Nora Emilia / 17 - Julio - 08
Sus labios en mi cuello
Divorciada y con dos hijas me desperté de golpe con un sueño que no podía clarificar. Estaba yo dentro de un coliseo romano esperando a que saliera la bestia. Había conseguido una estaca bien filosa de un metal bastante oxidado. Todavía no estaba segura si la usaría contra el corazón del animal o contra el mío; no soportaría presenciar que me comiera viva.
Pude ver a la fiera hambrienta rugir furiosa, pero no podía escucharla; tenía una mirada violenta y un bramido mudo que me despertó con un grito. Me desvestí por completo, cobijé mi cuerpo desnudo entre las sábanas para sentir frío, la adrenalina me estaba consumiendo y me mataba la sed, pero yo quería volver a ese sueño; quería pelear como gladiador. Finalmente, para eso estaba vestida de guerrera.
La soledad de la noche y el cansancio en mis párpados me obligaban a mantener los ojos cerrados. A pesar de desear conciliar el sueño, me era imposible dormir. La imagen de MiDoctor me vino a la mente y me acordé del correo y del mensaje que había dejado pendiente.
Mientras tomaba la decisión de ceder al insomnio y prender la computadora, cerré los ojos para ver despierta a la bestia muda que estaba frente a mí y en sus ojos reconocí los míos; sí, yo era la bestia, ¿quien tenía la estaca?
Normalmente soñar despierta me lleva a horrendas fantasías de lo que puede llegar a convertirse mi historia personal, por ejemplo, puedo transportarme a una muerte sorpresiva y ver a mis niñas con mirada triste sin mamá... pero ésta vez, no. Vestida de guerrera estaba ansiosa por luchar contra la fiera, de tomarla por los cuernos y apagarla por completo.
Los ojos de MiDoctor volvieron a aparecer. Me estaba desconcentrando. La estaca, “¿quién tiene la estaca???” La bestia era un toro con forma de dragón, pero algo, no nada más la melena, lo hacía verse un poco león. Mi sueño estaba mudo, quizás el mundo onírico es así, pero yo no lo había notado con tanta claridad, éste era un sueño completamente afónico, más mudo que otros.
Avispé el resto de mis sentidos para que el oído no me hiciera falta. Entonces entendí que estaba en una esfera de ruido saturado color rosa y que lo que no podía era dejar de oír. Me concentré en mi respiración, la hice pronunciada y profunda; lenta. Comencé a escucharme; mis temores más íntimos gritaban en lenguas muertas y oscuras que yo no podía comprender.
No tenía caso hacerme tonta y seguir pretendiendo que dormía, el sueño no estaba avanzando en el inconsciente. Me levanté a hacer pipi y a tomar agua. El frío se comenzó a manifestar en mi desnudez poniéndome la piel medio erizada. Ver mi reflejo en el espejo en total oscuridad me encanta; juego con él como si fuera una sombra con volumen. Se disimulan ésos pequeños defectos que la luz no perdona. La idea de haber sido una bailarina de tubo rondó mi mente; algún día se va a inventar un tubo portátil que pueda atorarse de piso a techo en cualquier lugar para mujeres que, como yo, con música logran desfogar su mente bailando mientras deambulan desnudas por sus recámaras.
Volví a cobijarme. Se me antojó abrir ése mensaje que desde algún tiempo dormía en mi correo. Eran las cuatro catorce de la mañana e irremediablemente trataba de imaginar dónde estaría MiDoctor.
Desesperada, media hora después, busqué a ciegas en el cajón del buró… encontré con el tacto mi cuaderno de notas, mis condones SICO, tres plumas y el vibrador eléctrico en forma de lápiz labial que compré alguna vez en La Sexo feria y que todavía tenía pilas porque estaba casi sin estrenar.
La sensación de placer me transportó a mi sueño, otra vez el coliseo, otra vez la bestia, gente a mi alrededor corriendo y yo escondida tras una muralla buscando la estaca oxidada; había vuelto. Toda la adrenalina me estaba regresando. Era electrizante la velocidad con que yo podía correr, casi sentía que volaba, que mi pies no tocaban tierra. Algo me detuvo; MiDoctor. En eso vi la estaca que tenía yo antes. Un hombre la levantó del suelo y yo, sin que él pudiera darse cuenta que por atrás llegaba, se la arrebaté, entonces la fiera vino hacía mí, le clavé con fuerza la estaca en la yugular, al tiempo que MiDoctor me clavaba el vibrador lápiz labial que yo tenía entre mis manos. Estaba confundida. Me dio pánico que partículas de óxido corrieran por mi interior; la contracción me arrancaba gemidos; la bestia me había tomado presa de suspiros. Entre más apretaba yo la estaca, más se le mojaba el cuello al toro-dragón; podía sentir el líquido tibio emerger de su cuerpo violentado, estaba en un espasmo debatiéndose entre la vida y la muerte. Moribunda, la bestia se estremecía entre mis manos al igual que mi cuerpo se sacudía de placer entre los dedos de MiDoctor. Confundido quedó en mi mente el deseo de matar a ese animal con el del orgasmo que calentó por fin mi piel.
Un largo y sonoro suspiro me llevó otra vez al Coliseo, pero ésta vez estaba sentada en las tribunas viendo bestias devorarse hombres; hombres devorándose a otros hombres. Noté una pareja que en medio del caos hacía el amor; fui haciendo un zoom en mi sueño hasta reconocer los labios de MiDoctor besándome el cuello y su nariz jugando con mi nariz.
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