Nora Emilia / 15 - Octubre - 08
Geología humana
Divorciada y con dos hijas tenía pesadillas en torno a la fiesta que acababa de vivir, pero bien prefería esas imágenes de excentricidad, los monstruos de carnaval y la pérdida de todo control racional llenos de sensaciones, a los paros de maestros, las devaluaciones y la crisis empresarial que está dejando sin trabajo a tanta gente y que hoy retumba por todos lados.
El hombre que me había acariciado las piernas por sorpresa resultó ser un geólogo mucho mayor que yo. Tenía el pelo canoso, pero en sus ojos podía leerse el vigor y fuerza de un hombre sano y anticuadamente atrevido.
Lo que me retenía a su lado era la calma con la que me iba enamorando, la serenidad con que me explicaba que se sentía atraído a mí como la fuerza de gravedad que nos atrae a la tierra. Me hablaba de un universo enorme de almas en las que unas se atraen sin remedio a otras. Decía que él, ahora, en lo que le resta de vida, lo único que busca es pasión; que el mundo se está yendo a la mierda por la falta de pasión.
—El hombre está confundido por la avaricia buscando satisfacer al animal que lleva por fuera, acumulando riquezas sin darse cuenta que carga un espíritu hambriento de emociones y cualquier acto se vuelve banal sin la pasión interna que un ser siente por otro… —yo lo escuchaba extasiada. El hombre me seducía por la forma en que me estudiaba con los ojos; quería retenerme en su mirada, me hacía cada vez más suya sin dejarme opción y nos reíamos de cómo perdía, sin querer, el hilo de nuestra plática. Lo veía ponerse serio, se chiveaba y pedía que lo disculpara— …¿sabes?, soy lento y poco atrevido, soy un hombre de otra época, pero créeme, me siento extasiado contigo sólo por el hecho de sentir a una mujer como tú a mi lado —y claro que yo lo disculpaba, le agradecía en silencio que no tratara de meterme mano, me gustaba que se mantuviera distante con esa elegancia, que acariciara mis labios con su índice y me dijera que quería grabarse la forma de mi boca para dibujarla por siempre. Me quitaba el antifaz verde para acariciar luego mis pómulos y pedía permiso para levantar mi cabello, sentir con su nariz mi cuello y olfatearme poco a poco.
En lo que hacía lo suyo me recargué en un barandal y a lo lejos apareció Tanga quien ya fajaba bailando alegre con “El Ostión”. Vi también cómo una pelirroja de vestido largo como de leopardo, entretejido por los lados, que dejaba ver con obviedad que no traía calzones, se entremetió entre ellos y fajaba bailando alegre también con él. La dificultad de compartir a su pareja, cuando todavía no era suya, no era un trabajo complicado para Tanga, pero de lejos noté cómo empezaba un juego de rivalidades, hasta que la pelirroja comenzó a bailar nada más con mi amiga. Dejaron entonces al “Ostión” a un lado para manejar la situación como un par de leonas negociando al macho. La mujer de aura roja y las ganas de mi amiga de quedarse como la mera mera chica del Ostión, entraron en juego. Excitada, me salí del mundo de Tanga y entré al mío, yo estaba convencida de que mi noche todavía no empezaba, que me faltaba por entender todo acerca de la geología y la pasión.
El frío natural de la noche, cerca del nevado de Toluca, incitaba a que te pusieras a bailar o a que te cubrieras con las deliciosas cobijitas que los anfitriones dejaron cerca. Yo opté por la segunda opción porque no quería romper la intimidad y sí la pasividad del geólogo que me estaba invitando a tomar yo la iniciativa de acercar mis senos a sus manos, mis labios a los suyos y conocer de una buena vez si su deseo estaba traducido en erección. Entonces llegó una mujer también mayor y se sentó cerca de él con total naturalidad. Traía con ella dos ponches humeantes en tarros y me ofreció uno mientras que ella tomaba del mismo que MI novio en turno.
La plática se desvió hacia la fuerza que existe entre dos piedras que viven por mucho tiempo cerca, de cómo se mancuernan y cómo se repelen, de cómo a veces se necesita de un gran temblor que lo mueva todo y lo acomode, entonces entendí que esa mujer era su esposa, que la propuesta de jugar la incluía a ella también y no me quedaba claro si sería espectadora o si jugaría con nosotros; si estaba yo en medio de un juego perverso, en una trampa de maniáticos sexuales o si era ésta la posibilidad más púdica y real de una mujer enamorada de hacerle realidad a su hombre la fantasía de estar en una cama con dos leonas.
Ser parte de una pequeña o grande orgia simbolizaba en mí, y seguramente en ellos, un fuerte temblor con deseo de cambio. Las ganas de huir de la trivialidad me estaban llevando a una trivialidad más profunda, la de la vida instintiva. Una manifestación regresiva, un retorno al caos con desenfreno, la pérdida de todo control racional y por otro lado, a una suerte de retorno a la fuente.
Sentía cómo esa mujer de edad se acercaba con cautela y cómo ese hombre, que me había seducido con su deseo, tenía una urgencia de salir de la cotidianidad sin engaños ni mentiras, sino en total complicidad. Necesitaban ellos y yo también, un violento temblor con deseo de cambio inspirado en las ganas de huir de lo acostumbrado. Así pues, nos orientamos los tres por un camino no trivial hacia una existencia renovada.
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