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Eduardo Gleason / 01 - Agosto - 08

Mariposa de mil colores

Divorciada y con dos hijas huí de la ciudad para perderme en donde no pudiera encontrarme ni yo misma. En otras ocasiones no logro entender con certeza mis intensiones, pero ésta vez, estaba segura de que deseaba escapar de mi entorno, como si me perturbara la rutina, el matiz de las paredes, los olores de la ciudad.


Había pasado un año desde el cambio de casa, y varias cajas de libros, de amuletos y recuerdos seguían sin desempacar reclamándome noche y día que querían salir a ver la luz del sol, vivir en la intemperie, dejar de habitar en un lugar de cartón frío y obscuro.


Pendientes, sobres, llamadas, papeles de bancos y de seguros. Asuntos irresueltos, acuerdos inconclusos con pintores, cartas de autenticidad rondaban reclamando mi atención… así que entre el debo y el quiero, dentro del me pierdo y a la vez me encuentro, batallando sin descanso desde mi interior, una yo sofocada tratando de entender un poco el cómo y el por dónde, sentía, cada vez con más potencia, como que se me iba pasando la vida sin que pudiera yo retomarla.


En el momento que vi a mis hijas irse con su papá a la playa, me ganaron las ganas y se me extendieron las alas de esa mariposa de mil colores que llevo dentro, y sin tratar de esclarecer detalles, ni darle explicaciones a nadie, empaqué unas cuantas cosas y huí del mundo con pareo en mano sin dirección precisa con la intensión de que nadie, absolutamente nadie, pudiera saber de mí. Me convencí de que la tentación de aventurarme sin rumbo y sumergirme en la nada me llenaría de vida; aposté con todo a obedecer mis instintos y a cuidarme yo sola; dejar los roles, los deberes y las responsabilidades para otro momento y soltarme el pelo junto con las pretensiones e ir en busca de absolutamente nada.


Los primeros días me dejé tostar por el sol hasta los senos; se quejaron mis pezones y ésa piel desacostumbrada a sentir los rayos del sol. Un atardecer, los mosquitos golosos se deleitaron picando mi piel y chupando mi sangre. En un hotelito dormí muerta de frío, extrañé mi cama y a las seis de la mañana busqué dónde tomarme un café con leche y una rica concha. Recorrí el lugar en bicicleta, me hice amiga de unos niños y por la noche me emborraché con tres viajeros que venían desde Torreón. Nadé en un lago, me clavé en mi reflejo, me asoleé en un muelle, me subí en una lancha y muy temprano al día siguiente, acompañé a un hombre a pescar.


Perdí mis lentes obscuros, intercambié un libro y jugué como portera en una cascarita. Ganamos tres a seis.


Canté con un trío. Se puso nublado. Me fumé un muy buen churro y me quedé en una plaza llena de hippies muchas horas comprando pulseritas y viendo llover. Toqué la guitarra. Me subí a un columpio. Extrañé a mi abuela y un tipo guapo me invitó a cenar.


Entré a museos. Recorrí callejones. Conocí a un italiano que me comió con los ojos, y yo, fascinada, me lo devoré. Saludé a la bandera, dormí bajo un árbol, creo que era un encino, y cuando me sentí sola, claro que lloré.
Me perdí en un bosque. Me habló el viento. Caminé sin rumbo y encontré una cascada de agua helada, donde sin pensarlo dos veces me bañé medio desnuda.


Desayuné chilaquiles. Visité iglesias. Dormí en una hamaca. Me vestí sin calzones y ayudé a vender flores al marchante de un mercadito local. Me pedí mis tequilas, me gané un sombrero y ahí mismo me ligué a un general.


Me reporté con mis padres. Compré dos playeras. Sentí la tarde caer en mis brazos y conté estrellas en cuanto desaparecía completamente el sol. Hablé con extraños, descansé por las tardes y me sorprendió de cerca un pequeño ratón.


Extrañé a mis hijas. Probé un licor nuevo. Dormí hasta las doce; me aburrí como tonta y jugué solitario en un horroroso café internet. Me bañé en una tina, me acaricié todo el cuerpo y más de una noche quise volar.


Me enamoré de un árbol, tomé mucha agua, caminé hasta perderme, canté a gritos sola, me tropecé de regreso y con la rodilla sangrando, pedí un aventón.


Soñé con verdugos, con cascabeles, con hongos gigantes y con una flor. Me levanté alucinada y desde temprano, sin razón alguna, todo el día, otra vez lloré.


Basta. Renuncié a perderme sin sentido. A huir de la nada. Me reconocí vana en la aventura, incapaz de llenar huecos que deben de permanecer vacíos. Quise cruzar fronteras; probar que me atrevo. Claramente era yo quien quería vivir en la intemperie, encontrarme a mí misma bajo la luz del sol. Concebí a la vida con movimiento, pero con sentido. La nada me estaba dejando vacía, sin ganas de NADA. Y al cabo de unos días, otra vez, sofocada y rota, desesperadamente lloré.


Empaqué mis cosas y decidida, dos días después, regresé a la ciudad.
Me reencontré con mis hijas, comimos helados y sorprendimos al vecino tomándose fotos en el sofá.


Escuché los recados, contesté dos correos y poco a poco fui bajando la velocidad.

Acosté a mis pequeñas, y por fin en mi cama, otra vez en mi entorno, recuperé mi lugar.

 

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