Nora Emilia / 19 - Marzo - 09
¿Quién diablos es Diego Cristian?
Divorciada y con dos hijas se me pasó volado el tan esperado puente. Amo los fines de semana largos; adoro la idea del doble domingo; me encanta sentir cómo nuestra ciudad se descontamina; el verde de los árboles se oxigena, las calles se vacían y dejamos de ser, aunque sea por unos días, tantos millones de habitantes apurados estorbándonos unos a otros. Además, el calor me invitó a ponerme un bikini y a dejar que el sol acariciara mi cuerpo. Hice ejercicios de yoga para reacomodar mi centro, estirar mi torso y mover mis articulaciones. Quería cargarme de energía solar, así que me quedé inmóvil imaginándome desde el universo como una estrella pequeñita que apenas es visible a millones de kilómetros de distancia, hasta que el calor me obligó a buscar una sombra y a hidratar mi cuerpo.
No compré periódicos, ni escuché radio, tampoco tenía deseos de encontrarme con nadie, más bien me sentía con ganas de jugar a que estaba de vacaciones en una ciudad donde no conocía el idioma; en un planeta que no era mío.
El fantasma de la soledad física ya no logra asustarme, al contrario, me siento alegre y acompañada de saber que mis hijas se fueron con su papá, me quedé con la invitación que desistí de mi vecino e imaginé a Victoria de vacaciones con los suyos. Yo me quedé conmigo, casi la única habitando el edificio completamente desconectada del mundo.
Decidí, que en los tres días de puente, me iba a ordenar. Empezaría con el librero de mi cuarto. Tiraría papeles y reacomodaría libros. Así que el sábado, como a eso de las dos de la tarde, comencé a llenar de libros todos los rincones de mi habitación.
Tendí mi cama y me quedé por horas mirando el librero completamente vacío como si hubiera que descifrar el lugar perfecto para cada objeto; quería revolver las fotos y acomodar cuentos y personajes, a cada rato me volvía a acostar en mi cama a releer páginas de libros ya leídos. Se me cerraban los párpados a mitad de la lectura y despertaba minutos después con ganas de seguir en mi burbuja descansando de la cotidianidad.
Empezaba a atardecer. Recordé que desde pequeña siento en el estómago una tristeza rara cuando veo cómo va agonizando el día y se muere la tarde. Como esta vez no quería ponerme melancólica, en automático puse música a todo volumen y recibí bailando a la noche. Prendí unas cuantas luces.
El hambre me llevó hasta la cocina. Abrí una botella de tinto y bebí degustando, mientras buscaba cómo ser creativa y prepararme algo rico de comer. Tosté dos panes, desmenucé un delicioso pedazo de queso de cabra con ceniza en un plato lleno de vegetales de colores, lo rocié de vinagreta de mostaza, de pedacitos de nueces garapiñadas y arándanos secos. Regresé a mi cuarto y comencé a llenar de historias, cuentos y novelas el librero vacío, mientras bebía vino tinto bailando con mis libros.
Encontré la caja de los catálogos de exposiciones de arte que tanto me gusta coleccionar y recordé que en mi bolsa llevaba cargando dos folletos más, la vacié y me imagino que de ahí salió un sobre color canela con la fecha de febrero del 2009.
Leí el poema de Diego Cristian:
“Para qué caminar si se puede correr.
Para qué hablar si se puede gritar.
Para qué dormir con tanto suicidio
seduciendo desde la alacena.
Hay que extrapolar todo hasta sus últimas consecuencias
y que el llanto sea un alma en desbandada,
que el silencio sea un resabio prematuro de la muerte.
Hay que llevar al límite cualquier pretensión, cualquier arrogancia
para que la caricia más profunda del deseo
sea sólo una consecuencia inevitable de nuestra primera mirada”.
Estoy segura que para entonces el vino se me andaba subiendo porque no nada más releía el poema, sino que lo declamaba. Me busqué en el espejo, me quité mi playera y medio desnuda me vi repitiéndome: “hay que llevar al límite cualquier pretensión, cualquier arrogancia…”, me tomé otra copa y escuché el silencio pensando en mi muerte. Me acosté de nuevo en la cama y releí despacio cada una de las frases de Diego Cristian mientras lentamente me iba tocando toda por debajo de la falda. Despacio fui imaginando las palabras de ese hombre marcándose en mi piel, hablándome de la caricia más profunda del deseo; comencé a vibrar tan rico y tan feliz con todo el vino encima, con tanta música y tanto descanso. Ahora ya no era una estrella que brillaba discretamente, sino un cometa que viajaba a toda velocidad dejando chispas en el camino. Cuando pude reconocerme desde ese otro planeta, terminé por provocarme un señor orgasmo que me dejó exhausta, dormí por muchas horas y seguramente se me quedó marcada para siempre una nueva arruga en el rostro.
El volumen de la música me despertó de pronto. Me sentí sedienta y cruda. En mi mano tenía la carta con el poema.
—¿Quién diablos es Diego Cristian? ¿Qué hace esto en mi bolsa? —me oí preguntar al mismo tiempo que me lavaba los dientes, me desvestía por completo, limpiaba mi cama y me terminaba la botella de agua que duerme a mi lado.
Apagué la música y el silencio me comenzó a acompañar.
—¿Quién diablos es Diego Cristian? —volví a preguntarme entre sueños y sin encontrar la respuesta, me quedé profundamente dormida arropada todavía en su poema.
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