Nora Emilia / 05 - Marzo - 09
Bienvenido Marzo
Divorciada y con dos hijas terminamos de comer tarde el domingo.En lo que recogíamos la cocina, Regina propuso que fuéramos las tres al cine. Rápido averiguó los horarios, vimos que había chance de llegar, dejamos todo a medias y cada una salió disparada en otra dirección a ponerse guapa para salir. Había que darse prisa, quizás hasta resignarse a llegar unos minutos tarde, pero estábamos las tres en el mismo canal.
Cuando oí los gritos de Regina y después los de Marcela, esperé a que pasara el drama, pero los gritos no cesaban, Regina lloraba, sonó el teléfono, oí otro grito. Entré al cuarto de Marcela y vi en ambos rostros unas ganas de matarse. Marcela en el teléfono, Regina, insistiendo algo sobre un suéter café. Traté de mediar, entender el problema; averiguar cómo empezó la discordia, pero al muy poco tiempo no logré más que contagiarme de su enojo, así que sin remedio, entré a la dinámica de los gritos, me detuve en seco y me oí afirmar que el plan se cancelaba, que no íbamos al cine.
Una enorme tristeza nos invadió a las tres. Sin duda, salir nos hubiera cambiado de canal, habría hecho pasadero el trago amargo del pleito tonto. Entre mis dos adolescentes se estaba jugando algo profundo: era tiempo de aprender a resolver las diferencias. Me costó ser firme ante la insistencia de volver al plan del cine. Las dos estaban furiosas conmigo. El ambiente de la casa se pintó de un gris opaco y las tres nos fuimos a dormir sin sueño. La idea de que mis hijas no se tuvieran una a la otra me mortificó toda la noche.
La mañana del lunes tenía una frialdad extraña cuando las llevé a la escuela. Las tres amables, puntales y serenas. El sentimiento de fracaso como madre inundaba todo mi pensamiento: la amistad y el respeto entre hermanos.
Cuando regresé a mi casa me di cuenta que había olvidado las llaves. ¿Empezar así el lunes? Siete y media de la mañana… No, no. No.
Despeinada, ojerosa y medio cagada, toqué varias veces en la casa del fotógrafo. Me abrió la puerta su hermano. Despeinado, ojeroso y también medio cagado.
—Vecinitaaa —me contestó alegre, bronceado y tratando de disimular que lo desperté. Me sorprendí al instante porque lo desconocí, pero al segundo me contó que las copas se le habían pasado la noche anterior y prefirió quedarse a dormir en casa de su hermano. No se habían visto hacía mucho porque el vive en Cancún. Ya nos conocíamos; es unos años menor que nosotros.
Yo no quería escuchar detalles, fui amable, pero estaba un tanto apurada. Entré explicándole que venía por las llaves, que se cerró la puerta, que por favor se volviera a dormir y me metí al cuarto de mi vecino calladita.
—Ven a saludarme, no seas mala —comenzó el fotógrafo.
No me daba la vida para sus coqueteos, más bien comencé a buscar mi llavero hasta el fondo de su primer cajón.
—No seas así, mi Chulanga linda, ven a saludarme, ya estás acá.
Decidí no contestarle, pero no encontraba la llave y me estaba desesperando.
—La cambié de lugar, ven —me insistió señalando el buró que está cerca de su cama—. La tengo aquí cerquita —comenzó a buscar en su cajón.
El contacto de ojos me cambió el humor. Su barba no rasurada, su pijama de niño… y esa sonrisa… sabe tan bien cómo hacer para que yo me sienta deseada, no sé, quizás sólo sabe comunicarme sin pudor, sus ganas.
—Me da gusto verte —dijo con una mezcla de dulzura que yo nunca le había vivido a nadie antes, sentí tan sincero su cariño que me quité los zapatos, me desvestí y sin más preámbulo que ése, me metí a su cama y comencé a quitarle su pijama pensando cómo mi mente juega conmigo a la circunstancia; de sentirme una estúpida, pendeja, mala madre que olvida sus llaves dentro del departamento, ahora estaba brincando en el colchón de mi vecino en busca de un orgasmo brutal que me hiciera comenzar bien el día, la semana… hasta el mes… “Bienvenido marzo”, pensé para mí casi en fuerte mientras un quejido ronco salía de mi garganta y yo sentía toda la pre-primavera en mi piel.
—¿O le bajan o me invitan? —tocó su hermano. La idea de que por primera vez en mi vida me metiera seriamente con dos hermanos pasó como relámpago por mi mente, me abrió los ojos y mi vecino leyó mi deseo. Le dijo a su hermano que entrara y los tres, nerviosos, pusimos cara de traviesos y decidimos no hablar.
Me recuerdo a mí misma acariciándome el rostro hasta el cuello, suspirando muchas veces, repitiendo en voz alta que tanto placer no podía ser posible. Tocada por veinte dedos a la vez, coordinando nuestra energía. Yo y los dos hermanos nos transportamos a un harem para reinas donde la consigna era dejarse ir.
Salí de casa del vecino extasiada. Sentir el deseo de dos era una fantasía mía que hasta entonces no tenía color. Es increíble lo que una buena cogida puede hacer.
La travesura me hizo tomar un lugar distinto en la tierra. Fluí en la mañana con mis pendientes, preparé de comer riquísimo. Me sentí una buena madre y recibí a mis hijas con una linda mesa donde nos sentamos ya en otro plan las tres. No todo se tiene que resolver con palabras.
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