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Nora Emilia / 18 - Dic - 08

EFECTO CASCADA

Divorciada y con dos hijas viví la fiesta que organizamos Victoria y yo como un sueño. Logré escaparme de la densidad y fui encontrándome con amigos que me recordaban lo valioso que es tenerse. En cada abrazo que di, recibí un gesto de cariño, un chingo de buena vibra y muchos buenos deseos. Me dejé apapachar por tantos, que no me di tiempo de probar la cena, ni de beber tampoco.

Hubo luna llena y una pulcra lluvia de estrellas, así que MiDoctor sacó el telescopio que guarda en mi casa y con una natilla a la canela, que a mi madre le quedó divina, los menos friolentos nos instalamos por un buen rato en la terraza.

Entre otros, llegaron el amigo de don Nacho, la arquitecta Andrea con un amigo francés guapo y Delicias, la amiga que conocí en Chihuahua hace unos meses. Como mi vecino el fotógrafo ya conocía el libro de Ezra Bejar, de la editorial Axial, donde publican todas las intimidades de su vida, sabía que quería quedarse con ella toda la noche. Cada que pasaba junto a ellos los sentía más cerca.

Pareció que esa noche los invitados se hubieran puesto de acuerdo porque no dejaron de llegar con flores. La casa se avivó con los colores de esos seres quietos y con los amigos de mis hijas que se movían en manada de un lado a otro. Marcela tenía un galán nuevo y le conocí varios amigos de la prepa a la que entró este año.

Tanga llegó con la mismísima Karmen. Nada que ver con la idea que yo me había hecho de ella. Pensé que la mujer que enamoraría a mi amiga, hasta hacerla cambiar de  bando, sería fuerte y brusca, es decir, una hembra bien puesta, y no, me equivoqué, Karmen resultó ser una mujer fuerte, pero femenina al mismo tiempo. Una hembra delicada, sutil y firme.
—¿A poco no es la vieja ideal? —me preguntó Tanga mientras su Karmen hablaba de política con una amiga de Victoria que yo no conocía.
—En septiembre marchamos por segunda vez exigiéndole al gobierno frenar la ola de violencia social a la que estamos todos sobreviviendo y cuatro meses después vamos a empezar el año con un chingo de desempleados. Lo que evidentemente no funciona es el modelo económico.

Comencé a alejarme de la conversación, quizás por culera, por no tener ganas de oír a Karmen ni a nadie necear con los mismos temas.

—Es necesario preservar a flote la planta laboral —seguía Karmen—. Mantenerse en números negros. Todos tenemos que tener una chamba.

—Cualquier manzana de esta ciudad necesita trabajo —interrumpió el fotógrafo quien le estaba llevando una cervecita fría a su Delicias— está buenísima la cabrona, ¡qué rico que la invitaste! —Me dijo al oído.

—Tenemos que sostenernos en el “NO al desempleo” y crear trabajos comunitarios; hacer alianzas; creer en el efecto cascada… no sé, quizás volver al modelo del trueque —Tanga la interrumpió con un rico y mojadito beso en la boca. La amiga de Victoria se quedó con el ojo cuadrado, los demás agradecieron que Karmen por fin se callara, y yo me quedé con ganas de dar un beso igual de sabroso.

“Efecto cascada”, pensé yo. Le subí a la música y me fui a la cocina a ver si estaba calientito el ponche.

Regina apareció con sus primas bailando conga, me uní a la fila con Tanga y busqué a Marcela con la mirada. La encontré tomando su primera copa de vino, también un poco bailarina.

—¿Sabes, por favor, dónde está otro baño? —me preguntó con acento francés el tipo guapo, no muy alto que venía con Andrea.

Emocionada, le dije que me siguiera y lo guié a mi cuarto. Recordé esa antología de cuentos donde una chava en una fiesta comienza a seguir al hombre que le gusta con los ojos; recordé también cómo esperaba con paciencia que le dieran ganas de ir al baño para toparse con él a solas en un cuarto pequeñito; de cómo sin hablar, se fueron desvistiendo y directo se pusieron a coger parados tras la puerta. La emoción de que se me hiciera esa fantasía con un francés me mataba de ganas, por eso caminaba con pasos lentos y le miraba las manos. Me hubiera gustado darle alguna señal para que supiera que podía pasarse conmigo, que sería una aventura deliciosa hacer la travesura.

—¿Ésta eres tú? —preguntó el francés al ver el cuadro de mi torso desnudo que cuelga sobre mi cama. Si no hubiera sido por su pregunta, me hubiera metido con él al baño de manera natural y me hubiera abrazado a su espalda oyéndolo mear, pero Escudero, el maestro que me pintó en el cuadro apareció ante mis ojos al mismo tiempo que le contesté que sí.

—Estás muy linda —me dijo antes de entrar a hacer pipí. Yo me quedé volando con su piropo en la cabeza y con el firme propósito de encontrar a Escudero en el tianguis donde lo había visto la semana pasada. Mientras el francés estaba en el  baño yo aproveché para cambiarme los zapatos.
Nunca supe a qué hora se fueron el fotógrafo con Delicias. Karmen y Tanga se despidieron. MiDoctor, Victoria, su marido y yo, nos quedamos hasta las cuatro de la mañana oyendo el disco de las canciones de albures que grabó el Chaval con el Parera.

Llegó el martes. Me fui al tianguis de Matías Romero a buscar a Escudero. Esperé dos horas. No compré nada. Le pregunté a un marchante por él. Me contestó que a veces llega y a veces, no.
 Escudero, este martes, no llegó.

lachulanga@gmail.com

 

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