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Nora Emilia / 12 - Marzo - 09

Una guerra sin sentido

Divorciada y con dos hijas caminábamos con pasos firmes por la banqueta rumbo a la papelería. Me gusta caminar al lado de mis hijas. Cuando eran chicas les encantaba llegar hasta la heladería. No me pongo tacones altos cuando sé que voy a caminar mucho porque nuestras calles están deformes. Algunas se han roto por las raíces de los árboles que se defienden del pavimento, otras tantas, por baches viejos que se han ido agrandando con el tiempo.

Mientras caminábamos me acordé que de chavita usaba minifaldas casi a diario; adoraba salir a enseñar las piernas. Mi papá se enojaba muchísimo. Varias veces me subí al metro con un novio que me agarraba a besos en el vagón. Me hablaba fascinado a milímetros de distancia, decía que yo olía a vainilla. Nuestra relación era justamente eso, enroscarnos uno en el otro, tocarnos a penas con las ganas y darnos muchos besos también con la nariz frente a los otros. El corazón me latía a una velocidad distinta. Todo alrededor se volvía hermoso. Yo me sentía la más linda y él jugaba a perderse en mis ojos. Me quedaba feliz por muchas horas. Vivía un momento mágico sintiendo amor por toda la piel, ligando en armonía como una piedra que se abraza a la resortera antes de salir disparada al más allá. Mi abuela lo hubiera llamado un regalo del cielo. Para mí era el inicio de una orgía de muchos dioses, bailando sobre nuestras pirámides dentro de mi cuerpo y de mi corazón.

El frío que empezaba me hizo volver al presente, Regina iba tomándome la mano y Marcela caminaba a mi lado hombro a hombro. Otra vez, pensé en mí cuando tenía dieciséis. Entonces las calles eran para todos. Sentí añoranza; las reglas de bienestar común eran otras. Nos cuidábamos. Ahora es como si todos padeciéramos una  deficiencia social de atención generalizada. Otra vez me acordé de mi novio el exhibicionista de besos. Él no era muy alto, pero su dulzura, sí. A parte, se conocía unos lugarcitos en el metro, que yo nunca antes vi. Nos besábamos por horas.
Lo conocí por casualidad. Nuestros ojos se cruzaron. Nos penetramos con la mirada. No supe su nombre sino hasta la tercera cita. Echábamos novio sin que en casa estuvieran preocupados. Por supuesto que en ése entonces no conocía el fetiche del voyerismo con esas palabras, solamente sabía de las personas que nos miraba con morbo y yo adoraba que me vieran dar de besos; coquetear en público era lo natural; declarar amor; sentir las ganas de otros sobre mi piel me encantaba. Bueno, a qué mexicano no le haría feliz estar en un parque rodeado de enamorados. Nunca vi tantas parejas echando novio como en el parque México de la colonia Condesa. Había bicicletas para rentar y bancas hechas con troncos muy al estilo Pedro Picapiedra. Fue en una de ésas que me encontré con ese novio exhibicionista y brabucón que fue mi maestro en eso de dar besos de lengüita en lugares público. Sus caricias tenían el poder de resguardarme en media esfera de energía. Él  me enseñó sus caminos y yo a él los míos. Después, nos separamos.

Mis hijas y yo dimos vuelta en la esquina. Unos tipos estaban discutiendo a gritos. Había bastantes guaruras y como cuatro coches de lujo encontrados. Se oían muchas voces. Los curiosos se acercaron. “Son narcos y traen pistolas”, gritó una señora y la gente se puso nerviosa. Ahora corrían muchos para el otro lado. Las tres sentimos pánico. Nos sujetamos las manos. Las amé con toda mi alma. Unos se tiraron al suelo, muchos salimos destapados. Narcos o no, había que moverse rápido, ponernos a salvo. Nos acercamos una a la otra sin ponernos de acuerdo. Bien juntitas pudimos salir del mar de gente. El corazón nos latía a mil por hora. Comenzaron a sonar sirenas. Asustadas seguimos acelerando el paso.

A tan sólo cinco cuadras, parecía no estar pasando nada. Me tapé los ojos con las palmas en las manos y apreté mi frente con los diez dedos para no soltar el llanto.

“Ojalá Obama y Calderón legalicen la droga en lugar de seguir apoyando una guerra sin sentido”, pensé furiosa tratando de encontrar culpables en lo que se me pasaba el susto. “!Qué México tan horroroso estamos construyendo! No quiero vivir en un país en guerra. Soy de las que quiero recuperar para mis hijas, para todos, muy a la Mahatma Gandhi, el parque de enamorados de la colonia Condesa donde yo me di besos por todos lados. ¿Será que nuestros políticos no viven en la ciudad con los mismos riesgos que nosotros o que, simplemente olvidaron lo que es darse un buen beso en las esquinas, caminar de la mano enamorados por las calles? Igual y no se han dado cuenta de la gran cantidad de encabronados que hay entre nosotros”.

—¡Carajo!! —quise decir, pero no pude. Seguía asustada. Mis hijas también.

Un niño como de seis, que vendía chicles en la calle, nos abordó con ojos tristes: “¿Tienes un poco de agua que me regales?”. Yo traía una botella que por supuesto le di.

Sin duda es importante atender el tema de las drogas en nuestro país, sigo pensando que la solución está en legalizarlas, creo que lo más urgente es la desesperanza, el todo contra todos. Nada se va a solucionar con guerras.

lachulanga@gmail.com

 

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