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Nora Emilia / 19 - Junio - 08

Locos y violentos

Divorciada y con dos hijas, caminaba en dirección norte por Av. Isabel la Católica adornando mis oídos con los aretes del joyero diseñador quien me había dicho que me brindarían ecuanimidad y equilibrio, así que observaba con calma las fachadas de tezontle rojo y chiluca de los edificios antiguos del Centro Histórico. Pensé en el templo mayor y en las magníficas piezas prehispánicas que ahí se conservan. Justo después del de la antigua Joyería “La Esmeralda”, ahora Museo del Estanquillo del maestro Carlos Monsiváis, me topé con un elegante edificio de mármol blanco que en su esquina ochavada luce un bonito conjunto escultórico, a pesar de la mugre acumulada por más de un siglo y de algunas figuras con manos cercenadas quizá por un balazo revolucionario cuyo destino fue un miembro pétreo y no humano. Me sorprendió que el reloj ubicado en la parte más alta del edificio diera la hora. En un letrero naranja en una gran ventana de bronce leí: “ESOFI, Escuela de Oficios y Joyería S.C.”. Había llegado al lugar donde pensaba sorprender al joyero diseñador que conocí en la boda de mi sobrina, hacía unos días.


—Conozco bien esos aretes —me dijo con acento madrileño un hombre con actitud de profesor—, pero el que los creó no se encuentra aquí en este momento.


—¿Se los puedo dejar a usted? —le pregunté arrepentida de lo que estaba yo diciendo.


—Eso sería una indecencia —respondió con tono de cátedra el maestro madrileño y yo asentí—. Si usted va a devolver una joya a un hombre que la ha hecho con sus propias manos, lo mínimo que puede hacer es dársela personalmente, ahora, de que le quedan lindos, le quedan muy lindos.


—No fue regalo —contesté tratando de ver a un cuarentón, demasiado elegante para estar en un taller, sentado en la mesa de enfrente que sonrió con cierto sarcasmo. Su aire ejecutivo contrastaba con el emo de pelos fucsia y uñas negras, que sentado a su lado como catatónico no quitaba la vista del efecto que causaba la flama de su pequeño soplete sobre un anillo. Seguí al maestro al interior del taller y vi una espaciosa tienda de autoservicio llena de máquinas, herramientas y botecitos de todos colores, además de un par de mirones en overol industrial que fisgoneaban desde el otro lado.


Entretenida y aleccionada por el Maestro, me enteraba de que la asistencia es libre, que el alumno va los días de la semana que quiere hasta consumir las horas que anticipadamente ha contratado y que lo que olía raro era la plata fina que aleaban con cobre hasta convertirla en plata de 940 milésimas, para poderla trabajar.


—No cualquier sitio tiene tanta luminosidad como este taller, la luz natural es un lujo para nosotros los orfebres —me explicaba el maestro desde su escritorio cuando en la esquina de Madero vi a mi joyero diseñador discutiendo con una chava de pelo largo y vestido corto—. La joya, señorita, no es solamente la piedra preciosa en su estado natural, es la piedra trabajada y montada por el orfebre.


Pasamos a la zona de maquinaria y sopletes, el Maestro depositó la plata en un crisol, vi cómo se calentaba y su interior se ponía al rojo vivo, al igual que la curiosidad que sentía yo por ver que pasaba allá afuera. La plata se arrugaba y se iba formando un “botón”. El Maestro, con unas largas tenazas, aprisionó el crisol y lo movió en círculos agitando el metal y yo, igualmente aprisionada, estaba tratando de asomarme para ver si era el joyero diseñador o me estaba yo equivocando.


—Esto es lo más bonito, los colores del fuego, el “botón” moviéndose de un lado para otro en una agitación mucho más ligera que la de la lava volcánica…


Era él, estoy segura, le sujetó las muñecas a la chava, la recargó contra la pared y comenzó a besarla a la fuerza con las muñecas arriba de su cabeza.


Mientras el maestro introdujo con destreza la plata en un molde que se llama “rielera”, yo pensaba en lo mucho que extrañaba esas reconciliaciones y en lo estúpida que me veía a media mañana buscando a un tipo que está comprometido.


—…de allí pasará a los laminadores. Así, como pudo ahora constatar, se realizan infinidad de modelos de joyería: aretes, sortijas, dijes y otros.


Volví a asomarme. Ahora estaba descaradamente jugueteando con sus pechos. Los dos cuerpos se estaban fundiendo en un faje maravilloso.


—Póngase a limar esto —pasándome una herramienta, me ordenó el maestro cuando notó que me distraje—. Ya no ha de tardar mi alumno.


Confundida, le dije que me tenía que ir, que pasaría pronto a verlo. Él, queriendo retenerme un poco más, me habló de los cursos matutinos que en julio y agosto se van a impartir para niños. Pensando en mi hija Regina apunté el teléfono 55 12 97 12 y él me aseguró que a cualquier edad, con un poco de imaginación, uno puede convertirse en un gran artista.


Salí rápido. Sin ecuanimidad y en desequilibrio, me preguntaba qué chingados buscaba yo en ese hombre. No le dejé recado, ni aretes, ni un teléfono para contactarme. Sentí deseos de regresar al taller, pero de no encontrarlo, de averiguar sus horarios para no coincidir, de hacer un berrinche arrebatado para que me tome de las muñecas y recargada en la pared, sentir que me encajona y me encontenta con besos locos y violentos a mí también.

lachulanga@gmail.com

 

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