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Nora Emilia / 18 - Septiembre - 08

Úrsula en el jardín de mi Delicias

Divorciada y con dos hijas, aprovechando el puente,me fui a Chihuahua a conocer a Damián Álvarez. Mi amiga Andrea, la arquitecta, desea adquirir unas piezas del chihuahuense, que al parecer la dejaron pasmada.


—Vi los lienzos de unos desnudos femeninos de perfectas dimensiones, de carnosos y sensuales labios y un porte refinado —me contó Andrea—. Al parecer el pintor no los quiere vender; salió con que son de su colección particular.


Decidida a hacerlo cambiar de opinión y dispuesta a constatar si el tal Álvarez era o no un descubrimiento en el arte plástico, me trasladé a Chihuahua con el pretexto de un viaje de negocios. Me sorprendió la calidez de su gente y los bellísimos edificios de otras épocas. Visité la plaza en que reposa la cruz en memoria de las muertas de Juárez y la Quinta Gameros, típicamente art nouveau.


Sin ganas de dormir, me metí a un barecito después de agasajarme con un filete término medio y un vinito tinto. El discurso de la mujer en la mesa vecina, quien tenía el look de una artista europea de los años sesentas, llegó hasta mis oídos y me sorprendió, cuando atrevida, apoyó su pie en la silla, se inclinó hasta que el contorno de sus senos se asomó para ver la expresión de su interlocutor y en voz alta dijo: —No jodas, Rogelito, no vine a echar desmadre, vine a visitar a mi gente. Quedamos sólo en platicar, ¿no?, búscale por ahí una que te siga el paso… Mira, ahí está ésa, llégale —y su dedo índice me apuntó a mí.


El tipo, que no estaba nada mal, me miró con cierto bochorno y ella que se dio cuenta, arremetió:


—Ora sí, resulta que te arrugaste bato, tons' qué, ¿no que muy girito?
La actitud de la mujer hizo que el tipo se fuera a la barra. Yo iba a decirle que no me metiera en sus líos, pero apenas me le acerqué dijo en tono alegre:


—Ese güey no entiende… perdona el atrevimiento. Te invito un sotol

—después de ese primer trago, las dos nos dimos cuenta que estábamos cortadas con la misma tijera—. Reventadas y cabronas, ¿verdad?

—brindamos, pedimos otro. Comenzamos a contarnos intimidades. Su nombre era Delicias, pero prefería que le llamara Delis.


—No te imaginas la friega de cargar con un nombre como el mío —me decía viéndome a los ojos—, desde que andaba en primaria me albureaban. Mira… ahí si un día te quieres enterar —sacó un libro de su bolso y en sus palabras se instaló la nostalgia—, aquí está buena parte de mi vida. Esto lo escribió uno que se prendó a muerte de mí cuando los dos éramos jovencillos. Era del de-efe, ahí nos conocimos… Yo por ese tiempo la andaba pendejeando en serio por tu tierra… Si alguna vez lees esto, no más no te vayas a espantar.


Le regalé una sonrisa cómplice y halagué la portada del libro que exhibía una porción del tríptico El jardín de las Delicias, de El Bosco. Por supuesto que se me antojó devorarme la historia de una mujer con esa estampa. Delicias me tenía con la boca abierta, no nada más por la belleza que conservaba a pesar de ser ya una mujer madura, sino por su sinceridad; me transmitía lo que es ser una hembra de pies a cabeza.
Un grupo norteño comenzó a tocar. Nos pusimos a bailar y pronto se arrimaron dos franceses medio rucos que ni pelamos. El Rogelito con el que ella llegó, mandó a pedir limpiaran la mesa que estaba en el centro y retó a Delicias a que se subiera a bailar ahí.


—Vamos a recordar viejos tiempos —dijo ella y se trepó a esa mesa a bailar dominando las miradas de todos en el lugar. Yo también me quedé pendeja; el viaje de negocios se estaba transformando en placer. Al observarla, la pregunta de si la libertad es la que debe mandar en nuestras acciones me perseguía. ¿Será cosa de saber cómo equilibrar inteligencia con libertad?


Al poco rato me subí al improvisado estrado y le dimos rienda suelta al baile. Primero fue La Jesusita en Chihuahua, luego Camelia la Tejana y quién sabe cuántas otras más. Ansiosos, muchos celulares guardaban nuestra imagen en sus pantallas.


Los franchutes nos quisieron invitar otra ronda, como no aceptamos se pusieron pesados; ella los mandó al diablo y decidimos irnos. Rogelito se acercó a despedir, insistía en que me quedara, que yo tenía que conocer las Barrancas del Cobre... pero la Delicias me aconsejó frente a él que no perdiera mi tiempo.


Cuando abandonamos el lugar andábamos medio jarras. Caminamos hablando de cosas nuestras y nos despedimos como si nos conociéramos hace muchos años. Tomó un taxi desde mi hotel y entre una cosa y otra, me quedé con su libro. Leí el título: “Úrsula en el jardín de mi Delicias”, acaricié la portada y decidí guardar su lectura para el autobús de regreso.
Desvelada, cruda y con dolor de cabeza al día siguiente, me arreglé como pude para llegar puntual a la cita con Álvarez y cumplir con el objetivo del viaje.


No perdió oportunidad de ofrecerme un sotol. A pesar de ir girando lo acepté. Su obra no se me hizo maravillosa hasta que la encontré a ella. Entonces vi a la Delicias desnuda en plena juventud plasmada en un enorme lienzo. Bellísima y sobre todo, natural.

Me quedé sentada frente a los cuadros oyendo al pintor hablar de sus técnicas, su evolución, de los artistas que lo inspiran y de su colección particular, pero inevitablemente, sus palabras, una y otra vez, regresaban a ella.

 

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