Nora Emilia / 02 - Abril - 09
Dentro de una acuarela
Divorciada y con dos hijas recibí la llamada de una amiga de mi madre un domingo que se extinguía con lentitud. Fui reconociendo su voz a medida que la conversación iba progresando. Era la tía Jacqueline. Una señora que conozco desde pequeña, cuando las tías no eran solamente familiares, sino amistades entrañables de mis padres a las que se les llamaba tías desde siempre.
La tía Jacqueline es la más elegante de todas las amigas de mi mamá. Una mujer a la que le encanta la moda clásica y los colores pastel para días soleados. Sabe apreciar un buen concierto, cocina postres como una diosa y es sensible a cualquier expresión de arte gráfico.
—Tengo dos litografías del maestro Toledo —me dijo directa después de saludarme y preguntar atenta por mis hijas—. Una es de un gato en tonos grises que compré a plazos en una galería de la Zona Rosa, casi dos años antes del temblor del ’85. Fue en una exposición en la calle de Hamburgo. Ese día llovió tanto que nos quedamos dentro de la galería hasta las dos de la mañana. Ahí conocí personalmente al maestro Francisco Toledo. Me enamoré de sus trazos y del extraordinario ser humano, más allá del pintor.
—Sí, he oído que Toledo es una maravilla —le dije yo.
—La otra es una obra llena de color. Alegra cualquier habitación. Es un poco más grande que la primera. Necesito pedirte que las muevas entre tus clientes. Tu madre me ha dicho que tienes una cartera importante de gente que sabe aprovechar las buenas oportunidades. ¿Sabes?, mi marido no se encuentra bien. Necesitamos disminuirnos, quizás cambiarnos a un departamento; buscar algo más práctico —dijo entristeciendo su voz de poco a poco—. En tiempos de crisis el movimiento de arte aumenta, especialmente entre coleccionistas. Así ha sido siempre. El arte es valioso en cualquier momento, por eso vale la pena invertir en obra gráfica cuando se puede.
—Con mucho gusto, tía. Veré qué puedo hacer —le dije tratando de sonar optimista—. Justamente acabo de recibir fotos de un Tamayo impresionante.
—En el arte se encuentran diversos estados del alma de su creador. Uno se enamora de los paisajes, de los personajes y de los colores que adornan las paredes por el sentimiento que transmiten. No creas, voy a extrañar mis Toledos.
—¿Tienes alguien que pueda fotografiarlos y mandarlos a mi correo? —le pregunté.
—El martes va a venir mi sobrino a retratarlos con esas cámaras digitales que usan ustedes los jóvenes —me dijo con mejor voz. Pasé del tema y me di a la tarea de contentarla con historias viejas.
—¿Sabes que todavía preparo la crema inglesa que le enseñaste a hacer a mi madre?
—¿La de diez yemas, una taza de azúcar, vainilla y un litro de leche? ¿A poco no es una delicia? —se rió—. ¿Sabes lo importante que es cremar bien la azúcar y las yemas, verdad? ¿Has probado qué diferente queda cuando se le agrega la vainilla en rama?, pero ahora está carísima. Imposible para mí en estos tiempos —se dijo a sí misma otra vez preocupada.
—Con el extracto de vainilla queda también muy buena, tía —le contesté yo—. Lo difícil es tener la paciencia de calentarla en constante movimiento sin dejar que hierva la leche para que no se corte —hablamos un poco más de la receta, le dicté mi correo y nos despedimos.
Cada vez llegan más obras gráficas a mi correo. Oportunidades de arte que la gente compra en momento de opulencia y vende en tiempos de crisis. Me dio por repasar con la mirada los cuadros que atesoro en mi recámara. Me metí dentro de una acuarela de Salvador Morales en la que los árboles se ven un tanto desnudos. Siempre me meto a ese paisaje de belleza natural cuando me siento triste. Debe ser el alma reflejada del pintor como dice mi tía.
Me reconocí melancólica dentro de ese cuadro y no quise permanecer ahí, así que desvié la mirada a la divertida pareja de “Tango a lápiz” de Guillermo Scully. Se me antojó eternizarme entre los brazos de alguien que me sujete de esa forma, que meta su muslo entre mis piernas para sentir mi temperatura y mis ganas. Que me apriete a su pecho hasta que pueda sentir el ritmo de mi corazón. Se me antojó ser esa mujer que mueve los pies en conexión perfecta a los pasos de su compañero y sentí el juego de enaguas de mi falda al bailar. Me imaginé húmeda y sujeta: palma a palma encarcelando la energía que concentrábamos en las manos. Su voz bajita diciéndome cosas lindas al oído y yo, irremediablemente, reconociendo con mi pelvis su erección.
Sin poderlo evitar, me acordé de MiDoctor. Salí del cuadro y me sentí tremendamente sola. Le llamé a su celular. No tenía señal. No podía dejar recado, ni siquiera mi teléfono quedaría grabado en su memoria. Lo sentí imaginario; tan irreal como el hombre del cuadro. Ausente, como yo del mundo.
Una lágrima se escapó sin explicación de mi ojo izquierdo. Me quedé tratando de dormir pensando en la improbabilidad de aprender a bailar tango a mi edad, imaginando a la tía Jacqueline despidiéndose de sus cuadros y a mí cocinando mañana una deliciosa crema inglesa.
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