Nora Emilia / 05 - Feb - 09
El silencio del deseo
Divorciada y con dos hijas me despedí de Tanga, quien volvía a Cuernavaca a hacerse cargo de su situación. Varias opciones pasaron por nuestras cabezas, pero por el momento lo mejor era regresar al lado de su pareja.
—Hay que sacar ganas de algún lado ahora que el tedio de la rutina amenaza de nuevo, algo se me ocurrirá —me dijo a modo de despedida. Yo corrí al tianguis para aprovechar lo que quedaba de la mañana.
De casualidad me topé con Claudia, una amiga de la prepa que no veía hace tiempo. Nos abrazamos sorprendidas reconociéndonos con nostalgia.
—Increíble que hacemos las compras en el mismo sitio y que por cuestión de horario no nos habíamos encontrado antes —dijo cuando le aseguré que casi todos los martes compro mis verduras ahí. Después de saludarnos caminamos entre los puestos e hicimos el mercado hablando a la vez de todo: recetas, recuerdos de aquellas épocas e intimidades. Es curioso cómo desde siempre, las dos hablamos en forma desordenada. Yo le conté de las vacaciones de fin de año, del francés que no me peló, del hotelito minimalista de la arquitecta Andrea y de la noche blanca de luna llena que viví hace poco en Valle de Bravo.
—¿Crees en la necesidad de sentirse deseada por otro? —le pregunté pensando en voz alta aderezando nuestra conversación entre portobellos y arúgulas.
—Déle un manojo de arúgula también a ella —le dijo Claudia a su marchante—. Con rodajas delgadas de queso parmesano queda delicioso —pero yo no le ponía atención a la receta; la pregunta de si la mirada masculina era la que me hacía sentir deseable, me perseguía desde el encuentro con el fotógrafo en el elevador. Después bajó la voz y contestó a mi pregunta contándome que le estaba poniendo el cuerno a su marido de una manera platónica y figurada, pero cuerno al fin.
—...bueno, todavía no cogemos, ni siquiera nos hemos echado un faje serio, pero no puedo dejar de imaginarlo; vivo completamente erotizada. Me importa poco que mi esposo diga que está cansado, yo lo seduzco, lo animo y no lo dejo en paz hasta que me lo cojo pensando que me está cogiendo el otro —nos reímos.
—Llévate portobellos; quedan deliciosos al vino tinto —le dije yo.
—No los sé preparar.
—Los cortas en julianas gruesas, los fríes dos minutos con aceite de oliva y un poquito de sal, luego los cubres de cualquier vino tinto, unas gotitas de vinagre y los dejas hervir. Cuando estén listos los sirves de guarnición con una simple pechuga de pollo asada. Lo que te quede lo metes al refri y al día siguiente lo integras a la ensalada —yo cambié el tema bruscamente; moría de ganas de contarle a detalle que me cogí al fotógrafo en el elevador, que me enamora su vibra, que le di con todas las ganas—. Me sonríe tan coqueto; ya sabe lo que me gusta. Me renueva su energía.
—¿En el elevador?… pero, ¿no me acabas de decir que no te hizo caso en toda la noche?
—Ése fue el francés de la fiesta de fin de año —cuando me oí contestar a su pregunta me quedé petrificada. Ella no se dio cuenta y me interrumpió contándome de los volovanes que sirvió en Navidad.
—Unos los rellené de pollo con mole y otros con bacalao. Las aceitunas no deben de llevar hueso… —nunca había reconocido tan claramente cómo el rechazo del francés me hizo sentir vieja y jodida y tres palabras lindas del fotógrafo bastaron para que me bajara los chones en el elevador. ¿Necesitaba reafirmarme o será que soy muy puta? Traté de entenderme en lo que mi amiga me explicaba que era importante poner un platón con el relleno para que la gente se pudiera servir más, pero no… neta, la vibra del fotógrafo, a mí, puede encantarme; me lo hubiera cogido igual.
—…discutimos mucho y qué quieres que te diga... es cotidianidad, no hay salvación, es parte de… justamente lo que se le llama rutina —ahora me hablaba de ella, de su matrimonio, de su vida de pareja—. ¿Qué haces?, ¿qué no haces? Yo trato de pasármela lo mejor que pueda. No hay manera. No existe solución… algunas parejas van a terapia, otras ponemos cuerno; esa es la vida real… ¿a poco no oyes esto por todos lados? —la escuchaba pensando en Tanga cuando vi a Escudero llegar al tianguis con su sillita portatil, su cuaderno y su lápiz de carbón. Me acordé de la tarde en que en su estudio lo hicimos, de las ganas de posar para él, del silencio del deseo, de cómo mis ganas lo hicieron fálico y masculino, y ahora barbón, desencajado y en su planeta, no me parecía ni siquiera atractivo.
—¿Dejarías que te pinte? —le pregunté a Claudia señalando a Escudero.
—¿Ese vagabundo?
—Es un artista plástico de primera. Lo conozco bien, me pintó medio desnuda hace unos años —dije caminando hacia él. Claudia me siguió intrigada. Los presenté y comenzaron a hablar. Escudero había perdido en su depresión el deseo… la afirmación en el otro, ¿por qué nos feminiza el deseo?, me preguntaba mientras veía a Claudia erotizada coquetearle al que antes llamó vagabundo con la idea de que Escudero la mirara y quisiera dibujarla con lápiz de carbón. Es horribe, ¿será que la feminidad la condicionan los hombres? ¿Por qué no con gustarnos ante el espejo basta?
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