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Nora Emilia / 24 - Julio - 08

PECADOR Y BULLICIOSO

Casada y con una hija fui a regar las plantas de mi vecina que se había ido de vacaciones. Al entrar a su departamento sentí la calidez de su esencia por todo el espacio. Percibí su risa de cascada, sus gestos coquetos, la efervescencia que la define y ese aire de ángel abstraído que adquiere cada vez que se va a la Vía Láctea para hilar sus ensueños.

Puse música, meneé las caderas, fui a la cocina y abrí el chorro de agua fría para llenar la jarra. Acompañada por “A fuego lento” de Rosana, empecé a bañar a las plantas. No me puedo explicar la confianza en mí depositada para tal labor pues jamás he sabido cuidar a estos seres verdosos que ni te hacen gracias cuando llegas, ni saben ronronear.

Rogué no ahogarlas para no tener que enfrentarme a la furia de mi amiga e hice lo que mis instintos me indicaron: humedecer la tierra y cantar con sentimiento.

Descubrí que aventar agua sin límite es bastante terapéutico y, mientras lo hacía, me fui a vagar con la mente a otros mundos. Recordé el primer encuentro con mi marido y aquel efecto de posesión que me embargó de pies a cabeza. Supe, de inmediato, que mi vida sin la suya ya no sería vida y que tenía que despertar ceñida a su figura por el resto de mis días. Me enamoré de su chamarra deshilachada, de su sonrisa de media luna, sus palabras altisonantes, su barba a medio rasurar y del parecido que tiene con los lobos de la montaña. Al momento de descubrirlo, comprendí esos amores intempestivos de película y, de no haber sido por un resto de cordura que se empeñó en atarme los instintos, le habría dicho que me llevara a vivir a su castillo como lo hacen las princesas de las caricaturas.

Corté mis pensamientos cuando una de las plantas empezó a rebosar agua por todos lados. Me lo temía, pensé y fui a buscar un trapeador.

En el trayecto, me llamó la atención la cantidad de libros que habitan con ella. Desatendí el charco que empezaba a filtrarse por el piso de madera y tomé una novela: “Silencio Rojo” de María Esther Núñez. Me dejé caer sobre el sofá y la historia me atrapó de golpe. No sentí el paso del tiempo hasta que sonó mi celular. Era mi hija Azul con ese particular y adolecido tono adolescente: “Ma, en buena onda, estoy a dos de morir de inanición, me uuuurge comer”. Miré el reloj, le dije que pidiera una pizza y que no desesperara; ya iba para allá.

Estiré los brazos, las piernas, me froté los ojos, puse la novela dentro de mi bolsa para terminarla de leer y fui a hacer lo que debería de haber hecho una hora antes: limpiar el charco que inundaba alegremente el suelo, pero no puede desaparecer la mancha de agua impregnada en la madera.

Al terminar, eché un último vistazo al entorno para cerciorarme de que todo estuviera en orden. Ya para irme, vi que la Chulanga había dejado su perfume sobre la mesa de la sala. Tuve un impulso: rociar mi cuerpo de arriba a abajo con esa fragancia cítrica para pervertirme un poco. Siempre lo supe: el aroma de su perfume huele a desenfreno, a verano intenso, a sin condiciones, a libertad.Volví a poner la canción de Rosana y empecé a bailar como poseída con un nuevo aire de liviandad. A cada paso, dejaba detrás de mí un bálsamo pecador y bullicioso que me llevaba a aquellos días de playa y campo cuando Emilio y yo nos pertenecíamos sin vestigio alguno de inhibiciones y hacíamos el amor aún con la lluvia bañando nuestros cuerpos desnudos. Intuí que esa noche, mi marido y yo retozaríamos sobre el colchón hasta que los gallos anunciaran el nuevo día. Divino aroma, pensé y después de silenciar la música, di dos vueltas más por la estancia, me miré al espejo, le hice un guiño a mi reflejo y moví la cabeza varias veces para alborotarme el cabello.

Antes de salir, miré las plantas: Ay, no se veían nada saludables; la terapia del agua sin freno había sido buena para mí, no para ellas. Ya iría al día siguiente a los Viveros de Coyoacán para comprar una selva entera y reponer el desbarajuste.

Por las escaleras me topé con un chico de brazos musculosos, pelo revuelto y mirada socarrona. Me sonrió, le sonreí, flirteamos un poco, y, al tiempo, llegamos los dos a mi departamento. La puerta se abrió de golpe y mi hija nos observó con curiosidad. De reojo, le noté la misma sonrisa alunada e irresistible que heredó de su padre y que los vuelve tan encantadores. Aquí tiene su cambio, dijo el chico extendiéndole a Azul unos billetes.

Ya a solas las dos, nos sentamos a la mesa y comimos con verdadera compulsión. Eran casi las cuatro de la tarde y con eso de que en la mañana sólo un cereal con leche Light, estábamos realmente hambrientas. Me levanté a preparar café. De pronto, Azul empezó a reírse y lanzó la pregunta: Oye ma, fue mi imaginación o, sí, ¿estabas coqueteando con el chavo que trajo la pizza? Me quedé paralizada, pero al segundo, me contagié con la risa de mi hija y terminamos carcajeándonos.

Por la noche, cuando llegó Emilio, me lancé, literalmente, a sus brazos. Qué bien hueles, me dijo, y mientras cerraba la puerta del cuarto, le agradecí a mi amiga haberme encargado regar las plantas de su departamento.

lachulanga@gmail.com

 

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