Eduardo Gleason / 01 - Agosto - 08
LA CENTRAL DE ABASTOS
Soltero y sin hijos, me tocó a la puerta Victoria muy temprano en la mañana mientras yo dormía. No entendí muy bien por qué traía tanta prisa ni a dónde se estaba yendo. El caso es que me dejó las llaves del departamento de la Chulanga con la consigna de que regara yo las plantas. Con los ojos semicerrados abrí la palma de mi mano para recibir un llavero de peluche en forma de Trolo con calvicie prematura y regresé a mi cama tratando de conciliar el sueño. ¿De dónde sacaran estos amuletos mis vecinas?
El temor de que me fuera a olvidar del encargo no me permitió volver a dormir; estuve rodando de un lado a otro de mi cama, sin dejar de agradecer que yo no tuviera en mi vida ni siquiera ese tipo de ataduras. No me había dado cuenta de lo maliciosas que pueden ser las plantas. Las imaginé con sus hojas amarillas y sus ramas secas gritando a coro los quejidos plañideros de que yo no las había regado. Qué chismosas, dramáticas y chantajistas pueden ser. Por más que me tapé la cabeza con la almohada, no pude dejar de pensar en las amenazas herbolarias de que si no nos vienes a regar, nos vamos todas a morir al mismo tiempo.
Bastó con visualizar la cara de la Chulanga en el momento de entrar a su departamento y encontrarse con sus plantas muertas que no aguantan nada, para que de un brinco me despidiera yo de mi cama, me pusiera una bata, agarrara al Trolo por el cuello y subiera al departamento de mi vecina.
Siempre me ha encantado la esquizofrenia que sufren sus paredes en la perpetua exposición temporal con que las arropa, según el pintor que esté promoviendo en ese momento.
Después de un rato en su hogar cuidando y alimentando algo suyo, me entró una fuerte nostalgia de los tiempos en los que nuestra relación prometía mucho más que una fraterna vecindad. Me acordé de los sueños ingenuos de viajar a Egipto, de la modelo sensual que estuvo seduciendo a mis lentes, de la borrachera que nos pusimos antes de que llegara su exmarido con sus hijas, de cómo hacíamos el amor una y otra vez previamente a que se rompiera el encanto y termináramos prometiéndonos una amistad eterna e incondicional, ésa fórmula de autoengaño que le permite a los enamorados tolerar el abandono y creer que están extendiendo la felicidad, como los restos de la lluvia convertidos en charcos que se expanden alrededor de un arcoiris a punto de desvanecerse.
Entré a su recámara. No me pude contener y me eché un clavado en su cama. No me importó deshacerla y me puse a jugar entre las sábanas reviviendo cómo nos cubrían de pies a cabeza mientras yo recorría con mis labios las avenidas de su piel, mientras con mi lengua rozando sus pezones, inventábamos que sus senos eran un par de colinas en la ciudad de su cuerpo, el ombligo era un estadio concurrido por sonámbulos y su entre pierna era… era la Central de Abastos. Recordé las carcajadas.
Después de esos recuerdos, no me iba a poner a hacer la cama, menos cuando salí al balcón y me llegaron a la mente las imágenes de nosotros haciendo el amor a la luz de la luna llena, conteniendo nuestros gemidos y estando alertas al momento en que saliera cualquier otro vecino a asomarse por su propio balcón.
Decidí que tenía que dejar constancia de mi paseo por sus espacios, de mis remembranzas de nuestro pasado precario, de mis añoranzas por retornar a su lado. De pronto me sentí como un felino con ganas de marcar su territorio. Rápido bajé a mi departamento por mi Polaroid y un tripié.
De regreso, me puse a hurgar en su ropero hasta que encontré todas las prendas que buscaba. Me detuve de cajón en cajón para oler sus bragas, sus pantaletas, sus calzones.
Se me ocurrió dejarle una serie de pistas reconstruyendo nuestras vivencias. Coloqué el tripié con la cámara apuntando hacia el lugar donde una noche casi derrumbamos la cómoda. Me quité la bata y me puse el sostén negro sin tirantitos. Accioné el control remoto y se disparó la cámara tomando una fotografía de mí luchando para quitarme el sostén. Puse la foto en el buró y atrás de ella escribí una nota: Mis manos son mucho más sutiles y diestras cuando se trata de quitarte a ti el sostén. He secuestrado a tu control remoto de la televisión y no te lo voy a regresar hasta que hayas comprendido lo mucho que te extraño. Si quieres seguir controlando a distancia tu embrutecimiento, tendrás que descubrir dónde lo tengo escondido. Ahora busca por donde te asomarás cuando te traiga una serenata y los perros de la colonia no dejarán de aullar toda la noche.
Me puse la minifalda verde que no me cerró, frente al espejo me cubrí con la mascada roja el cuello y acomodé mis manos sobre el borde del balcón extendiendo mis caderas hacia atrás, justo como ella se movió a la luz de una noche estrellada. Tomé la instantánea y detrás de ella escribí: Hay movimientos que siguen nutriendo el oleaje de la memoria. La cadencia de los recuerdos provoca que suba la marea y al final, siempre terminó pensando en ti. Ahora busca donde tú y yo inventamos toda una metrópoli.
Coloqué la fotografía al lado de una de las macetas, me puse las bragas que algún día mordí cuando ella las traía puestas y salí al sofá de la sala justo cuando se abrió la puerta y entró la Chulanga con sus dos hijas
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