Nora Emilia / 28 - Agosto - 08
Las células blancas
Divorciada y con dos hijas llegué al desayuno de inicio de clases organizado por las mamás del grupo de Regina. A mí esas reuniones me encantan por tempraneras y anuales; son la oportunidad perfecta de conocernos, saludarnos y agradecer las atenciones mutuas que tenemos con nuestras hijas. Después, durante el resto del año, telefónicamente tratamos de facilitarnos la vida unas a otras.
—Nuestras chiquitas cursando ya sexto de primaria —me recibió muy dulce Mercedes, la mamá de su amiga Renata, que es directora del comité de madres de la escuela—. Aprovechemos este año, querida; porque termina la primaria y empieza la aborrecencia —nos reímos.
El tema de los raptos y la delincuencia, que nos trae a todos apresados, nos secuestró en el desayuno también. Un ambiente de angustia y terror se leía en los ojos de todas cuando la mamá de Paola contó cómo la atacaron en el mercado sobre ruedas, ella aventó las llaves del coche, por instinto jaló su bolsa y se perdió entre la gente antes de que pudieran llevársela.
—A mí lo de la marcha me llena de impotencia. No va a arreglar absolutamente nada —dijo la mamá de Juan Pablo—. Inclusive, vivir en estado de guerra contra los narcos es mucho peor que la legalización de la droga. Ésa es una guerra perdida que está trayendo consecuencias nefastas. Sí podemos enseñarles a nuestros hijos a no consumir drogas, pero si nos los matan… si nos los quitan… no podemos enseñarles NADA —se hizo un silencio—. Somos un país preparado que ha lidiado con problemas de drogas desde siempre; esa guerra se gana con educación. ¿Qué le puedes enseñar a un hijo para cuando lo secuestren? Somos blancos fáciles. Es una vergüenza con nosotras mismas permitir este estado de terror en el que estamos viviendo y conformarnos con salir a marchar un día.
—Mientras no se ataque de raíz la impunidad y la corrupción, ninguna medida va a tener sentido alguno —salió con una frase muy hecha la mamá de Alexa.
—¿Y cómo haces eso? —preguntó la de Paola.
—Con la denuncia, como dijo el Sr. Martí: debemos denunciar al que no esté haciendo bien su trabajo. Ésa es nuestra responsabilidad como ciudadanos.
—¿Denunciarlo en dónde? ¿Te has parado alguna vez en un ministerio público? Están todos coludidos, aparte denunciar a unos polis holgazanes no es atacar el problema desde la raíz.
Una señora vestida de blanco y negro, dos sillas más lejos, comenzó a hablar del grupo de “Las Células Blancas”, todas pudimos escuchar: “…nos tenemos que reunir vecinos de las mismas cuadras, conocer a la gente que nos rodea. Crear entre nosotros un lazo vecinal de protección ciudadana. Exigir alumbramiento, servicios y por supuesto vigilancia. Organizarnos como lo hacen los condominios horizontales donde los vecinos se juntan y ponen acuerdos de seguridad”.
—¿Es algo así como los jefes de manzana?, ¿no? —preguntó la mamá de Juan Pablo y yo me quedé pensando en lo inocente de la propuesta.
—El origen del problema es que es un negocio fácil sin impunidad ni consecuencia alguna —dije yo.
—Detesto a mis vecinos —dijo alguien—, no podría formar con ellos una célula de ningún color.
—No hay opciones —le aseguró la de blanco y negro—. Llevamos 20 años ignorando que estamos metidos en un estado permanente de terror que va empeorando; se trata de cuidarnos, no de hacernos amigos. Vivimos enjaulados, es patético lo poco exigentes que somos. Ya nos acostumbramos a no tener parques, ni policías, a caminar intranquilos por las calles de la ciudad… algo apesta desde hace mucho y sólo se está empeorando.
—Y entonces, ¿qué? Nos organizamos los vecinos y ¿contra quién vamos? —preguntó una nueva que se veía mucho más jovencita que todas nosotras.
—No es en contra de quién —dijo la de blanco y negro— es cómo nos ayudamos para que en nuestras calles se pueda caminar sin terror a que nos roben. Acostumbrarnos a cuidarnos unos a otros.
—Y la proliferación de guaruras… ¡puta!!!, ésos también son un peligro; me dan pánico —dijo la jovencita. Su comentario armó de nuevo el bullicio colectivo y las historias de terror urbano volvieron a llenar todos los rincones de la mesa. Asaltos en cajeros, robos en el metro bus, secuestros express… Antes de que dieran las diez nos despedimos.
Aterrada y silenciosa, me fui a lo mío. Cuando llegaron a casa mis hijas, las abracé encantada. Empezamos con el jaleo que si el permiso para la fiesta de no sé quién, que si el viernes social, que si las amigas. Ellas haciendo planes de una vida normal en una ciudad invadida en el terror, pero en la que no está sucediendo aparentemente nada.
Como a eso de las siete comenzó a granizar. Montones de hielo se acomodaron en las banquetas; el agua no se iba porque las coladeras están atascadas de basura. Entonces tocó el vecino que no sabe estar solo cuando anda triste. Me acordé de las células blancas. Nos divertimos viendo los relámpagos y las centellas que aparecían en el cielo. Aunque me lo insinuó tres veces, no fui a su casa, ni me metí de vuelta a su cama. No estaba lista para coger otra vez con él como la semana pasada. Más bien extrañaba apapachos, suspiros y deliciosas caricias llenas de amor.
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