banner


HistoriasReseñasPodcast

Nora Emilia / 30 - Dic - 08

¡¡Auch!! 

Divorciada y con dos hijas sentí como que me hubiera tragado la tierra, abandoné el frío del De-Efe y desaparecí con el Astro, mi labrador chocolate, a pasar unos días al bosque sin celulares, sin internet, sin nada que me atara a nada. Me fui en busca de oxígeno, de la sombra de millones de altos árboles y del calor del fuego por las noches. Cené feliz con mis hijas antes de que se fueran a pasar las fiestas con la familia de su papá y asumí que el francés que me presentó Andrea, mi amiga la arquitecta, era mi regalo de navidad, es decir, me programé para disfrutar una aventura muy a la francesa, que por desgracia terminó en tremenda desventura.

      Todo empezó porque Andrea acaba de terminar un hotelito muy a la “bed and breakfast” que se llama: “La Joyita” (01726 2661782). El lugar está en un fraccionamiento rodeado de montañas antes de llegar a Avándaro. La delicia de su minimalismo es un agasajo. Como parte de sus honorarios, y muy probablemente para que lo terminara a tiempo, acordó con los dueños que podría estrenarlo con sus amigos para la fiesta de año nuevo. Así que, yo entre ellos, me fui desdendenantes con el pretexto de ayudarle a decorar con arte las habitaciones, de preparar un buen ponche y preparar una fiesta de año nuevo que no tenga madre.

      Los invitados fueron llegando. Se armaron partidos de dominó, idas al pueblo y vueltas al lago. Los desayunos terminaban a las doce y las comidas se volvían tertulias que finalizaban con todos en la cocina hasta las once de la noche.

      La idea de enrolarme con un hombre que viene a México solo y de vacaciones siempre me emociona; a parte de presumirle mi país, mi comida y mis lugares favoritos, puedo jugar a que soy turista yo también. Además, adoro los intercambios breves, ésos que te dejan con ganas. Estaba dispuesta a conocer la forma de coger de la Francia actual; es una manera de viajar a Europa sin tener que ser yo la que me suba al avión.

      Sin que nadie me lo pidiera, me ofrecí a llevar al francés a conocer un montonal de tiendas de artesanías. Recorrimos callejones en silencio, vimos a los parapentes bajar y nos sentamos en el muelle a tomar vino tinto y quesos fuertes discutiendo cómo arreglar el mundo. Al siguiente día caminamos horas en el bosque y nos bañamos en tres cascadas distintas.

      Por la noche dejé que el fuego de la chimenea me calentara el cuerpo, porque ese hombre amable y francés, NO se me acercaba con deseo; el tipo simplemente NO parecía sentirse atraído a mí a pesar de haber pasado horas de esfuerzos por crear un ambiente romántico a cada instante. Me enfurecía aceptar que el francés era inmune a mi coquetería, le acerqué evidentemente mis pechos, varias veces le dije que tenía frío, le sonreí a sus ojos mientras con naturalidad me secaba el cuerpo, pero él no me seducía ni se enteraba de mis indirectas. Algo estaba raro porque al final del día, cuando estábamos frente al fuego y nos quedábamos completamente solos, él se iba a dormir a su cuarto y yo me quedaba con mi perro y con mis ganas.

      Entre más sentía su NO, más se me antojaba calentar a ese hombre. Tenía ganas de escuchar su acento francés mientras me tocara abajo. Creció mi curiosidad por saber si le gusta besar la nuca con paciencia, por sentir el ritmo de sus dedos en mi piel y verlo cerrar los ojos, arrugar la nariz y enseñarme los dientes cuando se estuviera viniendo. Su NO deseo comenzó a indignarme, sus No ganas me exasperaban, pensé en cuantas veces con otros he dicho que sí y a la mera hora me hago pendeja. ¿Cómo es que NO tenía ganas de estremecerse conmigo?… y es que de verdad había química… nuestras conversaciones eran deliciosas. Coincidíamos en todo menos en mi tremenda necesidad de seducirlo. Eso era lo que más me molestaba: “MI tremenda necesidad”. Basta. Decidí tratar de olvidarme de que existía, porque si no, imprudente y sarcástica acabaría por preguntarle si tenía un problema de impotencia. Traté de convencerme de que simplemente yo no era su tipo… aunque sentí que entre nosotros había química, de verdad que me miraba los senos, pero cuando me le acercaba más de la cuenta, el francés no reaccionaba. El tipo no quería jugar conmigo… ¡Auuchhh!! Me encabronó tanto asumir que el pinche francés se metía en mis ojos, compartía el vino y era atento, pero no estaba sexualmente atraído a mí. Salí de mi habitación con ganas de gruñirle, de lanzármele con rabia a la yugular cuando reconocí, no tan lejos, una interminable pelea de perros. Volteé a buscar al Astro. No estaba en su cama, ni en la puerta, ni junto a las escaleras. No estaba en la cocina, ni en el patio.

      —¡Astro, Astro! —comencé a llamarlo. No apareció. Chiflé, grité otra vez—: ¡Astro, Astro! —volví a llamarlo fuerte. El francés me prestó una linterna—. ¡Astrooooooo! —salimos a buscarlo en la dirección por donde se oyeron los gruñidos. Dimos vueltas. La obscuridad se hacía cada vez más espesa—. ¡Astro!, ¿dónde estás, carajo? —me puse a llorar.

      Astro apareció casi media hora después. Como soldado de guerra, regresó a casa bañado en sangre, cansado, sediento y casi moribundo. No podía ni acariciarlo, había que coserlo. Corrí con el francés al veterinario. Entre dos o tres perros le metieron una madriza. Me sentí vulnerable. ¡Auuuch!! ¡Qué manera de terminar el año!!

 

lachulanga@gmail.com

 

Sico