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Nora Emilia / 10 - Julio - 08

P I R Á M I D E S

Divorciada y con dos hijas desperté otra vez cansada. Las voces de mi almohada no me dejaban dormir. Soñé de nuevo con el joyero diseñador; estábamos dentro de un sitio muy obscuro cuando de pronto una luz amarilla nos cegó la vista. Nos acercamos a tientas hasta que pudimos ver un pozo lleno de pequeñísimas partículas de oro puro. “El oro es un tesoro muy ambivalente —me decía él bañándome con esa brillantina dorada—, mientras que su color es un símbolo solar, la moneda de oro es un símbolo de perversión y exaltación impura de los deseos”.
Impura de los deseos yo, pensaba en mis sueños, mientras sin recato me desvestía apresurada para que todo mi cuerpo brillara de una buena vez. Ansiosa y resplandeciente me acerqué a él para que me contara más de ése metal en el que yo estaba sumergida. “El oro es la carne del sol para los egipcios”, me provocaba con sus palabras, “es un arma de luz que no se oxida ni se mancha. Entre los Aztecas el oro se asocia a la nueva piel de la tierra, al comienzo de las estaciones de lluvia…”.
Lluvia. Sonó el despertador. Caliente sí, me conecté al mundo para apagar la alarma. Por más que me gusta ver llover, cuatro despertares de cielos nublados al hilo son ya demasiadas. Pensé en llamarle al joyero diseñador, decirle que sigo soñando con él, pero el olor de tabaco que dejó ayer por la noche impregnado en mi cabello me invitó a esperar. Lástima que fume tanto.
Saqué el cuaderno donde escribo mis sueños que guardo cerca de mi cama y traté de describir mi mundo onírico, cuando Tanga me interrumpió con una llamada para contarme que una amiga de la prepa la invitó a su casa dizque a una cena.
—Gente nueva y un príncipe azul que me iba a presentar. Entre un tequilita y otro comencé a incomodarme en medio de las parejitas, ya que el susodicho príncipe no llegaba. En eso que apaga la luz y que nos pone un audiovisual de una de esas pirámides de negocio en que sólo tienes que agarrar a cinco de bajada para que le entren y para que ellos a su vez agarren a otros cinco más. Que por los que metas ganas y todos embarcan a todos con la fantasía de enriquecerse.
—¿Caíste? —le pregunté, pero en lugar de oír su respuesta me quedé pensando en que ese lugar obscuro de mis sueños no era una cueva sino una pirámide. Seguro, la pirámide del sol.
—Mira, nos los estaba contando muy bonito y cuando no aguanté más, que le desarmo el teatro a la anfitriona; le prendo la luz y le digo que ésas son pirámides de pura mamada; que no quiero ni su cena, ni a su príncipe, ni tampoco participar en esas pirámides de engaños sin buena energía. Y que se levantan todos.
—¿Te cae? —regresé a la conversación.
—Las pirámides fueron tumbas sagradas, lugares santos para hacer sacrificios, reliquias de culturas milenarias, no esas pendejadas.
Dos horas después, esquivando los enormes baches de nuestra ciudad, me dirigí a los talleres de Coyoacán en compañía de mis hijas quienes negociaron, un tanto prejuiciosas, ir conmigo a inscribirlas para ver bien de qué trataba ese taller que se agarra de la greña con la gravedad.
—¡Qué bueno que vinieron! —nos recibió Karla, una chava con ritmo de gacela—. Las felicito —les dijo a las niñas—, hay muy poca gente que intenta cosas nuevas. Me da gusto saber que hay niños que todavía se animan a jugar de verdad, no con computadoras.
Regina me volteó a ver asombrada de que alguien la felicitara por querer jugar.
         —Cuando yo era chiquita los adultos no querían jugar conmigo —les decía Karla—, y ahora que soy grande, los niños ya no quieren jugar. ¿No que los grandes son los aburridos? —escuché que les preguntaba en lo que yo me retiré a un lado con el pretexto de contestar un recadito en mi celular.
         “Tengo ganas de TocarTe Todavía más”, me escribió el joyero diseñador jugando con las Tes.
         “Soñé conTigo y con el asTro ardienTe.”, contesté su mensajito.
         “Tengo oTra hisToria que conTarte. Ven, acércaTe.”, suplicó.
         Para cuando regresé a los talleres, mis hijas estaban experimentando algo que no conocían. Las vi divertidas.
—Uno puede malabarear solo o acompañado. El reto es personal, te vas haciendo más ágil con la práctica. Es cosa de tratar y tratar muchas veces —les decía Karla a mis hijas quienes estaban concentradas escuchando cómo coordinarse para malabarear dos mascadas de colores que caían con lentitud. Todavía no lograban jugar con la tercera.
         —Estos ejercicios ayudan a despejar la mente. Cuando se sientan saturadas con la tarea, cambien de canal y muevan el cuerpo, siempre sirve —las instruía Karla—. El secreto aquí es formar un triángulo equilátero con los objetos y aprovechar los tiempos.
         —Es como una pirámide viva —dije yo haciendo como siempre conexiones raras en mi mente.
         —Exacto —dijo Karla—. La pirámide invertida sobre su punta es la imagen del desarrollo espiritual: cuando más se espiritualiza un ser, más engrandece su vida.
Salimos sin la nube de apatía que les acompañó de entrada, me dieron ganas de llamarle a Tanga para compartir la imagen de pirámide invertida que describió Karla, pero con esto de que la lluvia no cesaba, mejor nos clavamos en qué película queríamos ver y nos metimos al cine contentas las tres.

lachulanga@gmail.com

 

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