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Nora Emilia / 12 - Junio - 08

Casar a una hija

Divorciada y con dos hijas  recibí la invitación de una de ésas fiestas grandes y bonitas de la hija de una prima hermana que va a casar a su hija. “Casar a su hija”, me dije frente al espejo cuando me estaba lavando los dientes viendo la invitación. “Casar a su hija”, me repetí otra vez en voz alta y recordé a mi mamá casando a su hija: casi dos segundos después me vi vestida de novia, borracha de asombro con la espalda al descubierto, caminando el largo pasillo rumbo a la felicidad. “Casar a una hija”, pensé en las mías, sentí pánico.


Ya adentro de las sábanas empecé a imaginar las almas reunidas en un mismo salón, los cuerpos vestidos de fiesta mientras los espíritus congregados se reconocían de tantas otras vidas. Me acordé del primo segundo que siempre me gustó y sentí emoción en el vientre sólo de pensar que iba a reencontrarme con sus ojos.


—Todos, escúchame bien, todos tenemos una asignatura pendiente; yo, a diferencia de muchos, a partir de los treinta, decidí quitarme de pendientes —me dijo Tanga cuando por teléfono a la mañana siguiente le conté de mi primo—, así que no te preocupes, como no te gusta eso de ir sola a una fiesta familiar donde todos se presentan guapos y dichosos, invítame a mí; te aseguro que si no te lo comes tú, me lo voy a comer yo.


—¡Qué vieja tan cabrona eres! —le dije sorprendida de lo directa que puedo ser. La rivalidad, el pique y la competencia generaron en mi piel unas ganas tremendas, me acordé de los ojos de mi primo y sin pensarlo siquiera cerré el trato.


Como Marcela y Regina también estaban invitadas, nos preparamos juntas para el evento. Jugar con ellas a la fiesta es un pretexto para reafirmar la feminidad y pasarles pequeños consejitos como enchinar las pestañas con una cucharita, meterse algodoncitos perfumados en el brassier para que la fragancia no se evapore tan rápido como en la piel y delinearse con sombra café las cejas para lograr una mirada penetrante.

Metimos nuestros piecitos en agua caliente, nos pintamos las uñas de “french” y en lo que Marcela le planchaba el pelo a Regina, yo me alaciaba con pistola.


Llegó Tanga por nosotras. Nos veíamos las cuatro, efectivamente, “guapas y dichosas”. Llegamos tarde a la ceremonia porque diluvió, pero entramos al salón justo en el momento en que los novios se juraban amor eterno, detecté a mi primo hermano panzón y desmejorado, a mi tía Adela con el pañuelo llorando y a mis papás sentados juntos conmovidos por la ceremonia.


Las niñas se sentaron con sus primos, y yo con los míos. Desde entonces nos separamos. El alcohol fue relajando los ánimos, las conversaciones y los abrazos. Las promesas de vernos más seguidos comenzaron a fluir.


—Nuestra generación es ahora la comprometida, el presidente es poco más grande que yo —decía mi primo ya con sus tequilas encima—, ya no son ellos, somos nosotros los responsables, ¿o qué, nos vamos a pasar la vida hablando de la Eurocopa?


—Ya empezó otra vez a necear con lo mismo —me dijo un amigo de él, que aparentemente venía solo—; cada vez que se empeda sale con el mismo discurso y lo peor es que cree que hasta ahora es cuando tiene que ponerse las pilas. Preguntó mi nombre, se cercioró de que viniera yo sin pareja, y me pidió otro tequilita.


—¿Te probarías para mí estos aretes? —sacó una bolsita morada con dos aretes largos de plata con un diseño muy original.


Mientras me los veía puestos me hablaba de su fascinación por hacer joyería, del tiempo que le concede a cada pieza, de cómo la dibuja primero por horas y de cómo, cuando las va terminando, les confabula una historia de amuleto a todas sus piezas.


—Éstos por ejemplo, están destinados para la ecuanimidad y el equilibrio. Si te fijas bien, entre ellos hay un balance perfecto.


Entonces me dijo que era diseñador y comenzó a explicarme sobre un taller al que va en el centro, en la esquina de Madero con Isabel la Católica, enfrente de la iglesia de la Profesa, donde paga por hora la asesoría de un maestro experto en joyería. Él compra sus materiales y ahí hay hornos, troqueles, limas y todo lo necesario para iniciarse como aprendiz de joyero diseñador.


—Ahí mismo van a dar un curso de verano para niños, es semanal y dura toda la mañana —busqué con los ojos a mis hijas, pero sólo vi a Regina.
Fui al baño con los aretes y me desconocí. Entonces entró Marcela pedísima con dos primas mías.


—Métele un hielo en el calzón, dicen que así seguro se le baja.


—Qué hielo, ni qué calzón —equilibrio, me comencé a repetir cuando vi que la cena se le estaba subiendo y la ayudé a vomitar para que se sintiera aliviada.


En la fiesta estaban con la del venado. Eran las dos de la mañana cuando el diseñador joyero nos llevó a la casa. Tanga se quiso quedar.


Confundida, Marcela me levantó a las cuatro con unas agruras espantosas, mucha sed y la cabeza reventada. Se sentía tonta y con el temor de haber hecho tremendo ridículo. Busqué dos pastillas que calmaran su malestar y me vi en el espejo con los aretes desequilibrados.

Vi de nuevo la invitación de la boda y acosté a Marcela en mi cama.

Ecuánime, me consolé pensando que iba a tardarse en querer volver a tomar, que ésta era una de las muchas cosas que hay que vivir antes de casar a una hija y que los aretes son el pretexto perfecto para volver a ver al joyero diseñador.

lachulanga@gmail.com

 

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