Nora Emilia / 11 - Septiembre - 08
Agujetas desabrochadas
Divorciada y con dos hijas quedé de verme en Coyoacan con el escritor de grandes manos que me llama de vez en vez. Él sabe que si me manda un mensajito al celular preguntando “¿Cuándo?”, me pone húmeda. Así que, sentada en un café, me subí un poco la falda, me pinté los labios y esperé a que llegara. Conforme pasaban los minutos comencé a desear con toda el alma que mi amigo escritor fuera un personaje imaginario y no el imbécil que me estaba plantando desde hacía más de 45 minutos.
Un grupo de ocho escuchaba leer a una chava como de 21. Cuando terminó, opinaron todos al mismo tiempo.
—Vamos con orden, así no se puede —gritó uno de bigote—. El cuento me hizo recordar una sensación que había olvidado.
—Es un texto que traspasa la realidad —dijo una señora—. Estás mezclando sensaciones reales con deseos del personaje.
—Raya en lo fantástico —gritó uno de ojos verdes que no me quitaba la mirada de encima.
Le pregunté al mesero si esos tipos no se callaban nunca y me explicó que son ex alumnos del profesor Ramírez Heredia, que se juntan los martes a las 6 y después de las 8 van llegando de poco a poco.
Un tal Juan, que estaba en la cabecera, dijo que el momento en que la personaja escucha el timbre, olvida el peso de la mochila y empieza a sentir frío, es exactamente como cuando se chinga él una botella de vino y empieza a Agujetas desabrochadas perder contacto con la realidad.
—Exacto —dijo la que supuse era la autora—, yo quería trasgredir el límite entre la realidad y la fantasía.
Pedí otra chela y pensé en mí trasgrediendo ese límite. Me paré al baño. El de ojos verdes me siguió con la mirada.
Cuando regresé encontré el cuento tirado junto a mi lugar. Sin permiso lo leí:
Agujetas desabrochadas
Jimena Hernández Alcalá
Me subo la falda gris oxford y le aplico lip-stick a mis labios esperando que hoy sí me voltee a ver.
Ahí está, como siempre en la esquina opuesta, recargado contra la pared; usa la
misma ropa de todos los días: pantalones deslavados y playera azul metálico. Le
sonrío, él parece regresar de un sueño para devolver el gesto, esta respuesta me
lleva a esconder la cara. ¡No puede ser! Es la primera vez que me hace caso y
yo lo evito. Sin dejar de caminar giro la cabeza, descubro que me mira, saluda
con una mano y espero que el saludo sea para mí. Hace un movimiento con
sus dedos, como si pidiera que me acerque, estoy segura de que es a mí a
quien se dirige, nadie más le presta atención. Reviso mi reloj, 7:04, tengo clase
en seis minutos, ni modo, no estaré durante la primera hora, de todas maneras
no hice la tarea.
Cruzo la calle y siento como si el peso de mi mochila desapareciera, nos recibimos el uno al otro con un “Hola”. Él me abraza, acerca sus labios a mi oído y susurra: “Escóndeme lejos.” Luego de contemplar mis ojos interrogantes, continúa: “Me quieren matar.” No le puedo creer, nada en su rostro indica angustia, sostiene una inmutable sonrisa, sin embargo, no quiero saber la verdad, sólo busco un pretexto para estar con él. Le pido que me siga mientras escucho cómo el timbre de la escuela se apaga. Él toma mi mano y el contacto eriza los vellos de mi brazo, sus dedos están helados. Así recorremos aceras llenas de árboles enanos, calles vacías, semáforos en verde… me pierdo observando el paisaje, no sé hacia dónde vamos, aún así camino, espero encontrar alguna calle, un señalamiento familiar.
Doblamos en una esquina hacia la derecha y vemos dibujarse una avenida de adoquines amarillos, como si perteneciera a El Mago de Oz, a sus costados se enciman edificios con palmeras en los balcones y puertas de contornos irregulares; en el cielo los rayos del sol están a centímetros de incendiarlo todo, mientras las nubes se encuentran estáticas.
Como si él hubiera recordado algo, se detiene para decir: “Aquí no es seguro,
escóndeme en donde tú conozcas… en tu escuela.”
Antes de poder darle una respuesta (seguramente afirmativa) él empieza a
correr en dirección contraria a la que llevábamos, me cuesta trabajo seguirlo,
mis pasos chocan contra sus tenis, piso una de sus agujetas desatadas,
las cuales, a pesar del movimiento, permanecen rígidas en el aire y caen
rectas sobre el asfalto como todo su zapato. Él no se tropieza, su brazo
izquierdo, a pesar de ser más largo que el otro, se balancea al ritmo de sus
pies.
Llegamos al crucero de la escuela, donde un hombre sostiene una brocha frente a nosotros. Trato de esquivarlo con la misma velocidad con la que corrimos por cuadras, cruzo la calle, pierdo la sensación que me daba su mano en la mía y recupero el peso de la mochila. Vuelvo la mirada y del otro lado el chico ha desaparecido. Termino mi carrera, sobre el muro de concreto sólo se distingue el amarillo de la avenida que se pierde bajo pintura blanca.
Noté que a la que llamaban Jimena buscaba sus hojas. Quise decirle que me sentí en su cuento, ella me miró, lo entendió así y me dijo con los ojos que podía quedármelo.
—¿Te gusta la literatura?
—Sí, mucho —contesté justificando mi intromisión en su cuento.
—Ven al taller que tenemos en la Casa de la Cultura de Coyoacán, los martes a las seis.
Volteé a ver al de ojos verdes y dije que lo pensaría.
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