Nora Emilia / 25 - Septiembre - 08
Mi abuela
Divorciada y con dos hijas, o casada y con hijas, ahora qué más da… hace un año que vengo, que voy, que si el asalto, que si el mercado, que la graduación, que si el nuevo galán, que si la lluvia y el tráfico, que si el escritor, MiDoctor o las vacaciones. Entre que si fue puente o fiestas patrias y entre todo el ruido y el ajetreo, silenciosamente se paró el tiempo, murió mi abuela y se fue por siempre.
La noticia me llegó de poco a poco al despertar el jueves.
Amaneció perfecta, abrió las cortinas, se quejó del dolor de cabeza y cuando Malena salió de la cocina la encontró en el piso desmayada.
Rápido llamó, rápido un doctor, rápido una embolia cerebral y dos horas después, ya estaba muerta. Así. ¿Habrá una forma de morir mejor que ésa? Sentí el frío de sus manos; me quedé muda. Ahora que pienso en esos minutos estoy casi segura que habría quizás podido escucharme. No me di cuenta de lo que estaba pasando cuando sucedió. El vacío de su ausencia fue ahondando mi interior. Cubrimos su rostro, toqué sus manos y el frío, todavía más frío, me recordó que ella ya no estaba ahí. Una parvada de pajaritos me distrajo y entonces deseé con toda el alma que estuviera con ellos volando, que en esta nueva dimensión su ser pueda volar y sea una pajarita libre, y que pueda pasear a su antojo por prados y montañas, y ahora se encuentre lejos del cuerpo que sólo le estorbaba.
Su casa se transformó en paredes. El gato se quedó huérfano. Su tocador quieto. Nuestras voces se transformaron en murmullos. Nuestro llanto en abandono. Nuestros ojos en sin remedio.
Y es que cada vez que llegaba yo a su lado era como poner una pausa en mi existencia, un paréntesis en el ajetreo cotidiano. Quizás era su lentitud lo que la hacía tan imponente; me transformaba a un sin tiempo, porque en la velocidad sólo siento las ganas de seguir acumulando, la prontitud no deja disfrutar lo que ya se ha ganado… va uno tan rápido y se duerme tan cansado que hace tiempo que no me miro en el espejo.
Mi Marcela linda se fue marchitando de poco a poco, su tristeza sosegada y muda se le podía leer en la mirada, en la postura, en sus ojos llorosos y su expresión neutra. Reginita, en cambio, sollozaba hasta las lágrimas medio minuto y se calmaba tres; volvía a llorar su tristeza, se abrazaba fuerte a mí y nos hacía volver a llorar a todos con esa desolación estridente que tenía que sacar para que no le quemara el pecho.
Cuando muere alguien el tiempo se nos detiene. Llega el abismo de la pérdida sin remedio; ¿cómo no me di tiempo de visitarla más a menudo? Me sentí descobijada, furiosa conmigo.
Entre sus cositas encontré un diario que todavía no me atrevo a abrir, un montón de fotos en las que en la parte posterior se puede leer la fecha, los nombres y un pensamiento. Encontré también los apuntes que consultaba de su maestro Krishnamurti y la foto de todos los nietos que tomamos en su último cumpleaños. La tía Laura puso la música clásica que acostumbraban oír. Las notas llenaron los huecos y el silencio se hizo menos estorboso.
Me quedé mirando las fotos que coleccionaba junto al buró. Sus tesoros, sus cartas, sus recuerdos. Atrevida, abrí un cajón y una hojita con su letra saltó a mis manos: “El comprender sin distorsión alguna lo que realmente somos, es el principio de la virtud. La virtud es esencial, porque ella nos brinda libertad. JidduKrishnamurti ". Tomé la nota, la doble con cuidado y me sentí con el derecho de conservarla. Sin que nadie me viera la guardé en mi brassier, justamente en mi pecho izquierdo. Traté de grabarme la frase de su maestro en mi mente y de tenerla a ella más cerca de mi corazón. Ella sí se conocía, ¿me conozco yo? El principio de la virtud.
Toda la familia comenzó a llegar. Me da risa pensar cuánto le hubiera gustado a ella estar aquí; comer nieve de zapote, escuchar declamar a Irma, contar chistes a mi prima y darle lata a mi mamá.
—No supe cuál era el color preferido de la Bisa —me dijo asombrada mi hija— y ya nunca lo voy a saber —comenzó a llorar Regina y nos abrazamos de nuevo. Le dije con lágrimas en los ojos que hay otras cosas que sí sabemos y que yo le voy a contar todas las que me sé, pero al tiempo me estaba haciendo a la idea de que no la voy a ver más y que se llevó con ella secretos que nos hubiera gustado compartir. Se nos fue. Se me fue y yo me la perdí a sabiendas que se estaba yendo.
Quiero convencerme que los seres que se van se llevan una parte nuestra y que uno se queda con una parte de ellos; que ahora la llevo dentro… así, como si nos fuéramos convirtiendo en pedazos de muchos seres queridos.
Van dos días que en la regadera lloro la pérdida, termino hecha un mar de lágrimas con el cuerpo todo bañado en agua. Pienso en ella y siempre veo luz. Me pongo contenta. Recuerdo que decía que ella ya estaba viviendo de más; que la muerte se había olvidado de recogerla.
Quizás la neurosis en la que estamos todos enredados y que está adornada de compromisos, deberes, fiestas y tanta cosa irrelevante, tenga mucho que ver con el sentimiento de que cada uno de nosotros tiene a un viejo abandonado y lleno de sabiduría esperando a que lo visiten para contar historias que si no te apuras nunca vas a conocer.
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