Nora Emilia / 9 - Octubre - 08
El Ostión
Divorciada y con dos hijas recibí una llamada rápida y un tanto telegráfica. El amigo de Don Nacho, mi voceador, ése al que le gusta leer historias cachondas y que me llevó a una cena un tanto depravada hace más o menos un año, me llamó de pronto y así, de la nada, me invitó a una fiesta que me sonó deliciosamente aterradora. Hace meses que no sabía nada de él, y la última vez que salimos juntos yo quedé un tanto espantada, le hice mil preguntas que nunca contestó con claridad y ninguno de los dos volvió a llamar, yo creo que más bien le di hueva.
Y es que tiene un grupo de amigos que se ponen muy liberales cuando se reúnen. Parecen todos tan normales que exactamente ahí fue donde aprendí que entre la salud mental y la locura hay una brecha mucho muy delgada; cada uno tiene sus manías, pero unas, sin duda, son más tremendas que otras.
El amigo de Don Nacho llegó por mí extremadamente puntual. Me despedí de las niñas con una mezcla de culpa y bienestar en el corazón: el fin de semana que ellas pasarían con su padre, su madre se estaba yendo a un reventón bastante retorcido con seis condones SICO en la bolsa y con la certeza de que iba a vivir historias nuevas y delirantes que se le iban a quedar por un tiempo largo, a flor de piel.
Y sí, eso era lo que necesitaba justamente en ese momento. Lo gris de la ciudad, las lluvias, tanta angustia y las malas noticias me estaban contaminando hasta la médula y ahora, en cambio, me estaban invitando a una ceremonia de amor y fraternidad al prójimo. Así es como me lo dijo el amigo de Don Nacho por teléfono y así, con un beso húmedo y atrevido en los labios, acercándome atrevido a su cintura, me saludó y me presentó a un chavo que venía con él al que le llamaban “El Ostión”. Cuando me dijo que la fiesta era en una como hacienda, fuera de la ciudad, camino al nevado de Toluca, les hablé de Tanga y sin el menor inconveniente pasamos por ella.
Tanga se enganchó por completo. Quería compartir el rollo de una fiesta en la que todos pueden besarse con todos, acariciarse un poco y probar que nadie pertenece a nadie.
—Siempre he querido trabajar el desapego y mejor momento que ahora en el que no estoy apegada a nadie. ¿Por qué te has tardado tanto en invitarme a tus desmadres, cabrona? —me preguntó Tanga un tanto reclamosa cuando llegamos por ella. No quise decirle que estas invitaciones son poco frecuentes. Más bien la llené de misterios y le dije que íbamos a ver si acababa siendo tan liberal como presumía.
—Me gusta al que le dicen “El Ostión” —me dijo en secreto—. Para mí es perfecto, los guapos, últimamente, me despiertan desconfianza —se contestó sola y nos fuimos escuchando el resto del camino al amigo de don Nacho. Nos contaba que ésta iba a ser una fiesta con las mismas parejas de aquel entonces y mucha gente más. Que desde hace siglos, en muchas civilizaciones hay una danza de amor y agradecimiento del hombre a los ciclos de la naturaleza.
—Y mientras los ciclos de la naturaleza se den —nos decía muy serio—, va a seguir vivo el homo sapiens.
Yo, disimulada, le pasé a Tanga dos de mis seis condones y ella me mostró en el interior de su bolsa que traía un SICO-paquete, ella también.
Llegamos a la hacienda y nos registramos como si fuera un hotel. Entonces las cosas comenzaron a ocurrir. El cuarto tenía un arreglo floral combinado con paletas de chocolate en forma de pene y vibradores. El amigo de Don Nacho sacó una maleta cuadrada y enorme llena de disfraces absurdos y los cuatro comenzamos a ponernos sombreros, bufandas, medias caladas y orejas de pantera. Ellos dos estuvieron listos mucho antes que nosotras, así que nos quedamos en el cuarto a nuestras anchas arreglándonos con pinturas de piel y artefactos que encontramos en el baño.
Gente de todas las edades deambulaba por la hacienda. El antifaz de plumas verde que encontré en la maleta le daba un toque perfecto a mi rostro. No sé yo, pero decir que Tanga se veía atrevida, es poco.
Frutas exóticas, música regué, pescado con papaya, puré de camote, blusas de colores y muchos tipos de ron, aparecían por todos lados. Hasta el sabor a mar, sentí de pronto en mi piel. Dos jamaiquinos, de esos que tienen todo grande, nos invitaron a bailar. Soltaron nuestros cuerpos a fuerza de moverlos a su antojo. Veinte minutos después, cuando terminó una rola, toda sudada, me fui a sentar. Tanga se quedó en la pista bailando con El Ostión, y el amigo de don Nacho, con la mujer de un tipo barbón que conocí yo aquel día.
Comencé a sentirme un tanto sola. Me metí a una cabina como de avión a tratar de sacar un disco, mi falda se levantó y mi pierna izquierda se quedó fuera, desnuda y totalmente expuesta en la puerta. Pude percibir lo ojos enganchados de un hombre queriendo acariciar mis muslos. Sentí después su mano y entonces puse la mía encima de la de él, pude vivir la lentitud con que comenzó a estudiar la textura de mi piel. Cuando me animé a voltear, encontré el rostro de un ser totalmente desconocido. Me sonrió.
—Qué rica piel tienes. Desde hace meses que quiero sentirla —no me atreví a soltarlo. Bajé de la cabina, pegué mi espalda a su pecho y lo tomé de la otra mano—. No sabes cómo le he insistido para que te volviera a invitar —acarició mis piernas muchas veces y cuando pude, le pregunté su nombre.
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