Nora Emilia / 27 - Junio - 08
Rosas rojas
Divorciada y con dos hijas, desvelada y sin poder dormir, me metí a la cocina a preparar una lasaña para consentir a mis hijas con un platillo sofisticado y celebrar juntas el inicio de las vacaciones de verano. Andaba sosa y aburrida, decepcionada tal vez, y es que el joyero diseñador que conocí en la boda, no daba señales de vida. Seguramente en el taller de joyería le dijeron que lo fui a buscar y se le subieron los humos.
Sin poder dormir, y conociendo que Tanga es más nocturna que diurna, le llamé a media noche para que me alivie un poco la soledad. Me contó que su hija de dieciséis, con la que siempre se ha llevado fatal, se peleó con su papá y ahora quería regresar a vivir con ella.
—Por un lado me da gusto, por otro, por ojete que parezca, ya estoy acostumbrada a hacer mi vida sola —me decía Tanga con el tono cínico que ya le conozco; y es que ella se acostumbró a verlas por las tardes y tener la noche para ella—. Mi ex le cachó dos condones, es obvio que quiere dejar saber que lleva una vida sexual activa.
—¿Y ya hablaste con ella?
—Mañana vamos a ver a una ginecóloga. ¿Cómo ves que me pidió que la acompañe y que el médico fuera mujer? Estamos empezando un nuevo ciclo…
—Me da gusto.
—Oye, y cuéntame —siguió Tanga curiosa—. ¿Ya te llamó el de los aretes?
Le contesté que no tenía mis datos, que era imposible que me llamara. Ella me hizo ver que fue él quien nos dejó en la casa después de la boda, así que sabía perfectamente dónde encontrarme; que si no venía por sus aretes, mejor que ya ni lo buscara, que me los chingara y le diera un carpetazo al asunto.
Exhausta, me fui a dormir, pero a los pocos minutos, entre sueños, oí a alguien y sobresaltada, me levanté. Ante mis ojos apareció la silueta de mi hija Marcela con que ella tampoco podía dormir; con que reprobó matemáticas; con que va a tener que presentar un examen extraordinario; con que el maestro la odia, se las trae contra ella y que por más que le echa ganas, lo de las matemáticas no es lo suyo.
La invité a mi cama. Le aseguré que de ésa también íbamos a salir. Pero entre la peda de la boda y esto de las matemáticas, la neta, la que también estaba fallando era yo.
—Sabía que me lo ibas a echar en cara, mamá. Lo de la boda fue una apuesta de tres hidalgos. Ya te lo expliqué; es la primera vez que me pongo peda en mi vida ¿Cómo quieren los adultos que uno sepa tomar?
—Así definitivamente no —contesté tajante. Dejamos de discutir y como leona con su cachorro, dormí hasta las seis de la mañana.
Al día siguiente fui a la escuela para hablar con el maestro de matemáticas. El profesor Domínguez, quien me entregó una lista que incluía los temas que habían visto todo el año, me aseguró que la niña tenía capacidades extraordinarias de comunicación porque mensajeaba por el celular, se mandaba papelitos con su amiga Andrea y mantenía una conversación íntima con su amigo Rodrigo, mientras, según afirmaba ella, ponía atención en lo que él estaba explicando.
—Una cosa es la falta de conocimiento y otra muy distinta es la falta de respeto, su hija está reprobada porque tiene que aprender a comportarse en un salón donde se imparte una clase y ésa es una falta mayor que la ignorancia.
Apenada, me disculpé con el maestro y le aseguré que me haría cargo del asunto.
Llegué a casa furiosa pensando cómo hablar con ella. En la escalera me recibió el olor a tabaco y la voz de Victoria. ¿Victoria fumando? No puede ser.
—Me costó, pero lo logré; dejar de fumar me ha rejuvenecido —la oí decir en lo que subía.
—En cambio a mí, me manda al baño, me ayuda a la digestión, me inspira. Cuando fumo me vuelvo creativo, estoy menos ansioso —emocionada, reconocí la voz de mi joyero diseñador.
—Si el tabaco tuviera tantas cualidades sería obligatorio fumar —le decía Victoria—. Tú y yo sabemos que es un hábito de mierda, que no cura la angustia, ni resuelve nada.
—Pero qué tal da una sensación instantánea de alivio… —contestó él.
—Sí, hasta que prendes el otro —acabó la frase Victoria y yo decidí interrumpir.
—¿Y ésta sorpresa? —pregunté emocionada tomando el ramo de rosas rojas que me extendió.
—¿Cómo estás, guapa?
—Yo los dejo —se despidió como siempre, Victoria—. Piensa lo que te digo —le dijo a él—, a mí, las pastillitas me cambiaron la vida.
—¿Y los aretes, por qué no los traes puestos? —me preguntó galán.
—Ni me digas de los aretes. Desde que me los puse, me han llenado la vida de desequilibrio, se me hace que me estás haciendo vudú.
—Invítame un café y cuéntame por qué vienes con esa carita de angustia.
Entramos a mi casa. Le platiqué que me ha vuelto el insomnio, que unos gringos amigos de mi hermano vienen a pasear unos días a México y lo del examen de Marcela. Le conté que llevo noches sintiendo angustia, que no estoy haciendo nada bien y que... entonces me interrumpió, me puso él los aretes y con la yema de sus dedos jugando con mi clavícula, me aseguró que él podría preparar a Marcela para el examen, acompañarme con los gringos a las pirámides y también al turibus; que él sabe perfecto, como tocarme para que caiga dormida en su brazos y que él tampoco había dormido porque estuvo todas las noches soñando con mis ojos.
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