Nora Emilia / 2 - Octubre - 08
A mi mamá sí, a mi mamá sí
Divorciada y con dos hijas andaba yo de malas. La vecina del departamento de arriba tiene su terraza llena de humedades que se filtran por mi techo. Su actitud es amable, pero muy a sus tiempos, decidió esperar a que pasaran las lluvias para comenzar a impermeabilizar. Por suerte, esta semana ya andamos de cielo azul y las lluvias comenzaron a cesar; parece que a Tláloc se le está pasando la tentación de acabar con todos nosotros en un diluvio.
—Ahora sí que las dos andamos desganadas —le dije a mi amiga un tanto depre por teléfono. Y es que yo seguía con lo de la pérdida de mi abuela a flor de piel y Tanga todavía no podía quitarse de la cabeza el susto del condón que se le rompió el día de la marcha al imbécil que le ató el tobillo a la cama.
—Definitivamente este 2008 ha sido el año en el que peor vida sexual he tenido. Ando desilusionada de los hombres, de las relaciones y de las aventuras; ya me hice un examen de SIDA y todo salió bien; ahora tengo que hacerme otro en dos meses y otro más, tres meses después del último para saberme totalmente limpia —acabamos hablando de nuestros miedos, de si estamos ya rucas, de lo duro que es ver a nuestros padres envejecer y de lo solos que estamos todos.
Colgamos, pero yo no me quería dormir, Marcela había ido a una fiesta y estaba esperando con ansias a que regresara, así que me abrigué con un poncho y aprovechando que no llovía, salí valiente a sentir el fresco de la noche con Astro, mi labrador chocolate. Lo mejor que me había pasado esta semana era que MiDoctor llamara para invitarme a Colima el mes de noviembre. A parte de que es un estado de la República que no conozco, me encanta la idea de pasar unos días cerquita de él; los correos y las llamadas no sustituyen su abrigo, especialmente por las noches. Adoro dormir a su lado y todavía más, despertar de madrugada y descubrirlo cerca. En el instante en que me doy cuenta que MiDoctor está a mi lado, me desnudo los pechos y me abrazo al calor de la piel de su espalda; me meto a sus sueños para que él acaricie mis piernas, busque mi sexo y comience nuestra danza matutina de caricias y ronroneos hasta quedar entrelazados y otra vez dormidos, o bien, echarnos un feliz mañanero que a los dos nos mantenga en estado zen todo el día.
Cuando entré a mi casa me agarró de sobresalto la llamada de Marcela.
—Cristina se puso mal, má. Estábamos en la fiesta y comenzó con que no sentía las piernas. Me dijo que le llamara a su mamá. Estoy asustada. Estamos en el hospital.
—¿Qué pasó?, ¿en qué hospital?
—Está inconsciente —comenzó a llorar Marcela— Oí decir que igual se intoxicó; parece que el alcohol estaba adulterado.
—Voy para allá —le dije y apurada me metí en un pantalón.
He hablado con mi hija mil veces sobre el alcohol, sabe que no debe mezclar, que si va a tomar, lo mejor es pedir una cerveza que abran justo frente a ella; soy de las que pienso que debe de haber una educación activa en torno al alcohol, en lugar de nada más prohibirlo y convertirlo en tremenda tentación, pero adulterarlo rompe cualquier esquema. Sentí coraje por el mundo que estamos construyendo, por la sociedad irresponsable de la que formamos parte y entendí por qué Tláloc nos querría ahogar a todos.
Me fui deseando todo el camino que Cristina se pusiera bien. Cuando llegué al hospital encontré a mi hija sentada sola en la sala de espera; su amiga había llegado en calidad de bulto al hospital. Nos abrazamos y ella se soltó a llorar.
—Te juro, má, que se tomó dos shots de vodka y una cuba. Todo el tiempo estuvimos juntas, no nos separamos ni para ir al baño. De pronto Cristi empezó con que no sentía las piernas. Yo pensé que estaba bromeando, pero se dejó caer sobre mí. “No siento las piernas”, comenzó a repetir, “no siento mis piernas”. Entonces unos idiotas se comenzaron a burlar. La caminé sola hasta la puerta, pero cada vez estaba más pálida; un chavo me ayudó a llevarla fuera y dijo que la dejáramos en un cuarto, que segurito se le pasaría en un rato, que no le habláramos ni a sus papás, ni a nadie, entonces Cristina empezó a gritar: “a mi mamá sí, a mi mamá sí”. Yo la llamé y nos vinimos directo para acá.
Salieron los padres de Cristina. Nos contaron que en el examen toxicológico de sangre no salió nada, que con suero y oxígeno Cristina reaccionó; otra chava llegó congestionada de alcohol de la misma fiesta.
Después de saber que las dos estaban bien, Marcela y yo nos fuimos a casa. La experiencia de lo que acababa de vivir no necesitaba que me pusiera yo a darle un sermón, sólo le hice ver que no se debe mezclar y que dos shots de vodka y una cuba era mucho alcohol para una chava de 15 años. El susto que se había llevado todavía lo traía pintado en la cara.
—Marcela, ¿si alguna vez te pones mal, vas a pedir que llamen a tu mamá como lo hizo Cristina, verdad? —le pregunté cuando vino a mi cuarto a darme las buenas noches.
—A mi mamá sí, a mi mamá sí —dijo Marce reproduciendo las palabras de su amiga.
—Más te vale —le dije seria y la invité a dormir conmigo; lo que más quería era tenerla cerca. Desperté de madrugada y la cobijé con todo mi cariño; quise imaginar que en el mundo horroroso y adulterado que estamos construyendo, hay muchos nidos donde todavía impera el amor y la confianza.
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