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Nora Emilia / 03 - Septiembre - 08

La marcha

Divorciada y con dos hijas espero a Tanga, quien seguro viene furiosa conmigo por no haber querido asistir a la marcha del sábado por la tarde. Quedamos de vernos para discutirlo con calma ya pasada la manifestación y en lo que llega, comienzo a arreglar mi agenda al tiempo que le ruego a Tláloc que ese cielo gris se despeje y que, por favor, no vuelva a inundar la ciudad.


El experimento de que María, su hija mayor, se fuera a vivir con ella, no le ha resultado grato; “no podemos compartir espacio, acabamos mal…”, me dijo Tanga por teléfono un tanto cínica. No supe cómo ayudarla ni tampoco me atreví a juzgar su núcleo familiar, pero sentía que algo ahí dentro estaba un tanto descompuesto. Después me contó que María encontró un pequeño depa donde se quiere ir a vivir con una amiga a cuadra y media de su casa; que la iba a apoyar porque ésa era la solución: “cerca, pero no juntas”.


Pude constatarlo cuando el otro día en su casa, Tanga comenzó a tomarse lo de la marcha como un asunto personal. Yo le advertí que no contara conmigo y la sentí molesta, pero con María, se puso a los gritos. Su hija le dijo que no iba porque ya había asistido a la marcha la otra vez y no había servido de nada. Que ella va a marchar de agradecimiento cuando enjaulen a los secuestradores y los cuelguen de los güevos, exhibiéndolos en las plazas. Tanga le gritó que si tenían que ser mil marchas para que sirviera de algo, que juntos debemos hacerlas. María terminó explicándole con un tono muy grosero que ya todos estamos secuestrados: “nadie está tranquilo y los papás y las mamás siguen creyendo que con marchas van a cambiar algo, ¿te la crees tú, mamá?, mejor diles en la marcha a los que tienen guaruras que los manden a intimidar a los funcionarios ladrones que no muestran resultados, que los ciudadanos comunes y corrientes, como nosotros, estamos hartos de esos gorilas prepotentes. Es más, mamá, organízate otra marcha para pedir basureros, porque en esta ciudad, ningún funcionario se da cuenta que la basura nos está comiendo a todos”.


Yo me identifico con su hija, también estoy enojada y apática ante la impotencia y la impunidad. Odio sentirme parte de una ciudad llena de gandallas frustrados donde nadie parece poder encontrar solución alguna, pero todavía no tengo encerrada tanta furia dentro.


—Está creciendo en un país sin libertad, Tanga, vivimos cada uno en su jaula cagados del miedo. Eso es lo que te dice tu hija —le traté de explicar cuando María salió dando un portazo, pero ella estaba con que la energía de los mexicanos existe; con que hay que ir a la marcha exigiendo nuestros derechos, y a dejar claro que queremos paz. Que hay que hacerse presente y vibrar unos con otros para recordarnos que somos muchos los que sí creemos en México, “porque aquí sí hay gente buena, carajo…”.


Tanga llega al café seria y desmejorada; me salgo de mis cavilaciones. Como resorte me levanto de la silla, le veo la cara, y sus ojos, de por sí ya hinchados, empiezan a llorar.


Me cuenta de la marcha, la energía, el sueño de un México seguro, menos desigual. Hasta que no recuerda cómo, pero algo la llevó a ver dentro de los ojos de un chavo como de 28. La complicidad que los unía hombro a hombro le hizo fantasear en un México con policías, con mejor educación y más baile, que sí, los ciudadanos unidos podemos…


—…y bueno, a ti que puedo contarte todo, ¿cómo ves que acabamos en un hotelito del centro, atrás de la catedral? —De no ver en ese instante la tristeza en su rostro hubiera empezado a salivar como perro de Pavlov, porque cuando Tanga cuenta sus andanzas, yo la puedo ver empapada de sudor moviendo las caderas, cabalgando sobre su galán en turno—. Entre besos y caricias, el tipo me desvistió y cuando me di cuenta, el muy cabrón, esposó mi tobillo a la cama.


—¿Qué hiciste?


—Entré en pánico. Le comencé a gritar que me soltara; que me diera la llave, que no era chistoso, pero él me tapó la boca y amenazador, me dijo que me calmara, que era sólo un juego, que me acordara… él y yo queríamos un México mejor; que no me olvidara que estábamos del mismo lado. Sentí pavor, y decidí tratar de seguir con su juego y reírme un poco. Efectivamente, mi pie esposado le daba a nuestra cogida un factor nuevo, pero no aguanté ni dos minutos cuando asustada, llorando le supliqué que me soltara, que estaba incómoda, y que se encabrona, el hijo de puta.


Me quedo petrificada, ¿cómo se había metido en ésa?


—El juego terminó cuando por fin se vino en mí, entonces la sacó y el condón estaba hecho mierda, totalmente roto.


—¿Qué te pasa, Tanga?, tienes que cuidarte más; estás toda descompuesta —me oigo decirle yo a mi amiga. Ella suelta el llanto, solloza fuerte y me dice que tiene miedo. La cerco con todo el cariño y el amor que le tengo. Me siento en su silla para consolar su llanto, la abrazo y dejo que lluevan  sus ojos sobre mí. Yo quiero decirle que no va a pasar nada, que en tres meses se hará los exámenes y verá que no hubo contagio. Que María está en plena adolescencia, que ella no puede ser tan descuidada y que tiene que trabajar mucho en su persona. Pero Tanga se desmorona y a mí no me salen las palabras.

Abrazo a Tanga y abrazo a la vez a un México jodido, cínico y descuidado. Abro los ojos y me doy cuenta que Tláloc y yo estamos también llorando.

lachulanga@gmail.com

 

Sico