Nora Emilia / 03 - Julio - 08
Lo grave de la gravedad
Divorciada y con dos hijas me levanté con tiempo; las vacaciones de verano meten en una dinámica distinta a las mamás. Por fin podía darme el lujo de un despertar tranquilo; quedarme leyendo en la cama y hacer desayunos largos y serenos tomando un café con leche platicado con mis dos hijas. El resto de la mañana, en cambio, me sentía atropellada tratando de retomar mis pendientes al momento que convivía con mis dos adolescentes que entre aburridas y empijamadas tenían ganas de moverse poco, de hacer nada. En lo que yo sugería que arreglaran su cuarto, que aprovecharan para limpiar cajones, tirar basura y hacer espacio, ellas me miraban pasivas argumentando que estaban de vacaciones y que ya tendrían tiempo en el verano para hacer todas esas cosas.
Mis primeros pensamientos esa mañana estuvieron destinados a la forma delicada y precisa con la que había fajado con el joyero diseñador en el auto. La lluvia nos mojó las ganas e hicimos el amor dos veces en su casa. Me quedé dormida y cuando me levanté me vi con un tatuaje de dragón dibujado con tinta china soluble en agua arriba de las nalgas. Decía que el dragón es el guardián de los tesoros escondidos y como tal, el adversario que debe vencerse para poder acceder a ellos; que en su mente me dibujaba como un tesoro y que podía pasarse horas recorriendo cada centímetro de mi cuerpo para descubrirlo. Me contó que las piedras preciosas son símbolo de una transmutación de lo opaco, de las tinieblas en luz, de la imperfección a la perfección. Y después, que disfrutaba muchísimo de mi respiración y mi piel, del movimiento de mis caderas, de la manera como me jalaba yo el pelo, apretaba los dientes y volvía a retorcerme; de cómo me tapaba los ojos y le decía que no podía ser… que me estaba volviendo loca. Loca de placer.
—El zafiro pertenece al oro y al sol —me dijo soltando una piedra preciosa color azul que con movimientos lentos la acomodé en mi obligo—. No dejes que se salga de ahí, siguió tocándome por dentro cada vez más, y yo, me trasportaba a otro mundo marcando las horas perfectas en mi reloj pélvico, “porque si no se mueve el cuerpo –me decía—, se para el tiempo”.
Me levanté de la cama con una sonrisa de oreja a oreja. Me desvestí contenta y preparé el agua para bañarme mientras me acordaba cómo le chupaba yo sus dedos índices, de sus gestos de deseo y de la musiquita que hacía el collar hindú plateado que me colocó en la frente mientras nos dábamos. En cambio, cuando vi mi desnudez reflejada en el espejo, me dieron ganas de llorar. “La gravedad está haciendo su trabajo en mi cuerpo y yo sin darme cuenta”, pensé… “Las heridas de mi historia y las marcas que va dejando el tiempo están cambiando de lugar”. “La gravedad de la gravedad”, me dije asustada. “Lágrimas de Newton”, vino a mi mente el libro de Daniela Bojórquez cuando vi mis senos. “Ahora sí que es en serio”, necesito hacer ejercicio; disciplinarme.
Escondí mi cuerpo de la desnudez y me concentré en checar mi correo.
“De la greña con la gravedad”, decía el mensaje de una amiga, ex alumna del Madrid, del 14 al 18 de julio, de once a dos de la tarde, en los talleres de Miguel Ángel de Quevedo, entre Pacífico y África. Me encantó el nombre. Me recordó mi infancia jugando a la cuerda, resorte y hula hula.
—¿Creen que en 15 horas puedan aprender a malabarear? —les pregunté a mis hijas desconcentrándolas del estado catatónico en el que se quedan frente de la pantalla de la computadora.
—¿Para qué me va a servir aprender a hacer eso? —preguntó Marcela apática.
—Para todo y para nada. Es una invitación para jugar, aprender una manera diferente de divertirte, mover cuerpo y mente al mismo son. A meditar jugando.
—Ya má, no empieces con tus choros —me dijo bostezando. Mi reto era convencerlas.
—Suelten por un ratito la computadora, los juegos de tele y el celular. Saquen la torpeza en lugar de guardarla. Atrévanse a hacer algo que parece muy evidente, pero que no lo es tanto. Van a ir a jugar.
—Yo no tengo torpeza, mamá —contestó Marcela.
—Todos en algún momento somos torpes. Va a ser una manera de aprovechar toda tu energía de otra manera, ¡Miren cómo se me han caído los senos! —exageré para motivarlas—. Aprendan a jugar con el equilibrio —me oí decir “equilibrio” y me quedé fría, la palabra resonó en mis aretes y en mis oídos.
—¡Yo no quiero que se me caiga nada, mamá! —logré sacarle la apatía a Regina— ¿puedo invitar a unas amigas?
—Invita a quien quieras, pero apúrale porque sólo hay cupo para 15. Toma —le pasé una hojita con los datos que copié: INFORMES E INSCRIPCIONES: 0445540326477, marianamoralesg@yahoo.com.mx .
—“¿De la greña con la gravedad?” —pregunté, y me dijeron que en septiembre se repetirá el mismo curso para adultos, que aún no tiene fechas asignadas y me aseguraron que sí era cierto eso de que te sacan la torpeza.
Al final del día me quedé, ahora yo, catatónica frente a mi computadora.
No sé cómo le hace MiDoctor, pero esta vez su aparición fue casi fantasmal, y es que ahorita estaba yo tratando de clavarme con otro que me conquistaba con historias de piedras preciosas, que me regalaba tiempo y que su presencia equilibraba mis pensamientos. Quería encularme. Me odié por ser tan complicada, me quedé triste y por primera vez, no le contesté.
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