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Nora Emilia / 29 - Mayo - 08

La palomilla de Satélite

Divorciada y con dos hijas amanecí en un día color gris en pleno mes de mayo. Aproveché la melancolía de la mañana poniendo puras canciones de desamor y tristeza. Me abrigué bien para no sentir frío y decidida, me dediqué a ordenar la obra que he acumulado entre un proyecto y otro, con el fin de reordenar mi espacio.


Tanga, asustada de los días tristes, llegó a media mañana a verme con una botellita de tequila. A propósito de las canciones, comenzó a recordar cuando por primera vez, libres del corazón y físicamente listas, fuimos a divertirnos a “Mundo E”.


Nos conocíamos poco en ambiente de reventón, pero en cuanto entramos al bar pedimos una mesa con vista al show y nos sentimos dueñas del lugar. El solista cantaba canciones de amor, de ésas que rompen un corazón que de por sí ya estaba hecho pedazos, cuando cuatro chavitos se sentaron en la mesa vecina. Yo dije veinticuatro, Tanga dijo veintiséis. El solista preguntó si alguien festejaba un cumpleaños, una despedida. Yo grité: DIVORCIO, DIVORCIO. La luz nos iluminó a Tanga y a mí quienes saludamos, ya con cuatro cubas encima.
—¿Te acuerdas del concurso de baile que se organizó? ¿De premio daban una botella, no? —le pregunté a mi amiga, quien empezó a imitar al chavo que bailaba con ella. La verdad es que Tanga oye concurso y no resiste ni ahora, ni resistió entonces; se apuntó con el chavo, al mismo tiempo que yo me escapé de la pista. Poco después estábamos todos a gritos, apoyando fervientemente a la pareja. Tanga y el chavo perdieron el concurso, pero “La palomilla de Satélite”, ya estaba instalada en nuestra mesa.


Pasado el concurso, volvimos a la pista de nuevo. Tanga con un tal Oscar y yo con el Mau. Cuando me di cuenta que mi amiga ya lo estaba besando, no quise quedarme atrás.


—Nada más no te claves, chavo. Yo busco juventud y tú, experiencia, así que ya la hicimos —le dije valiente a modo de advertencia, sin saber que mi parte femenina no pensaba así.


—¿De dónde son? —preguntó Mauricio.


—Pues ¿cómo que de dónde? Somos Chulangas, producto nacional —dijimos Tanga y yo al mismo tiempo y volvimos a brindar.


—Cuando te vi pálida —me dijo Tanga a carcajadas recordando ésa noche—, decidí que necesitábamos huir; todavía teníamos que manejar.
Nunca le conté a Tanga que cuando Mau escuchó el plan de partida me escondió tras una columna para darme besos; que emocionada y traviesa le di mi teléfono y que esa noche, después de largos insomnios, por fin dormí.


Toda esa semana Mau y yo nos mandamos mensajitos, quedamos de vernos en el mismo lugar y a la misma hora. El jueves, un día antes de la cita, metí en una maleta todo lo que se me ocurría llevar al hotel para hacer de la ocasión algo más que una cogida y todavía el viernes, antes de salir, metí una botellita de tequila para agarrar valor en el caso de que me diera un ataque de pudor y un gas lacrimógeno, por si el Mau resultaba ser un maniático sexual.


Ya en el antro, pregunté quién iba a pagar y como todos levantaron la mano, me oí pedir dos botellas. Mau me observaba con admiración y no dejaba de ver mi bolso de mano con aspecto de maletón.
—Me voy —le dije a Tanga—, si no vuelvo en dos horas empiézate a preocupar —.Le dije en teoría y ella se lo tomó literal. Salimos listas rumbo al hotel, mi maletón, Mau y yo.


Aproveché que entró al baño para sacar el pareo y cubrir la tele, prendí velas y apagué la luz. Los chocolates, el tequila y la fruta seca las acomodé en el buró, el gas lacrimógeno debajo del cojín y los SICO los dejé en la maleta para saber si él también venía preparado.
Después del tercer condón, finalmente se vino. Como era mi primera vez en un hotel, yo no tenía cabeza para eso; más bien estaba sacándome el prejuicio de que los hoteles son para putas, no para una pareja en busca de un derroche de intimidad. Aparte, las impertinentes llamadas de Tanga al celular tampoco ayudaron.


—Ya están cerrando el antro. ¡No mames! —la imité con esa voz ojeta que tiene cuando se pone de malas.


—Pues es que sí, no mames güey, ¿te das cuenta la contradicción entre tus peticiones de apoyo y tus quejas de mis impertinentes llamadas? —me reclamó Tanga casi enojada.


Oscar y Mau se pusieron de acuerdo para que nos viéramos en los Tacos de Don Q. Entonces me di cuenta que había olvidado el gas lacrimógeno. Cuando llegamos se había unido un tal Alex y un tal Quiquín. Tanga estaba un poco más que furiosa. Yo no podía esconder mi sonrisa.


—Me cae que un ángel nos cuidó —le dije a Tanga—; corrimos con suerte.
No le conté tampoco que me tomó cinco días entender que recaditos sin respuesta significan: “no me interesas”, que odié al tal Mauricio mucho tiempo después y que mi parte femenina se burlaba de mí a cada rato.


Tanga se quedó dormida en el sofá. Yo trataba de fugarme a esa primera noche de hotel. Trataba de entender qué era lo que realmente me estaba yo quitando de encima en ese entonces; ¿por qué me exponía yo así?, ¿qué es lo que necesitaba comprobarme?


El día continuo triste, pero yo no. Bailando cambié las canciones melancólicas y con maracas y música cubana, agradecí ésa historia loca y las que me faltan por vivir. Para cuando Tanga despertó, ya había dejado de llover, pero aún no había salido el sol.

lachulanga@gmail.com

 

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