Nora Emilia / 12 - Feb - 09
Lunes
Divorciada y con dos hijas me levanté con energía de comenzar la semana. Una parte de mí relaciona instintivamente la palabra “lunes”, con movimiento. Representa definitivamente inicio. Soy de las que el primer día de la semana me levantó con toda la fuerza de los siete días dentro de mí. Como si el lunes, mis pulmones se estrenaran con un aire distinto, mis decisiones fueran firmes y mi voluntad inquebrantable.
A las 6:40 desperté a mis hijas. Regina con una vocecita, todavía más ronca, tosió con un: “me siento mal… no pude dormir”; la agarré a besos, le sentí fiebre y la dejé descansar. Volada, desperté a Marcela, le preparé una torta de pechuga de pavo, aguacate, lechuga orejona, aderezo y papas fritas para que le supiera crujiente. La despedí con una taza de té en la mano y me fui a hacerle a mi chiquita un masajito de pies, le puse calcetines y se volvió a dormir.
Salí a comprar lo necesario para hacerle un buen caldo de pollo con arroz y de regreso me puse a trabajar en la computadora acompañada de la música de Mozart, y es que como el fotógrafo ha tenido menos chamba, ahora se sienta por las mañanas a tocar el piano. Cambié el ritmo de lunes; cancelé dos citas y contesté mis correos pendientes.
La página de internet del hotelito de Andrea ya está por fin montada. www.lajoyadelviento.com Entré emocionada con la idea de encontrar artistas plásticos que integren el concepto zen. Navegué por su página y volví a sentir la frescura del bosque. Hice la lista de artistas que pueden estar interesados en exponer su obra y le mandé un correo a Andrea proponiéndole re-inaugurar el lugar con una feria de Arte.
Despertó Regina y comenzó con que me había abierto hace unos días una cuenta en Facebook.
Yo me acerqué a ver qué era eso sin muchas ganas de complicarme la vida con jueguitos cibernéticos, pero ella, griposa, tajante y conocedora, me dio a entender que es una herramienta básica para la comunicación de estos tiempos. Se metió a la computadora, escribió una clave y aparecí en un recuadro. Con instrucciones simples, comenzó a enseñarme cómo está eso de aceptar amigos, de buscar gente y hacer contacto cibernético con fantasmas de mi pasado que viven todavía en la Tierra o simplemente cómo hacer para agilizar la comunicación. Me quedé jugando a recuperar amigos; testigos de mi historia. Tantas yos… y tantos Méxicos, ¿quién era yo en ése entonces? Cuántos recuerdos, ¿por dónde empezar? Encontré a MiDoctor, le mandé un mensaje y llamó.
Con el pretexto de visitar a Regina y ver si necesitaba tomar antibiótico, llegó como a las ocho de la noche con una botella de vino, una caja de chocolates para las niñas y esa sonrisa que dice cuántas ganas tiene de meterme entre las sábanas y besar mis pechos. Propuso un humidificador y aprobó con sonrisa sardónica la técnica de mi madre de antes de dormir ponerse ungüento mentolado en los pies y tomarse un té bien caliente.
Cuando nos quedamos solos, apagó la luz y nos sentamos frente a la computadora. Navegando comenzó a contarme de un artista gráfico que se le hace interesante por su forma de usar las técnicas de marketing para criticar justamente la dependencia del marketing de los Estados Unidos.
—Shepard Fairey —buscó en Google—; su obra es un experimento fenomenológico.
—¿Fe-no-me-no-lógico? —entramos a la página del autor.
—Su obra re-despierta una curiosidad nueva en la gente porque comunica mensajes cargados de simbolismos. Invita a cuestionar revitalizando la percepción de la actualidad estadunidense, con un contagio de protesta. Su trabajo está lleno de significados que están justo frente a nuestros ojos, pero que la cotidianidad te hace no verlos. Conceptos que uno da por obvios y, por lo mismo, que viven mudos entre la gente.
Sólo cuando pude ver la obra de Fairey en mi pantalla, las palabras de MiDoctor comenzaron a cobrar sentido. Todos en rojos, muy al estilo publicidad soviética de aquellos años. Hombres y mujeres armados hasta los dientes, la palabra obedece en inglés: “OBEY”, constante en cada cuadro, y un gigante enorme observándonos haciendo una alegoría al libro 1984, de George Orwell.
—Fairey se convierte en lo que yo llamaría un despertador visual. Una campaña contra el conformismo. Sus cuadros hablan por sí mismos.
—¿Y este dibujo de Obama? —pregunté navegando por su obra.
—Como él, muchos gringos están convencidos de que con Obama viene una época de progreso y cambio. Tienen la esperanza de que las cosas vayan a ser distintas. Obama se ha convertido en el antídoto que los va a salvar del infierno al que se metieron con su política de guerra.
—¿Y tú, qué crees?
—Más bien, creo en la fuerza de la gente que se une, en las ganas de cambio, pero como ya lo vivimos nosotros con Fox, esos cambios tienen que venir acompañados de trabajo individual —al hablar de México, lo vi más desganado que nunca, quizás por lo desunido de nuestro país, y como se extinguía el lunes y yo todavía estaba rete-cargada de energía, en lugar de seguir navegando, me di al trabajo de seducirlo poco a poco besándole el cuerpo entero para contagiarle en esa noche las ganas de volar a la par uno junto al otro y encamarnos rico una vez más.
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