Nora Emilia / 09 - Junio - 08
La casa de los sustos
Divorciada y con dos hijas, agotada del ajetreo de toda la semana y a punto de darme un baño que me refrescara antes de dormir, llegó Marcela con la noticia de que en media hora iniciaba la famosa Luna Park en la Feria Grande de Chapultepec organizada por el comité de madres, con el fin de hacer una convivencia extra-escolar de alumnos y padres de familia antes de las vacaciones de verano. Normalmente yo paso de todo eso, especialmente desde que me divorcié; eso de ver familias funcionales no me divierte en lo absoluto, pero como la mamá de la amiga que quedó en llevarla tenía un tremendo resfriado, mi hija y cuatro niñas más se quedaron sin medio de transporte.
—Ándale mamá, llévanos tú, no seas así —comenzó a suplicar Marcela. No tuve más remedio que decir que sí. Les pedí treinta minutos para hacerme a la idea, darme el dichoso regaderazo en cámara rápida, vestirme de negro para pasar desapercibida y armarme con el i-pod de mi prima que está lleno de canciones ochenteras que me hacen recordar viejos tiempos mientras pasearía por la feria metida en una burbuja con Serrat y Camilo Sesto. Con ellos al oído me sentiría felizmente acompañada.
Entramos juntas y quedamos de vernos frente a la “Casa de los Sustos” tres horas después; las vi alejarse hermosas divirtiéndose a sus anchas y se perdieron en la feria bajo la instrucción de que no se separaran, ni siquiera para ir al baño.
Mientras cantaba, me acosté en una banca y me clavé tratando de encontrar el cinturón de Orión en el contaminado cielo de la gran chilangolandia, sólo Marte me saludaba con sus centelleos. La luna estaba ausente y el cielo muy oscuro.
Cuando bajé la mirada a la Tierra vi pasar parejas que me recordaban esa época en que atendía a todos menos a mí; esa época en que tratábamos de ser los dos felices y vivíamos aterrados de no estar ninguno de los dos contentos. Me dieron ganas de encontrar a alguien con quien estar a gusto, comerme un elote bien picosito y narrar el chiste del tomatón y el huevo que me contó mi amigo León... mejor respiré hondo, dejé escapar un largo suspiro y me relajé cantando “I will survive” con Gloria Gaynor, convencida que iba a sobrevivir esa noche y muchas otras más.
Media hora después me instalé de plano frente a la casa de los sustos. Como no había mucha cola me formé y esperé paciente mi turno. Pensé que no me caería mal un poco de adrenalina... total, nunca antes había yo entrado. Mientras esperaba pasar llegó un grupo de seis universitarios, uno bastante guapetón. Me quité el suéter, más por procurar que me vieran que por el calor mismo. Los oí discutiendo sobre Déficit, la película de Gael García. Uno de los chavos decía que la neta no le gustó, que dizque salió del cine un tanto insatisfecho; que el pedo que aborda el guión queda inconcluso; que le faltó meterse de lleno.
—¿No será que te cagó ver tanto clasismo en la pantalla? —le contestó el chavo que me gustó—. Se ve que el tipo puede hacer su propia película y lo que busca es crear conciencia en un México socialmente dividido —volteé a verlo y sus ojos negros se pusieron a coquetearme.
La fila comenzó a avanzar. Cerca de la entrada una señorita daba instrucciones, pero ya no pude poner atención y sólo capté el final.
—Tómense de las manos, sigan caminando y no paren pase lo que pase —por supuesto que de alguna forma nos acomodamos para quedar juntos el de ojos negros y yo. Su mano en la mía comenzaba a transmitir deseo. La obscuridad nos invadió y antes de que pudiera disfrutar un poco lo obscurito, se me paró enfrente un tipo con una máscara de muerto y sentí tal pánico que me hizo gritarle al oído. Él me destrozó tres dedos con el apretón del susto que le di yo, solté al de adelante y cuando apenas me estaba recuperando, volvieron a espantarme dos momias y estoy segura que una especie de ratón pasó entre mis pies.
—Ya me quiero salir, ya me quiero salir —comencé a decirle y a buscar con los ojos la salida de emergencia y a hacer tráfico por quererme regresar a la entrada. —¿Por dónde salimos?, me quiero ir de aquí, me quiero salir de aquí —le decía yo trepada a él, realmente incómoda.
—Calma, es sólo un juego. Todo está bien. Son puras bromas tontas. Yo te cuido.... voy contigo, sshhh, no alucines, no pasa nada... —me decía super amable.
—Aaaahhhh —grité otra vez asustada. Sus palabras me hicieron sentir segura. Todo se me empezó a resbalar, las tumbas, las calacas, las momias y sus manos por mi piel. Cuando por fin dejé de buscar la salida, ésta apareció de pronto, entonces lo jalé a lo obscurito y sin pensar lo que estaba haciendo, le di dos buenos besos.
—Gracias, muchas gracias —pegué mi índice en sus labios para que no me dijera nada y me le desaparecí.
Salí. En ese instante me topé con una amiga de la primaria; no nos habíamos visto hacía diez años.
—¡Qué bien te ves, cabrona!, ¿cómo le haces? —y si supieras lo bien que me siento, pensé. Me quedé el resto del tiempo con ella y con Javier, su esposo, recordando nuestras bati-aventuras de primaria y mojada, sonreía por dentro por la que acababa de vivir.
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