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HistoriasReseñasPodcast

Nora Emilia / 22 - Ene - 09

Nostalgia

Divorciada y con dos hijas desperté con la voz de Carmen Aristegui quien por fin regresó a la radio; extrañaba la claridad tan peculiar que tiene al explicar los acontecimientos de las noticias que emergen de nuestro mundo y también de nuestro México. Su forma de cuestionar la realidad me da cierta esperanza de que haya personas inteligentes analizando los sucesos día a día.
Entre sueños la escuché hablar de Barack Obama, dijo que llena de ilusión a su gente prometiendo que van a reconstruir a un Estados Unidos diferente: “no nos podemos dar la mano si no se abre el puño”, Carmen lo citó asegurando que hay una enorme esperanza mundial a favor de los derechos civiles para el mundo, dijo que habló de humildad, esperanza y libertad. Medio me dormí imaginando a ese hombre negro y delgado con su mujer vestida de blanco bailando con una cadencia natural. Quise bailar con él yo también. Dos minutos después me despertó Carmen con la desilusión de que el paro de los pescadores no ha llegado a término, y en mi cabeza se mezclaron las malas noticias: Chihuahua está viviendo una ola de violencia con cuerpos decapitados por un comando que tiene la misión de terminar cada 24 horas con la vida de un criminal. Pensé que los cuentos de Edgar Allan Poe, que me he leído esta semana, son más sublimes que eso.
—Patria y justicia —seguía Carmen—. Nacen grupos justicieros de cacería cuando el estado se vuelve incapaz de cuidar a su gente —palabras como intranquilidad, descontrol y hasta una página de internet para limpiar Juárez. La voz de un anunciante gritó un MÉXICO y desperté por completo. Apagué el radio y corrí a la cocina a preparar un desayuno ligero para mis hijas. Tres minutos después de despedirlas, llegó Tanga a mi casa con maleta en mano y con noticias de otra índole.
—Me fui de su casa y no pienso volver —me dijo Tanga con determinación. Yo le di un fuerte abrazo. Le dije que podía quedarse conmigo, y es que como ella es tan precipitada, dejó su departamento en cuanto se fue a vivir a Cuernavaca con su mujer y ahora no tiene dónde alojarse en el De eFe.
No fue necesario preguntar mucho porque ella venía con ganas de contarlo todo. No tenía prisa. Nos servimos un cereal.
Resumió la historia así: “Nadie mejor que tú sabe que desde que la conocí a principios de noviembre, encontré una estabilidad divina, que la adoro, que yo le he entrado a esta relación con ganas y que todo va más o menos bien. Pero cuando comenzó el año me inscribí en un gimnasio donde el instructor del lugar empezó a entrenarme. No sé si fue él o si fui yo, pero el tipo despertó en mí un deseo enfermo por sentir a un hombre dentro”.
Con café en mano, pasamos a mi recámara. En lo que se quitó los zapatos le conté rápido que el escritor y yo nos dimos, que sus besos estaban llenos de añoranza, que me habló de la soledad que sufren los que escriben. Que me invitó a Casa Poe, que ahí volví a ver al profesor Quirarte y que se acordó de mí... ella regresó al tema del instructor y yo guardé silencio.
Tanga me confesó que en lo que ella hace su rutina y el instructor le cuenta las repeticiones, ella no para de mojarse.
—Se la pasa estudiando mi rostro, mis expresiones. Te juro que el tipo se transporta con mis gestos y se imagina que estoy cogiendo. Yo le doy a las abdominales con todas mis fuerzas y cuando abro los ojos, el entrenador me mira con ojos de caliente, rarísimo. Lee en mis gestos las expresiones que seguro hago yo al coger.
—No mames, Tanga —le dije yo, cagada de risa.
—El otro día estaba medio acostada de espaldas, con los pies en el piso cargando una pesa y él se puso junto a mí. ¡Puta!! No pude concentrarme en otra cosa más que en el impulso de acercarle mi boca al bulto. Él contaba mis repeticiones y yo la tenía tan cerca y no nada más eso, me alentaba: “Vamos, tú puedes”, “dale, sí puedes, así”, yo gesticulaba cada vez más caliente sin conseguir pensar en otra cosa. Cerraba los ojos y me la imaginaba dentro. Literalmente empapada de sudor me imaginaba aventando la pesa, lanzándome a su cuerpo y sacándole toda la leche —respiré hondo y pude imaginar a una Tanga toda agitada en el gimnasio.
—¿Te atreviste??

—Extraño una buena cogida. No me atrevo a confesárselo.

 

lachulanga@gmail.com

 

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