banner


HistoriasReseñasPodcast

Nora Emilia / 23 - Octubre - 08

Plantas de poder

Divorciada y con dos hijas, todavía bostezando, tomé la botellita de agua que dejo todas las noches a mi alcance y sedienta me la bebí toda de un jalón. Eran las 5:23 de la mañana y yo todavía tenía ganas de dormir. Las madrugadas en soledad pueden ser terriblemente frías, pero yo estaba cobijaba con el calor que dejan los recuerdos de una noche de fiesta.

A diferencia de Tanga, quien, muy a su estilo, tiene ahora una relación mimetizada con el “Ostión”, yo, al geólogo, no lo había vuelto a ver, ni conservaba sus datos, ni siquiera tenía la certeza de querer saber más de él; pero soñar despierta con la fiesta se había convertido en una tremenda fijación.

Saboreaba acordarme de cómo bailando me levantaba la falda con los índices de poco a poco hasta que quedaba una mini-mini como las que usaba yo en la prepa. Sí; la timidez y la lentitud del geólogo y de su mujer me hacían volverme exhibicionista y rápida. Su no-tocarme, más que con los ojos, me incitaba a enseñar más y más. A pesar del frío, yo me sentía acalorada porque no había dejado de bailar, de retorcerme en ganas, de reventar con la música como exorcizando las cadenas que nos atan, hasta que exhausta y con ganas de perderme de su mirada, huí a la terraza donde estaban los fumadores.

Por ahí encontré a Tanga entre-lanzada con el “Ostión”, pero un grupito como de ocho llamó mi atención y me fui directo a conocerlos. En el centro había un barbón, de ojos azules, con aires de chaman, que poseía una gran pipa de vidrio que despedía olor a mariguana. En lo que iba ofreciendo caladas, daba una cátedra que escuché con atención. Sin interrumpirlo me aveciné de poco a poco y cuando me di cuenta ya estaba yo parada en la fila.

—…las plantas en general simbolizan la energía solar condensada; de ahí sus propiedades curativas o venenosas y su empleo en la magia. Son poderosos maestros de cuidado. Ésta planta que fumamos —dijo viéndome a los ojos, poniendo la pipa en mi boca y prendiéndola con un encendedor— es para mí un don del cielo, “raíz de la vida”, aliada de cuidado que crece en nuestra tierra mexicana y que para recibirla es necesario aprender a utilizarla —en ese instante le di una buena calada y metí en mis pulmones todo el humo posible, lo retuve dentro y cuando ya no aguanté más lo exhalé todo sin la certeza de saber utilizarla. El olor llegó de lleno a mi sentido del olfato y un delicioso flash back sin tiempo cayó en todos los poros de mi piel. La música comenzó a sonar distinto y yo me sentí liviana, impalpable en este mundo tan espeso y terrenal.

Las voces de gente llegaban a mis oídos pero preferí aislarme cuando comencé a sentir que me estaba transformando de mujer a mariposa y que lo que más deseaba era revolotear por todos lados.

“¿Para qué andaba yo metiéndome eso?, ¿qué me habré fumado que andaba yo tan hasta la madre?”, me preguntaba en la cama tratando de reconstruir la historia; y es que a partir de ese momento recuerdo la fiesta como un todo onírico lleno de luces, de velos y de sombras. El poder de introspección que me dio esa noche la planta poderosa me hizo aislarme en un mundo aparte, sentía perfectamente como el aire frío se metía a mis pulmones. Pude ver en los árboles de troncos gruesos, fieles y silenciosos testigos del tiempo, levanté los brazos tratando de imitarlos, estiré los dedos y por un segundo quise pertenecer al reino vegetal y estar firme en la tierra sin más propósito que el de existir. Reviví acostada en mi cama el sentimiento de imaginar que la sabia era mi sangre, mis pies las raíces, mis brazos y mis dedos las ramas; las ideas los frutos y mis sentimientos las flores… sí, yo, a la mitad de la noche con los brazos en alto jugaba a ser un árbol cuando unas manos comenzaron a recorrerme desde la coronilla diciéndome al oído: “sshh, sshh, no voltees, no hables, me gusta la idea de abrazarme a un árbol como tú”. Fascinada de que alguien captara mi esencia momentánea disfruté muchísimo su recorrerme en la inmovilidad reconociendo sobre la ropa mis pechos de madre, mis nalgas firmes y mis muslos tersos. Hasta que comencé a ponerme paranoica y sentí que iba aterrizar en el mal-viaje.

—No voltees, no voltees —volvió a insistirme, pero comencé a incomodarme, quería ir por Tanga, por el amigo de Don Nacho; comencé a sentir miedo. La mariposa que había en mí me hizo volar hacía la fiesta y obediente, sin mirar al hombre que me había manoseado tan rico, me mezclé entre la música y el baile y con las alas grandes y púrpuras que la planta me había puesto a los costados, revoloteé por todo el sitio buscando a mis conocidos repitiéndome que todo está bien hasta que me topé de frente con Tanga. Ella, no hacía más que contarme maravillas del “Ostión” pero la música y el aturdimiento no me dejaron platicar; bailamos hasta que me agarró la pálida. La siguiente escena que recuerdo, estaba amaneciendo e íbamos todos de regreso. Yo me quedé completamente jetona en el coche.

En la cama de madrugada, esbocé una sonrisa traviesa y melodiosa. Me recordé dando brincos, agradeciendo un cielo despejado. En una misma noche yo mariposa, árbol y mujer, portándome mal, alucinando todavía con un hombre sin rostro, girando feliz con una dosis de vale madrismo, pero siempre, bien cuidada por los míos.

 

 

lachulanga@gmail.com

 

Sico