Nora Emilia / 13 - Noviembre - 08
Tijereteando
Divorciada y con dos hijas, empaqué emocionada y viajé a la ciudad de Colima para encontrarme, por fin, con MiDoctor quien me invitó a otra de las jornadas quirúrgicas de AMAOIR que realiza con especialistas que alivian enfermedades del oído y a las que ya lo he acompañado otras veces.
Hasta que lo vi frente a mí, me di cuenta que la conversación de la semana pasada con Tanga seguía, no nada más presente en mi cabeza, sino también en mi piel. La voz de mi amiga sacó de mi interior una calentura eufórica que no me conocía. Sí, antes de saludarlo, clamé sus caricias, lo acosté y lo desvestí asegurándole que no tenía apetito; por supuesto que MiDoctor me conoce bien y me sabe gozosa, medio depravada y bien-dispuesta a sentirlo por dentro, pero yo estaba distinta, y es que no había podido desahogar las ganas de las imágenes lésbicas que Tanga cinceló en mi mente; bebimos uno del otro energía sin desenfreno hasta quedar exhaustos y bien-saciados.
Después de casi cinco meses de no vernos manteniendo una relación cibernética, me sentía extraña en torno a lo nuestro. Y es que a veces pienso que todo él sucede en mis adentros como si MiDoctor fuera un personaje con el que yo fantaseara; un hombre irreal creado por mi imaginación que baja a la tierra de vez en cuando y se presenta ante mí cada vez en un escenario distinto; un mortal al que yo escucho; que me sorprende; quien con un gesto que desconozco me besa sin permiso y me hace el amor con ganas de poseer mi esencia en un instante. Después de pasar días a su lado acabo siempre enmarañada porque él me muestra a una yo, que sin él, no despierta, y entonces me confundo; sería ridículo pensar que la que no existe sin él, soy yo.
No sé, por ejemplo, nunca antes había pensado en visitar Colima y llegando ahí sentí que me gustaría quedarme para siempre. Me encontré extasiada con la calidez de su gente, me di cuenta que en el de-efe hemos desaprendido la parte básica del cómo ser con los nuestros; perdimos el respeto por los otros y por la calidad de vida que todos deseamos.
La campaña de AMAOIR estaba muy bien coordinada. Autoridades y otorrinos locales estaban en total acoplamiento con la gente de la asociación. Mi aporte cada viaje es distinto. En esta ocasión, repartí todas las tijeras que nos donó Barrilito y con la ayuda de su libro “Tijereteando”, hojas de colores y pegamento, me pasé horas en la sala de espera del Hospital Regional jugando con niños que aguardaban su turno para salir oyendo con un auxiliar auditivo puesto.
—No necesitarás comunicarte verbalmente con ellos, las tijeras son las tijeras —me dijo MiDoctor. Los chavales se fueron acercando a saciar su curiosidad. Hice ejemplos de máscaras de papel picado, después recortamos flores, mariposas y corazones de colores; también pegamos figuras geométricas y pronto se abrió un enorme abanico de posibilidades para jugar y crear tijereteando formas que parecen complicadas, pero que con la ayuda del libro, paso a paso, se volvieron sencillas, tanto que ellos se pusieron a hacer composiciones propias y gracias a las tijeras y al papel, cada uno comenzó a sentirse artista. En la ciudad de Colima los chiquitos me convirtieron en maestra pidiéndome la aprobación de sus trabajos, mientras yo les regalaba las tijeras y ellos a mí, el verlos satisfechos, con sus trabajos bajo el brazo.
El tercer día se sintió mal una de las audiólogas, y me tocó estar todo el día pegada a Sigrid, la terapeuta de AMAOIR, quien me enseñó a explicarles a los pacientes cómo cuidar los auxiliares auditivos, cómo cambiarles las pilas, cómo ponérselos y quitárselos. Nunca hubiera podido imaginar las caritas de sorpresa que hacen los niños cuando escuchan por primera vez, ni ver a sus madres llorar de alegría al mirar que sus hijos reaccionan ante un fuerte aplauso, un golpe en la mesa o un teléfono que suena. Pude ver la sonrisa emocionada de muchos abuelos que extrañan participar de las conversaciones.
—¿Sabe? —acusaba un hombre rudo a su mujer conmigo—, ella me grita todo el tiempo, se la pasa enojada porque cree que no oigo a propósito.
—¿Ahora, sí me oyes? —le preguntó ella a gritos.
—¡Ya no grite, vieja!, ¿Qué no ve que traigo puesto este aparato? ¡Ya la oigo! —le gritó él y todos en el cubículo nos reímos. Otro señor salió con su auxiliar puesto y en la sala le dijo a sus hijas: “A ver, ora sí, pónganse hablar mal de mí”.
En lo que yo trataba de llenar el hueco de la audióloga, me acordaba de MiDoctor insistiendo tantas veces en la importancia de institucionalizar pruebas de audición para todos los recién nacidos del país.
MiDoctor, y otros médicos, reparaban tímpanos y reconstruían orejitas y canales. Conocí a trabajadoras sociales, a estudiantes de medicina y a voluntarios que unen esfuerzos para que estos eventos se aprovechen al máximo.
Como a eso de las ocho, hojeaba el libro de “Tijereteando” en lo que esperaba a MiDoctor en el cuarto, recorté letras, corazones y flores y acabé decorando nuestra cama. Él llegó mucho más tarde, porque una cirugía se alargó y cuando en la madrugada desperté de sobre salto, lo vi acostado a mi lado todavía medio vestido con la mitad de las flores y los corazones de colores que había yo tijereteado en la mano.
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