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Nora Emilia / 14 - Agosto - 08

DE LA RUTINA AL RITUAL

Divorciada y con dos hijas caminaba temprano y con apuro por el sur de la ciudad. Quedé con el vecino fotógrafo en el parque de la Bombilla a las ocho de la mañana. Me dijo que tenía que fotografiar un espectáculo sublime. Adoro sus invitaciones, y es que su formación me conduce a ver cosas que yo a simple vista no distingo.


La delicia de lo nuestro es que alterna constantemente entre amigos-cariñosos y amantes-amistosos; el dar y el recibir lo conjugamos en completa armonía y en cada encuentro.


Un conjunto sui géneris de sentimientos nos aderezan mientras nos damos; nuestros fajes son rapiditos o despacitos según nuestro estado de ánimo; nos transformamos en amantes con códigos muy nuestros y hasta podemos contarnos intimidades que cada uno vive en otras camas.
Me ayuda cuando ando indecisa y no sé qué ponerme para una ocasión especial, cuando Marcela no entiende física y ha visto con Regina las siete películas de las “Guerras de las Galaxias”. A las tres nos conoce por separado y ellas saben que pueden contar con él si algo se ofrece y no estoy en casa.


La regla es sencilla y tácita, ningún otro vecino del edificio en mi cama, ninguna otra vecina del edificio en la suya. No soportaría compartirlo en la cotidianidad, ni tener puerta a puerta a una que me haga la competencia.
Frecuentemente sube mi autoestima hablándome de lo maravillosas que son mis hijas, me regaña cuando aumento medio kilo, y a menos que una de sus novias esté por llegar, siempre parece estar dispuesto a compartir horas entre mis sábanas o las suyas. Es soñador y aventurero hasta la ingenuidad; generoso y agazajador con las caricias. Las noches de lluvia toca el piano, sus melodías inundan nuestro espacio y lo sentimos cerca. Le gusta la pornografía y conoce de arriba a abajo el viejo testamento.
Sabe cambiar fusibles y llantas, se burla de mi insistencia por comer siempre rico y altera mi estado de ánimo cuando le sale ése lado demoledor, casi fatalista y empieza con que la vida es una mierda y que ya es hora de que haya otro diluvio que acabe con este mundo egoísta y desigual que hemos construido todos. Protege antes que nada su soledad y puede pasarse horas viendo pasar nubes, editando en photo shop, fotografiando atardeceres, convenciéndome de hacer un menage con Tanga y hablándole a las estrellas.


Nuestros revolcones se han hecho esporádicos, pero no menos intensos. Él sabe que los SICO los traigo siempre yo, y yo sé que él termina la primera vez con una facilidad primaria, pero que la segunda y la tercera necesita oírme dar de gritos y llenar las paredes del edificio con una melodía de orgasmos.


Últimamente, con el pretexto de las olimpiadas, sube a la casa y en familia, cenamos los cuatro en la televisión. Por lo mismo que no tiene niños, adora a mis hijas y a nuestra vecina, Azul.


Llegué al parque de la Bombilla y cerca del monumento a Álvaro Obregón me encontré con un grupo de gente danzándole a la mañana, deslizando su interior en el aire fresco. Mi mirada y muchas otras se quedaron sorprendidas y aquietadas. El interior de la gente que hacía Tai Chi saltaba más allá de las orillas permitidas de su cuerpo físico; parecían brujos atrevidos, pero seguros de pasar por el vértigo de la energía que les quemaba. Sacaban su voluntad sostenida para mantenerse en movimiento.


Ahí, entre ellos, estaba mi vecino fotografiando los movimientos que a todos nos tocaban. Muchos frenamos el andar. Unos parados, otros sentados o escondidos sacando la cabeza, los brazos, las piernas y el espíritu. Antes de correr a la próxima parada, sorprendidos, hicimos una pausa.


¡Qué forma de meditar en movimiento!, de vivir en conciencia en el aquí y el ahora, de pegarse más a la tierra para no volar.
Me uní a ellos hora y media en ese viaje siendo guiada, cuidada y acompañada por su maestro Gustao, quien me hizo cómplice de su espíritu travieso hacia la búsqueda del equilibrio. Con su presencia tranquila, invitaba a los espíritus de los alumnos nuevos, como yo, a vaciar su taza; a sentir el aire. Escuché el silencio y toqué el instante.
Veinticuatro movimientos, donde nuestros cuerpos dibujaron imágenes en el aire intentando llevarlos a la crin del caballo salvaje para que la cigüeña abriera sus alas y acompañara al tigre en su marcha al son del laúd; suavemente empujar al mono para separar lo visible de lo invisible y convertir las manos como nubes sólo por el placer de contar un cuento sin palabras y así lograr devolver el poder a la tierra en la quietud de la montaña.


Un agradecimiento por acompañar su viaje. Terminó la gimnasia tradicional china y pasaron un panfleto: la semana del 18 estarán todos ellos a las ocho en punto en el parque Hundido www.omacali.com
Mi vecino, todavía con cámara en mano, corrió a besarme.
—Reservé un cuartito en un hotel; ¿armonizamos y nos damos? —me preguntó emocionado con esa luz ardiente que reconozco en sus ojos cuando asisto a sus invitaciones.

Esa mañana me sentí iluminada como una luna llena, acompañada de mis diez mil seres todos conciliados. Amada, pero no entendida. Sola, pero no desolada. Mujer, madre amiga y compañera hasta la eternidad. Guerrera, pero sin armas. Sola, valiéndome, como ellos, de mi cuerpo-mente-espíritu cada día en el eterno retorno.

 

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