encuentras entre los tuyos, la calidez de la gente es preciosa, los defeños somos simplemente divertidos y simpáticos con los nuestros, pero funestos con los otros.


Parece que ya estamos hechos a la idea de que las cosas no van a cambiar nunca, ni siquiera consideramos que estén empeorando, porque buscar una solución a todo mundo le da mucha güeva.


Impresionada por la resignación, otra vez ensimismada, me metí a averiguar, y por ejemplo, en ciudades como Londres y Ámsterdam hay un número determinado de placas y no se dan ni una más. Ésos gobiernos a lo que le meten lana, es al transporte público. También descubrí que en otros lugares del mundo, ciertas zonas de la ciudad se vuelven peatonales y bicicleteras. Se inauguran pequeños zocalitos; así podría hacerse con Coyoacán, la Roma, Tlalpan, Polanco, La Condesa, San Ángel y por supuesto, el Centro de la Ciudad.


Por otro lado se me ocurrió que para pronto, nuestra ciudad podría ser la primera en el mundo que estuviera despierta las 24 horas; que hubiera gente que prefiriera vivir de noche y dormir de día, bancos y restaurantes estarían abiertos y podríamos dividirnos entre los diurnos y los nocturnos. En lo que unos descansarían, los otros vivirían. Empresas importantes, tlapalerías y hasta escuelas también tendrían dos turnos.

Y es que yo odio tanto el “sin remedio” que me gustaría no hacerme parte de la hostilidad que nos tiene presos. Sé que cuando me recupere por completo y entre en circulación, me voy a volver a acostumbrar de ésta histeria colectiva, pero mientras estoy resguardada, trato de pensar cómo contagiar las ganas de cambio.

lachulanga@gmail.com

 

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