Nora Emilia / 08 - Ene - 09
Un año lleno de sexo y mucho amor
Divorciada y con dos hijas regresé a un Distrito Federal espacioso, poco transitado y deliciosamente vacío. Volver a la ciudad de México unos días antes que todos los demás fue un acierto. El de-efe sin tráfico se mueve con una inercia despejada; desapareció la cúpula que encierra malas vibras y hasta pude detenerme a ver uno que otro glorioso atardecer.
Arreglando mis cajones encontré el disco que me traje de aquel viaje a Cuba que hice con Victoria y con Tanga. Me puse a bailar al son de la música cubana con maracas por toda la casa. Mis hijas me veían como loquita y por supuesto que no bailaron conmigo. Cada una estaba en su cuarto; regresaron ávidas por recobrar su espacio y su rutina. Las interrumpí varias veces por separado haciéndoles preguntas y es que tenía ganas de estar con ellas, pero estaban absortas en lo suyo. Las seguía extrañando; quería que me contaran de sus vacaciones, saber cómo pasaron el año nuevo, comérmelas a besos y animarlas a bailar al ritmo de las maracas, pero mis dos adolescentes se acompañaban de su soledad, así que como no me pelaron y yo seguía clavada en la música con todo y maracas, me fui bailando a la cocina. Ahí encontré a mi abuela limpiando el refrigerador, tirando frascos. Comencé a ayudarle y le conté la historia que no viví con el francés la semana pasada. Me oí decirle que igual yo ya no estoy tan jovencita. Me vi las manos, vi las de ella y las percibí exactamente iguales, toqué mi rostro y lo sentí también viejo.
—A la gente de hoy no le importa los otros, algo está mal. Están todos enfermos de superficialidad. ¿Te has detenido a leer un periódico? ¿Qué gobierno puede permitir que las escuelas de los niños sean las trincheras de los soldados? —me preguntó—. Es una cobardía meter a las criaturitas en todo esto. Los gobiernos deben de cuidar a nuestros hijos, no escudarse tras de ellos. Está el mundo enfermo… se está cayendo a pedazos.
—¿Qué escuela? ¿Qué misiles? ¿Por qué me preguntas eso?
—¡Qué mundo mi’hijta! —contestó mi abuela y por más que traté de retenerla se iba esfumándose en la nada.
De golpe el timbre me despertó del sueño.
Marcela y Regina llegaron con sus maletas. Nos dimos un enorme abrazo. No es posible lo que crecieron en tan sólo dos semanas. La primera en buscar mi compañía fue Regina. Tenía antojo de plátanos con crema, azúcar y canela, tenía ganas de estar cerca; quería que le escogiera la pijama y que la acompañara mientras preparaba sus cosas para el colegio. Mientras me platicaba, podía ver en su expresión seria la de su padre. Siempre que regresa de estar unos días con su papá puedo reconocer en ella ciertos gestos que son de él; me cuenta sin darme detalles y yo pregunto sin querer conocer pormenores y acabo como tantas otras veces, contándole historias viejas de cuando ella era chiquita y éramos una familia completa y feliz. Marcela apareció más tarde, estuvo pegada a la computadora y al teléfono saludando a todos sus amigos de manera virtual. Venía con hambre. Llegó quejándose de que fueron pocas las vacaciones, que ella hubiera preferido quedarse en México con sus amigos. Nos fuimos a la cocina donde se echó un cereal y yo le preparé quesadillas con guacamole y salsa verde. Luego, a las dos les dio un ataque de risa de algo que pasó en la fiesta de año nuevo. Estoy convencida de que los hijos de familias divorciadas crecen más rápido… quizás es la necesidad de adaptación continua en dos casas con sabores distintos.
Comenzaron a platicarme de la página de www.facebook.com, esa nueva moda de poner tu perfil, escribir en paredes virtuales y agregar amigos con los que quieres compartir fotos, links y noticias de tu vida. Regina me avisó que en las vacaciones hizo mi página y que la tenía que aceptar como amiga, que ahí podía publicar mis historias, mis fotos, todo. Me quedé embobada, viéndolas interactuar y le pedí al cielo un milagro para que las cosas se pusieran un poco mejor. La crisis, las guerras y el desempleo nos van a terminar por enemistar a todos. Pensé en mi abuela y rogándole que las cuidara mucho, las mandé a dormir.
Me abrigué y bajé a tirar la basura pensando en que tenía que entrarle a eso del facebook; aprenderlo a utilizar para no quedarme fuera del contexto de mis hijas. “Tengo que conocer sus códigos”, iba yo diciéndome a mí misma cuando el fotógrafo apareció en el elevador con maleta en mano y esa sonrisa suya que puede volverme loca.
—¡Chulanga linda! —me abrazó reteniéndome un buen rato y apretándome firme a su pecho—. ¿Cómo te fue de año nuevo? ¡Te veo preciosa! ¡Eres tan linda! —como por arte de magia me sentí otra vez hermosa, me acordé del francés que no quiso conmigo la semana pasada y me quedé convencida de que el que se la perdió fue él. Decidí borrarlo de mi disco duro por siempre junto con todas esas horribles noticias que nos están contaminando y muy a la cubana, lo agarré a besos, atoré el elevador, saqué el SICO que mi vecino trae siempre en la cartera y le dimos con muchas ganas deseándonos uno al otro un año lleno de sexo y de mucho amor.
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