Nora Emilia / 27 - Noviembre - 08
CONVIVENCIA SIN VIOLENCIA
Divorciada y con dos hijas andaba muy dietética preparando una ensalada con arúgula, zanahoria y jícamas para cenar, cuando llamó Victoria con que tenía un pozole calientito y listo, así que vino a la casa con todo y olla. Le llamamos al fotógrafo y nos calentamos el cuerpo con un delicioso atascón con tostadas, orégano, rabanitos, mucho chile y lechuga picada.
—La crisis y el desempleo van a generar una ola todavía más cabrona de resentimiento–necesidad-odio… se va a poner de la chingada —dijo el fotógrafo con el aire pesimista que le acompaña de pronto—. Ya se me cayeron dos proyectos que tenía para enero… no es posible comenzar el próximo año así.
Victoria, quien odia ponerse negativa, cambió el tema, nos contó de una organización llamada “Convivencia sin Violencia”, formada por padres de familia que une esfuerzos con escuelas para crear conciencia entre jóvenes para evitar la violencia.
—Ay, Vicky, la sociedad está podrida, no va a servir eso de nada.
—Pues te quedarías pendejo de los logros que se han alcanzado —le dijo Victoria tratando de sonar optimista— ¿Tú sabías que el alcohol es el primer detonador de actos violentos y accidentes entre jóvenes? Es gente que quiere crear una sociedad consciente y responsable. ¿También eso está mal?
—Ésta es una crisis general, de valores, de confianza, de lana. Todo está mal.
—Las crisis abren posibilidades, hay que buscar planes alternativos. Necesitamos unirnos como esas familias y crear oportunidades, motivar a los chavos; hay mucho por hacer por nuestros hijos. No vamos a quedarnos estáticos quejándonos y padeciendo la crisis. Es el momento de buscar otros caminos, crear esquemas de trabajo distinto, movernos en sincronía.
—Se está pudriendo el mundo —gritó él y se sirvió un tequila.
—Mi amiga Vanessa me contó que se encontró a la Tanga encarameladita en Cuernavaca con su chava —volvió a cambiar el tema Victoria para no entrar en conflicto con el vecino.
—¿Vanessa? ¿La venezolana que conocí en tu casa?; ya me imagino la cara que debió haber puesto... seguro no se esperaba que Tanga ahora tuviera novia —contesté yo.
—La ciudad es un caos, la gente no respeta… ésta es una selva dónde le hagas como le hagas, nadie va a salir bien —seguía de mala copa el vecino.
—¿Qué te pasa? —le pregunté yo tomándolo del brazo, desconociéndolo de pronto; antes era un hombre fantasioso y alegre, entraba a concursos, me metía un revolcón con cualquier provocación, ahora en cambio se le veía con la libido en el suelo —¿por qué estás tan furioso?
—Mira, estoy que me carga la chingada. Ayer se embarró contra mi carro un taxista. Afortunadamente no me pasó nada, pero el tipo se quería pelar; tuve que brincarle al parabrisas para que no lo hiciera. Yo lo quería matar. Después resultó ser buena onda, pero el susto y la rabia nada me lo ha quitado.
—¿Pero, te va a pagar? —preguntó Victoria.
—Pues ése es el rollo. El tipo no tenía seguro. Las opciones eran irnos al Ministerio Público donde él tendría que pagar no nada más mi golpe, sino además, una multa por no tener el tarjetón, otra por no tener licencia, más los gastos del corralón. Hubiéramos pasado quién sabe cuántas horas ahí adentro y nada me garantizaba que me fuera a pagar pronto.
—¿Qué hicieron, entonces? —le pregunté.
—Tratar de llegar a un trato ganar-ganar.
—¿Qué quieres decir con eso? —volví a preguntar.
—Mira, el agente de mi seguro afirmaba que en la agencia automotriz no le saldría en menos de 12 mil pesos. Yo no podía echarme la culpa porque ya era demasiado tarde y además, sólo del puro deducible son ocho mil pesos. Tampoco es onda de estar transando a los seguros. La verdad es que el mío me echó la mano fuerte.
—Pues qué raro —dijo Victoria, sarcástica—, por lo general eso no es lo que pasa con los seguros.
—De cualquier forma —continuó el fotógrafo—, yo sólo veía la cara que ponía el taxista con esas cantidades y me di cuenta que estaba peliagudo; que no iba a poder pagarme. Él me propuso que lo lleváramos a un taller por su casa. Yo estuve de acuerdo en buscar una forma más económica de arreglarlo que no fuera la agencia, pero si en un taller que yo conociera. Pero donde sí me puse muy cabrón, fue cuando le pedí que me dejara no sólo la factura, sino también el taxi en garantía.
—¿Te cae? —pregunté sorprendida—. Lo dejaste sin chamba.
—Pues sí, qué otra forma tengo yo de asegurarme que me pague. No creas, eso me tiene muy jodido. Él me rogaba que le dejara el carro; que era su herramienta de trabajo con la cual iba a juntar para pagarme, pero por otro lado, se quería pelar desde un principio y como le dije yo, si le soltaba el taxi él ya no iba a tener ninguna prisa para pagarme.
Nos quedamos los tres mudos. Están cabronas las medidas que uno está obligado a tomar para defenderse. Nos despedimos desganados.
Mis hijas estaban dormidas en mi cama cuando los dos por fin se fueron. Cobijé a cada una en su cama y me quedé sola y despierta con la preocupación del taxista y del vecino en la cabeza. “Convivencia sin violencia”, lo voy a buscar en google; es necesario pensar en activo, formar parte de una organización que busca respuestas, ayudar a este mundo que a mí también se me está cayendo a pedazos. |